(Artículo de Michaelle Nadine)
El trabajo no desapareció. Simplemente cambió de manos.
Ahora lo haces tú. Sin salario. Sin contrato. Sin siquiera notarlo.
Lo mismo ocurre en los estacionamientos. Antes alguien
cobraba el boleto: una interacción breve, humana, eficiente. Hoy te bajas del
coche, haces fila frente a una máquina, insertas el ticket, pagas, esperas la
validación y, si algo falla, aguardas al único empleado encargado de resolver
los problemas de varias terminales al mismo tiempo.
Lo que antes era empleo remunerado hoy es tiempo transferido
al usuario. Y el tiempo —aunque rara vez lo pensemos así— también es trabajo.
Engels ya observaba en el siglo XIX que el capital busca
constantemente reducir el costo del trabajo. Menos empleados, menos salarios,
mayor automatización, mayor margen de ganancia. La tecnología, en este sentido,
nunca es neutral: se adapta según a quién beneficie económicamente.
Escaneamos nuestros productos con la sensación de ser
eficientes, cuando en realidad estamos sustituyendo trabajo asalariado sin
recibir nada a cambio.
La eficiencia existe, sí, pero no se traduce en beneficio
para el consumidor. Se traduce en reducción de costos operativos. La ganancia
del tiempo no vuelve a quien lo invierte; se queda donde se contabiliza.
No se trata de afirmar que la tecnología sea mala. Sería un
argumento ingenuo. La tecnología puede liberar, conectar y mejorar la vida
humana.
La verdadera pregunta es otra: ¿A quién está liberando
realmente?
Porque si tú trabajas más, la empresa paga menos salarios y
el precio final sigue siendo el mismo, entonces no estamos ante un progreso
compartido. Estamos ante algo más silencioso: una transferencia invisible del
trabajo. Una en la que nadie te obligó. Una en la que incluso crees haber
ganado comodidad.
Y quizá esa sea la innovación más perfecta del capitalismo
contemporáneo: no hacer desaparecer el trabajo, sino lograr que lo hagas
gratis… y agradecido.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario