miércoles, 18 de febrero de 2026

ECHAR DE MENOS (O CÓMO UN PUEBLO EXTREMEÑO ME HIZO SENTIR NOSTALGIA LINGÜÍSTICA)

 



(Artículo publicado por Arturo Ortega Morán, en cápsulas de la lengua)

Hay un pequeño pueblo en la región de Extremadura que parece dibujado con acuarela verde. Verde de alcornoques, verde de encinas, verde de matorrales que susurran cuando el viento pasa lista. Lo atraviesan arroyos cristalinos que bajan con ese optimismo de quien no sabe que el mundo moderno se lleva a los jóvenes en autobús de ida… y boleto sin regreso.

En 1950 vivían allí más de tres mil personas. Hoy no llegan al millar. Las ciudades grandes, como aspiradoras de sueños, se llevaron voces, risas, oficios, domingos y verbenas. Y dejaron una escuela con un solo salón, una maestra de nombre sonoro —Mara Cristóbal— y un puñado de niños que todavía hacen preguntas como si el universo dependiera de ellas.

Y quizá depende.

La duda que cruzó el Atlántico

Un día, en ese salón, alguien notó que “echar de menos” es una forma bastante rara de decir “extrañar”. Porque, seamos honestos: ¿qué es lo que estamos echando? ¿Monedas? ¿Suspiros? ¿Lágrimas con efecto especial?

La pregunta quedó flotando como cometa sin hilo.

Mara y sus alumnos hicieron lo que cualquier mente curiosa del siglo XXI hace: lanzaron la duda al ciberespacio, como botella al mar. La botella cruzó la Península, saludó al Atlántico, brincó la Sierra Madre y aterrizó suavemente en Monterrey, México.

En mi computadora.

Yo, que para estas travesuras etimológicas soy más rápido que un diccionario con cafeína, contesté sin dudar.

El “echar” que se coló en la fiesta

Resulta que “echar de menos” no empezó siendo “echar”.

La expresión viene del portugués achar menos. Y aquí aparece nuestra primera pista:

  • achar en portugués significa “hallar”.

Así que achar menos equivale a “hallar menos”, es decir, notar que algo falta. Sentir la ausencia.

Cuando la expresión pasó al castellano, lo lógico habría sido traducirla como “hallar menos”. Pero el oído popular —ese gran compositor de malentendidos gloriosos— confundió achar con echar. Y así nació “echar menos”.

Los textos del siglo XVI están llenos de esta forma primitiva. En la Historia general y natural de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo (1535), aparece esta joyita:

“...e los indios de los ranchos, como lo echaron menos, lo anduvieron a buscar…”

Nada de “de” todavía. Solo “echar menos”. Directo y al grano.

Y por si fuera poco, el castellano antiguo también dijo “echar harto menos”. La mística universal Teresa de Jesús lo escribió en su Libro de las fundaciones (1573):

“...cuyo sosiego y quietud echa harto menos muchas veces mi alma.”

Obsérvese el dramatismo: no solo se echa menos, se echa harto menos. Nostalgia con intensidad monástica.

No fue sino hasta el siglo XVIII cuando la expresión adoptó la forma que hoy conocemos: echar de menos. El “de” llegó tarde, pero llegó elegante, como quien entra a una fiesta cuando ya todos bailan.

El primo gallego que decidió “botar”

Aquí la historia se vuelve deliciosa.

En Galicia, donde el gallego está emparentado con el portugués, habría sido natural conservar algo parecido a achar menos. Pero no. Les llegó la versión castellana ya transformada… y decidieron reinterpretarla.

En gallego se dice botar de menos.

Sí, botar. Porque si en castellano se “echa”, en gallego se “bota”. Cada lengua hace lo que puede con lo que oye.

La nostalgia, al final, también tiene acento.

Un mensaje desde el pueblo

Días después llegó un mensaje desde ese pequeño rincón extremeño:

“No esperábamos que la respuesta llegara de tan lejos… Los niños te envían saludos. Ahora cuentan en sus casas que ya tienen un amigo en México.”

Y ahí ocurrió algo curioso.

Yo tampoco esperaba sentirme parte de ese salón con pupitres sencillos y curiosidad desbordada. Pero de pronto, al imaginar a los niños explicando en casa que “echar” fue un malentendido histórico glorioso, sentí que algo me faltaba.

Pensé en ellos.

Me los imaginé.

Y sí… hasta los eché de menos.

Porque las palabras también hacen comunidad

“Echar de menos” nació de un error auditivo, sobrevivió siglos, cruzó océanos y terminó conectando un pueblo extremeño con Monterrey.

Un verbo mal entendido se convirtió en puente.

Tal vez eso es el lenguaje: una cadena de equívocos felices que nos permite sentir la falta de alguien que nunca hemos visto.

Y si alguna vez visitas ese pequeño pueblo —verde, callado, resiliente— y oyes a un niño explicar que achar se convirtió en echar, sabrás que las palabras no solo cambian: también viajan, unen y, de vez en cuando…

…se dejan echar de menos.

 

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