Hay estrellas que simplemente brillan… y hay otras que parecen contar historias. Betelgeuse pertenece a estas últimas. Roja, enorme y cambiante, domina una de las constelaciones más reconocibles del cielo y ha intrigado tanto a astrónomos medievales como a científicos modernos. Mirarla no es solo observar un punto luminoso: es contemplar una estrella gigantesca que vive sus últimos capítulos cósmicos.
Un faro rojo en la
constelación de Orión
Betelgeuse se encuentra en la
constelación de Orión, el gran cazador del cielo invernal. Si alguna noche
entre noviembre y marzo miramos hacia el cielo del sureste, veremos tres
estrellas alineadas formando el famoso cinturón de Orión. Sobre ellas aparece
una estrella rojiza: ese es el hombro izquierdo del cazador.
Su color es la primera pista de
su naturaleza. A diferencia de las estrellas blancas o azuladas, Betelgeuse
brilla con un tono anaranjado-rojizo porque su superficie es relativamente fría
para una estrella: unos 3,500 °C, mucho menos que los casi 5,500 °C del Sol.
Se encuentra aproximadamente a 640
años luz de la Tierra. Esto significa algo maravilloso: la luz que vemos hoy
salió de la estrella cuando en la Tierra aún existían castillos medievales y
navegantes cruzaban océanos desconocidos.
Un nombre nacido de un error…
y de la historia
El nombre “Betelgeuse” parece
extraño porque en realidad es el resultado de siglos de traducciones y
confusiones lingüísticas.
Proviene del árabe medieval “Yad
al-Jauzā’”, que significa “la mano
de al-Jauzā”, nombre árabe de la
figura celeste equivalente a Orión. Durante la Edad Media, los textos
astronómicos árabes fueron traducidos al latín, pero una letra fue mal
interpretada: la “y” inicial se leyó como una “b”.
Así, “Yad” terminó
transformándose lentamente en “Bedel”, luego “Betel”, hasta convertirse
finalmente en Betelgeuse.
El nombre actual es, en cierto
modo, un pequeño accidente histórico que sobrevivió siglos… igual que una
palabra fósil viajando en el tiempo.
Una estrella imposible de
imaginar
Si el Sol fuera una pelota de un
metro, Betelgeuse sería un edificio.
Es una supergigante roja, una
estrella tan grande que desafía la intuición humana:
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Su diámetro es aproximadamente 700 a 1,000 veces
mayor que el del Sol.
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En su interior podrían caber cientos de millones
de soles, para ponerlo en contexto imagina que el balón de futbol es el sol y
el estadio Azteca es Betelgeuse.
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Si ocupara el lugar del Sol, su superficie se
extendería más allá de la órbita de Marte y quizá cerca de Júpiter.
Nuestro planeta, junto con los
demás mundos interiores, existiría literalmente dentro de la estrella. Sin
embargo, esta enorme esfera no es densa ni compacta. Su materia está tan
expandida que se parece más a una nube ardiente que a un objeto sólido.
Betelgeuse es gigantesca precisamente porque está envejeciendo.
Una estrella que “respira”
A diferencia del Sol, Betelgeuse
no es estable.
Se expande y se contrae
lentamente, como si respirara. Su brillo cambia con el tiempo porque enormes
burbujas de gas caliente ascienden y se enfrían en su superficie. Algunas de
estas células convectivas son tan grandes que podrían abarcar la distancia entre
el Sol y Venus.
Además, pierde materia
constantemente, expulsando nubes gigantescas al espacio. Está rodeada por una
especie de neblina formada por su propia materia expulsada: los restos de una
estrella que comienza a despedirse.
El día en que casi creímos que
iba a explotar
Entre 2019 y 2020 ocurrió algo
extraordinario. Betelgeuse se oscureció de manera inesperada, perdiendo gran
parte de su brillo visible. El mundo científico —y también el público— comenzó
a preguntarse:
¿Estaba a punto de convertirse
en supernova?
Los titulares hablaron del
posible fin inminente de la estrella. Una supernova visible a simple vista
sería uno de los mayores espectáculos astronómicos de la historia humana.
Finalmente, los astrónomos
descubrieron la causa: Betelgeuse había expulsado una enorme nube de polvo que
bloqueó parte de su luz. No era su explosión final… solo un gigantesco
“estornudo estelar”.
Pero el episodio recordó algo
importante: Betelgeuse realmente está cerca del final de su vida, al menos en
términos astronómicos.
Su destino inevitable
Algún día —quizá dentro de miles
o cien mil años— el núcleo de Betelgeuse colapsará y la estrella explotará como
una supernova.
Cuando eso ocurra:
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brillará tanto como la Luna llena,
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será visible incluso de día,
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y durante semanas habrá en el cielo una “nueva
estrella”.
A pesar de la violencia del
evento, estamos demasiado lejos para correr peligro. Lo único que recibiremos
será un espectáculo cósmico inolvidable.
Mirar Betelgeuse: una
experiencia humana
Hay algo profundamente humano en
observar Betelgeuse. No vemos sólo una estrella; vemos un proceso cósmico
gigantesco en marcha. Una estrella que nació antes de la historia escrita y que
algún día desaparecerá en una explosión que sembrará nuevos elementos en la
galaxia.
El hierro de nuestra sangre y el
calcio de nuestros huesos fueron creados en estrellas semejantes.
Quizá por eso Betelgeuse fascina
tanto: porque nos recuerda que el universo no es estático, sino vivo, cambiante
y creativo.
Cuando la veas en una noche clara
de invierno, piensa en esto:
la luz que llega a tus ojos
comenzó su viaje siglos antes de que nacieras… y aun así termina exactamente en
ese instante, en tu mirada.
Y durante unos segundos, tú y una
estrella moribunda comparten el mismo presente.
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