(Artículo publicado por Arturo Ortega
Morán, en cápsulas de la lengua)
Hay un pequeño pueblo en la región de Extremadura que parece dibujado con acuarela verde. Verde de alcornoques, verde de encinas, verde de matorrales que susurran cuando el viento pasa lista. Lo atraviesan arroyos cristalinos que bajan con ese optimismo de quien no sabe que el mundo moderno se lleva a los jóvenes en autobús de ida… y boleto sin regreso.
En 1950 vivían allí más de tres
mil personas. Hoy no llegan al millar. Las ciudades grandes, como aspiradoras
de sueños, se llevaron voces, risas, oficios, domingos y verbenas. Y dejaron
una escuela con un solo salón, una maestra de nombre sonoro —Mara Cristóbal— y
un puñado de niños que todavía hacen preguntas como si el universo dependiera
de ellas.
Y quizá depende.
La duda que cruzó el Atlántico
Un día, en ese salón, alguien
notó que “echar de menos” es una forma bastante rara de decir “extrañar”.
Porque, seamos honestos: ¿qué es lo que estamos echando? ¿Monedas? ¿Suspiros?
¿Lágrimas con efecto especial?
La pregunta quedó flotando como
cometa sin hilo.
Mara y sus alumnos hicieron lo
que cualquier mente curiosa del siglo XXI hace: lanzaron la duda al
ciberespacio, como botella al mar. La botella cruzó la Península, saludó al
Atlántico, brincó la Sierra Madre y aterrizó suavemente en Monterrey, México.
En mi computadora.
Yo, que para estas travesuras
etimológicas soy más rápido que un diccionario con cafeína, contesté sin dudar.
El “echar” que se coló en la
fiesta
Resulta que “echar de menos” no
empezó siendo “echar”.
La expresión viene del portugués achar
menos. Y aquí aparece nuestra primera pista:
- achar en portugués significa “hallar”.
Así que achar menos
equivale a “hallar menos”, es decir, notar que algo falta. Sentir la ausencia.
Cuando la expresión pasó al
castellano, lo lógico habría sido traducirla como “hallar menos”. Pero el oído
popular —ese gran compositor de malentendidos gloriosos— confundió achar
con echar. Y así nació “echar menos”.
Los textos del siglo XVI están
llenos de esta forma primitiva. En la Historia general y natural de las
Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo (1535), aparece esta joyita:
“...e los indios de los ranchos,
como lo echaron menos, lo anduvieron a buscar…”
Nada de “de” todavía. Solo “echar
menos”. Directo y al grano.
Y por si fuera poco, el
castellano antiguo también dijo “echar harto menos”. La mística universal Teresa
de Jesús lo escribió en su Libro de las fundaciones (1573):
“...cuyo sosiego y quietud echa
harto menos muchas veces mi alma.”
Obsérvese el dramatismo: no solo
se echa menos, se echa harto menos. Nostalgia con intensidad monástica.
No fue sino hasta el siglo XVIII
cuando la expresión adoptó la forma que hoy conocemos: echar de menos.
El “de” llegó tarde, pero llegó elegante, como quien entra a una fiesta cuando
ya todos bailan.
El primo gallego que decidió
“botar”
Aquí la historia se vuelve
deliciosa.
En Galicia, donde el gallego está
emparentado con el portugués, habría sido natural conservar algo parecido a achar
menos. Pero no. Les llegó la versión castellana ya transformada… y
decidieron reinterpretarla.
En gallego se dice botar de
menos.
Sí, botar. Porque si en
castellano se “echa”, en gallego se “bota”. Cada lengua hace lo que puede con
lo que oye.
La nostalgia, al final, también
tiene acento.
Un mensaje desde el pueblo
Días después llegó un mensaje
desde ese pequeño rincón extremeño:
“No esperábamos que la respuesta
llegara de tan lejos… Los niños te envían saludos. Ahora cuentan en sus casas
que ya tienen un amigo en México.”
Y ahí ocurrió algo curioso.
Yo tampoco esperaba sentirme
parte de ese salón con pupitres sencillos y curiosidad desbordada. Pero de
pronto, al imaginar a los niños explicando en casa que “echar” fue un
malentendido histórico glorioso, sentí que algo me faltaba.
Pensé en ellos.
Me los imaginé.
Y sí… hasta los eché de menos.
Porque las palabras también
hacen comunidad
“Echar de menos” nació de un
error auditivo, sobrevivió siglos, cruzó océanos y terminó conectando un pueblo
extremeño con Monterrey.
Un verbo mal entendido se
convirtió en puente.
Tal vez eso es el lenguaje: una
cadena de equívocos felices que nos permite sentir la falta de alguien que
nunca hemos visto.
Y si alguna vez visitas ese
pequeño pueblo —verde, callado, resiliente— y oyes a un niño explicar que achar
se convirtió en echar, sabrás que las palabras no solo cambian: también
viajan, unen y, de vez en cuando…
…se dejan echar de menos.
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