miércoles, 25 de febrero de 2026

EL AMARGO DON DE LA BELLEZA: EGIPTO, EL SUEÑO ETERNO QUE NOS HABITA

 




Hay fascinaciones que no nacen de la razón sino de la memoria profunda, como si pertenecieran a una vida anterior. A algunos les ocurre con el mar, a otros con las estrellas. Y a muchos —desde la infancia, sin explicación posible— nos sucede con Egipto.

Algo en sus símbolos parece hablarnos en un idioma olvidado: los ojos delineados que miran desde la eternidad, las columnas como papiros petrificados, los dioses con rostro animal que no inspiran miedo sino misterio. Egipto no es sólo una civilización antigua; es una emoción persistente. Una pregunta sin respuesta que atraviesa los siglos.

Quizá por eso leer El amargo don de la belleza, de Terenci Moix, no se siente como abrir una novela, sino como descorrer lentamente un velo de lino sobre un mundo que aún respira bajo la arena.

 

Pintar con palabras el Nilo eterno

Con la delicadeza de un pintor de acuarelas y la paciencia amorosa de un miniaturista, Moix reconstruye la vida a orillas del Nilo trece siglos antes de Cristo. No lo hace desde la fría reconstrucción histórica, sino desde la sensibilidad: colores, perfumes, silencios, miradas y emociones componen un Egipto vivo, humano, vulnerable.

El lector acompaña al pintor cretense Keftén, un extranjero fascinado por una civilización que lo supera estética y espiritualmente. A través de sus ojos descubrimos templos que respiran luz, jardines suspendidos en el calor dorado del desierto y una sociedad que vive convencida de que la belleza puede vencer a la muerte.

Pero el verdadero viaje no es geográfico sino interior. La novela se expande hacia meditaciones profundas sobre aquello que nunca cambia: la madurez, el amor imposible, el paso del tiempo, la fragilidad humana y la necesidad desesperada de trascender.

Porque en Egipto, el arte no era decoración: era una forma de eternidad.

 

El sueño imposible de un solo dios

En el corazón de la novela late uno de los episodios más enigmáticos de la historia humana: la revolución espiritual del faraón Akenatón y su reina Nefertiti.

Contra milenios de tradición, Akenatón proclamó un dios único: Atón, el disco solar que derrama vida sobre todas las cosas. No fue sólo una reforma religiosa; fue un intento radical de transformar la relación entre el ser humano y lo divino.

Para encarnar ese sueño levantaron una ciudad nueva: Ajetatón, la Ciudad del Horizonte de Atón, también llamada la Ciudad del Sol. Una capital nacida casi de la nada, construida como un manifiesto espiritual en piedra y luz.

Keftén queda atrapado por este experimento casi imposible: una utopía religiosa sostenida por la belleza y la fe… pero rodeada por la inevitable sombra del poder, la política y el miedo.

La novela nos recuerda una verdad inquietante: las revoluciones espirituales suelen ser también las más frágiles.

 

Amar lo que está destinado a desaparecer

El obsesivo amor de Keftén por Nefertiti atraviesa la narración como un hilo de oro condenado a romperse. Ella no es sólo una mujer: es símbolo, visión, ideal inalcanzable. La belleza convertida en destino.

Mientras tanto, la ciudad solar comienza a mostrar grietas invisibles. La fatalidad avanza lentamente, como el desierto que siempre espera recuperar lo que fue suyo.

Así, El amargo don de la belleza se transforma en una elegía: un canto a los mundos que brillan intensamente antes de desaparecer. Moix escribe sobre ruinas incluso cuando describe esplendor, recordándonos que toda civilización contiene ya su propia nostalgia futura.

La caída del primer monoteísmo no aparece como un simple episodio histórico, sino como un drama profundamente humano: ambición, miedo, fe, traición y supervivencia.

 

Los dioses también envejecen

Uno de los mayores logros de la novela es devolver humanidad a figuras que solemos imaginar como estatuas inmóviles: el joven Tutankamón, el ambicioso general Horemheb, la poderosa reina madre Tii. Bajo la mirada de Moix dejan de ser nombres de manual para convertirse en seres vivos, llenos de dudas y contradicciones.

Historia y ficción se entrelazan con respeto y amor, como si el autor quisiera reparar el olvido que el tiempo impone incluso a los grandes imperios.

Porque Egipto, pese a su obsesión por la eternidad, también desapareció.

Y sin embargo… sigue aquí.

 

El misterio que nunca termina

Tal vez la verdadera razón por la que tantos sentimos una atracción inexplicable por el antiguo Egipto es que allí se formularon preguntas que aún nos pertenecen:

¿Puede el arte vencer al tiempo?

¿Puede la belleza salvarnos?

¿Puede una idea cambiar el mundo antes de ser destruida por él?

El amargo don de la belleza no ofrece respuestas definitivas. Hace algo más valioso: nos invita a contemplar el misterio.

Como ante un fresco antiguo apenas iluminado por una antorcha, entendemos que la belleza siempre tiene un precio: su fragilidad.

Y quizá ese sea su don más amargo… y también el más humano.

Porque, igual que las ciudades del desierto, las creencias, los imperios y los amores, nosotros también somos pasajeros del sol.

Pero mientras exista alguien que mire hacia Egipto con asombro —como un niño que descubre por primera vez un jeroglífico— el Horizonte de Atón nunca desaparecerá del todo.

 


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