Hay fascinaciones que no nacen de
la razón sino de la memoria profunda, como si pertenecieran a una vida
anterior. A algunos les ocurre con el mar, a otros con las estrellas. Y a
muchos —desde la infancia, sin explicación posible— nos sucede con Egipto.
Algo en sus símbolos parece hablarnos en un idioma olvidado: los ojos delineados que miran desde la eternidad, las columnas como papiros petrificados, los dioses con rostro animal que no inspiran miedo sino misterio. Egipto no es sólo una civilización antigua; es una emoción persistente. Una pregunta sin respuesta que atraviesa los siglos.
Quizá por eso leer El amargo
don de la belleza, de Terenci Moix, no se siente como abrir una novela,
sino como descorrer lentamente un velo de lino sobre un mundo que aún respira
bajo la arena.
Pintar con palabras el Nilo
eterno
Con la delicadeza de un pintor de
acuarelas y la paciencia amorosa de un miniaturista, Moix reconstruye la vida a
orillas del Nilo trece siglos antes de Cristo. No lo hace desde la fría
reconstrucción histórica, sino desde la sensibilidad: colores, perfumes,
silencios, miradas y emociones componen un Egipto vivo, humano, vulnerable.
El lector acompaña al pintor
cretense Keftén, un extranjero fascinado por una civilización que lo supera
estética y espiritualmente. A través de sus ojos descubrimos templos que
respiran luz, jardines suspendidos en el calor dorado del desierto y una
sociedad que vive convencida de que la belleza puede vencer a la muerte.
Pero el verdadero viaje no es
geográfico sino interior. La novela se expande hacia meditaciones profundas
sobre aquello que nunca cambia: la madurez, el amor imposible, el paso del
tiempo, la fragilidad humana y la necesidad desesperada de trascender.
Porque en Egipto, el arte no era
decoración: era una forma de eternidad.
El sueño imposible de un solo
dios
En el corazón de la novela late
uno de los episodios más enigmáticos de la historia humana: la revolución
espiritual del faraón Akenatón y su reina Nefertiti.
Contra milenios de tradición,
Akenatón proclamó un dios único: Atón, el disco solar que derrama vida sobre
todas las cosas. No fue sólo una reforma religiosa; fue un intento radical de
transformar la relación entre el ser humano y lo divino.
Para encarnar ese sueño
levantaron una ciudad nueva: Ajetatón, la Ciudad del Horizonte de Atón, también
llamada la Ciudad del Sol. Una capital nacida casi de la nada, construida como
un manifiesto espiritual en piedra y luz.
Keftén queda atrapado por este
experimento casi imposible: una utopía religiosa sostenida por la belleza y la
fe… pero rodeada por la inevitable sombra del poder, la política y el miedo.
La novela nos recuerda una verdad
inquietante: las revoluciones espirituales suelen ser también las más frágiles.
Amar lo que está destinado a
desaparecer
El obsesivo amor de Keftén por
Nefertiti atraviesa la narración como un hilo de oro condenado a romperse. Ella
no es sólo una mujer: es símbolo, visión, ideal inalcanzable. La belleza
convertida en destino.
Mientras tanto, la ciudad solar
comienza a mostrar grietas invisibles. La fatalidad avanza lentamente, como el
desierto que siempre espera recuperar lo que fue suyo.
Así, El amargo don de la
belleza se transforma en una elegía: un canto a los mundos que brillan
intensamente antes de desaparecer. Moix escribe sobre ruinas incluso cuando
describe esplendor, recordándonos que toda civilización contiene ya su propia
nostalgia futura.
La caída del primer monoteísmo no
aparece como un simple episodio histórico, sino como un drama profundamente
humano: ambición, miedo, fe, traición y supervivencia.
Los dioses también envejecen
Uno de los mayores logros de la
novela es devolver humanidad a figuras que solemos imaginar como estatuas
inmóviles: el joven Tutankamón, el ambicioso general Horemheb, la poderosa
reina madre Tii. Bajo la mirada de Moix dejan de ser nombres de manual para
convertirse en seres vivos, llenos de dudas y contradicciones.
Historia y ficción se entrelazan
con respeto y amor, como si el autor quisiera reparar el olvido que el tiempo
impone incluso a los grandes imperios.
Porque Egipto, pese a su obsesión
por la eternidad, también desapareció.
Y sin embargo… sigue aquí.
El misterio que nunca termina
Tal vez la verdadera razón por la
que tantos sentimos una atracción inexplicable por el antiguo Egipto es que
allí se formularon preguntas que aún nos pertenecen:
¿Puede el arte vencer al tiempo?
¿Puede la belleza salvarnos?
¿Puede una idea cambiar el mundo
antes de ser destruida por él?
El amargo don de la belleza
no ofrece respuestas definitivas. Hace algo más valioso: nos invita a
contemplar el misterio.
Como ante un fresco antiguo
apenas iluminado por una antorcha, entendemos que la belleza siempre tiene un
precio: su fragilidad.
Y quizá ese sea su don más
amargo… y también el más humano.
Porque, igual que las ciudades
del desierto, las creencias, los imperios y los amores, nosotros también somos
pasajeros del sol.
Pero mientras exista alguien que
mire hacia Egipto con asombro —como un niño que descubre por primera vez un
jeroglífico— el Horizonte de Atón nunca desaparecerá del todo.
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