Si mi abuelita —que partió a principios de los ochenta— resucitara hoy, no pediría café ni preguntaría por los difuntos: pediría la contraseña del Wi-Fi. Y no por vicio tecnológico, sino por pura supervivencia lingüística. Porque lo primero que notaría, antes incluso de los coches sin llaves o los relojes que te regañan por no caminar, es que sus bisnietos ya no hablan castellano. Hablan otra cosa. Una lengua extraña, con acento de güero del norte, pero todavía perfumada a taco de suadero.
La buena mujer tendría razones de sobra para pensar que está frente a una nueva lengua. Y no le faltaría razón. Porque esto no es solo moda: es velocidad. Es el idioma tratando de correr al ritmo del ranking, del performance y de las views. El español, que siempre fue ancho y hospitalario, ahora anda trotando como runner urbano, sudando para no quedarse atrás.
Confieso que yo mismo he sudado la gota gorda intentando actualizarme a diario, y aun así me pierdo entre tanto anglicismo. Trabajo con jóvenes y hago un esfuerzo sincero por estar al tanto, pero siempre me sorprenden. No puedo evitar poner los ojos como pesos antiguos de plata y una cara de what? que disimulo con sonrisa diplomática. Ya no me sorprenden tanto mis estudiantes —uno se va curtiendo—, pero lo que sí me dejó francamente perplejo fue mi propio corrector de la computadora.
Escribí, muy campante, “correo” y “mercadotecnia”. Y ahí estaban: subrayadas en rojo, acusadas de incorrectas como si hubieran cometido un delito ortográfico. Obediente, le di a “corregir” y, sin titubeos, aparecieron las palabras Mail y Marketing. Como si la máquina me dijera: “Mira, amigo, eso que tú llamas español ya viene en versión on sale”.
Y ahí fue cuando entendí que el problema no es que el idioma cambie —siempre lo ha hecho—, sino que ahora cambia con software, con updates automáticos y sin pedirnos feedback. No es que el inglés nos invada; es que nosotros lo invitamos, le pusimos snacks y lo sentamos en la sala. Porque es práctico, rápido y, hay que decirlo, suena cool.
Mi abuelita, después del susto inicial, seguramente se encogería de hombros. Ella sabía que las lenguas viven, se mezclan y se reinventan. Quizá no entendería qué es un smart watch, pero sí entendería algo esencial: que mientras todavía nos riamos, nos enamoremos, discutamos y contemos historias —aunque sea con likes y emojis—, el idioma sigue vivo.
Eso sí: probablemente nos pediría un favor. Que, de vez en cuando, apaguemos el speaker, dejemos el feed en silencio, y recordemos que también se puede decir “correo”, “equipo”, “entrenador” y “cita” sin que el mundo se caiga. No por nostalgia, sino por cariño. Porque las palabras, como las abuelas, también merecen que no las mandemos tan rápido al ghosting.

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