lunes, 23 de febrero de 2026

EL TRABAJO INVISIBLE DEL CONSUMIDOR: LA PARADOJA DE LA EFICIENCIA MODERNA

 


(Artículo de Michaelle Nadine)

Nos prometieron que la tecnología venía a ahorrarnos tiempo.
Esa era la gran narrativa del progreso: máquinas más rápidas, sistemas inteligentes, procesos automatizados. Menos esfuerzo humano, más eficiencia. Un futuro en el que las tareas repetitivas desaparecerían y nosotros ganaríamos algo invaluable: tiempo libre.

Pero basta entrar hoy a cualquier supermercado para que esa promesa empiece a desmoronarse.
Antes había diez cajas y diez cajeros. Diez personas trabajando, diez filas avanzando. Hoy apenas quedan dos cajeros, ocho máquinas de autocobro y un supervisor que vigila todo como un pastor tecnológico. Y tú —el cliente— escaneas los productos, los pesas, los embolsas, eliges el método de pago, corriges errores y confirmas el cobro.

El trabajo no desapareció. Simplemente cambió de manos. Ahora lo haces tú. Sin salario. Sin contrato. Sin siquiera notarlo.

Lo mismo ocurre en los estacionamientos. Antes alguien cobraba el boleto: una interacción breve, humana, eficiente. Hoy te bajas del coche, haces fila frente a una máquina, insertas el ticket, pagas, esperas la validación y, si algo falla, aguardas al único empleado encargado de resolver los problemas de varias terminales al mismo tiempo.

Lo que antes era empleo remunerado hoy es tiempo transferido al usuario. Y el tiempo —aunque rara vez lo pensemos así— también es trabajo.

Engels ya observaba en el siglo XIX que el capital busca constantemente reducir el costo del trabajo. Menos empleados, menos salarios, mayor automatización, mayor margen de ganancia. La tecnología, en este sentido, nunca es neutral: se adapta según a quién beneficie económicamente.

Lo novedoso del presente no es la automatización en sí, sino su forma psicológica.
El filósofo contemporáneo Virg Shulhan habla de la autoexplotación: ya no hace falta un jefe vigilando ni una orden directa. El individuo interioriza la lógica del sistema y participa voluntariamente. Nos convencen de que hacerlo nosotros mismos es más rápido, más práctico, más moderno. Y aceptamos.

Escaneamos nuestros productos con la sensación de ser eficientes, cuando en realidad estamos sustituyendo trabajo asalariado sin recibir nada a cambio.

La paradoja es evidente: hay más tecnología que nunca, pero hacemos más filas. Realizamos más tareas. Dedicamos más tiempo a procesos que antes resolvía alguien cuyo trabajo consistía precisamente en eso.
Y, sin embargo, los precios no bajan.

La eficiencia existe, sí, pero no se traduce en beneficio para el consumidor. Se traduce en reducción de costos operativos. La ganancia del tiempo no vuelve a quien lo invierte; se queda donde se contabiliza.

No se trata de afirmar que la tecnología sea mala. Sería un argumento ingenuo. La tecnología puede liberar, conectar y mejorar la vida humana.

La verdadera pregunta es otra: ¿A quién está liberando realmente?

Porque si tú trabajas más, la empresa paga menos salarios y el precio final sigue siendo el mismo, entonces no estamos ante un progreso compartido. Estamos ante algo más silencioso: una transferencia invisible del trabajo. Una en la que nadie te obligó. Una en la que incluso crees haber ganado comodidad.

Y quizá esa sea la innovación más perfecta del capitalismo contemporáneo: no hacer desaparecer el trabajo, sino lograr que lo hagas gratis… y agradecido.

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