Una de las grandes aspiraciones del segundo mandato de Donald Trump es, ahora sí, torcerle definitivamente el brazo a Cuba. No porque el hombre tenga una brújula ideológica —Trump carece de ellas como de pudor—, sino por el empuje constante de Marco Rubio y del siempre diligente lobby del exilio cubano en Miami, ese que lleva setenta años anunciando el “colapso final” con la fe intacta y el calendario siempre mal.
Hace apenas dos días, el The New York Times lo formuló sin rodeos ni anestesia: los numerosos exiliados cubanos que han esperado durante casi siete décadas la caída del gobierno comunista aseguran que ahora sí podría ser el momento. Pero atención a la joya retórica que sigue:
“El gobierno estadounidense ha determinado que Cuba debe ser libre antes de finales de 2026”, dijo Marcel Felipe, líder del exilio en Miami.
Uno agradece la claridad. En ese universo semántico tan particular, ser libre equivale a ser asfixiado, bombardeado o, en su defecto, invadido. El presente regional ofrece abundantes ejemplos para no dejar lugar a dudas.
El plan está en marcha y lo que ocurre hoy en la isla es de una gravedad extrema. El método que parece estar funcionando es simple, eficaz y brutal: cortar el suministro petrolero y amenazar con sanciones a cualquiera que se atreva a vender combustible a Cuba. Sin energía no hay fábricas; sin fábricas no hay producción; sin transporte no hay alimentos. Todo esto en un país que ya sufre una escasez crónica tras siete décadas de bloqueo. Libertad, versión PowerPoint.
Pero no es sólo el petróleo. Según el propio New York Times, el plan incluye también estrangular las divisas: eliminar el turismo y las misiones médicas en el exterior. El resultado es inmediato y pedagógico: combustible de aviación agotado, actividades educativas canceladas, eventos suspendidos y apagones constantes. Democracia a oscuras.
Así, Cuba aparece hoy sin apoyo real y se convierte en el símbolo grotesco del nuevo orden mundial bajo la doctrina “Donroe”: estrangulamiento metódico, documentado y teatralizado, mientras el resto del mundo observa paralizado por miedo a las sanciones secundarias.
Esta ofensiva pone a prueba no solo a la isla, sino a toda la izquierda global y a los aliados históricos de Cuba. Defenderla frente a la violencia imperial no es una consigna trasnochada: es una obligación moral.
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