miércoles, 18 de febrero de 2026

EN 1954, JENARO GAJARDO VERA DECIDIÓ FORMALIZAR ALGO INSÓLITO: REGISTRÓ LA LUNA COMO SUYA

 

 



Una tarde mi tía Vicky llegó a dar su clase de matemáticas con una sonrisa que ni el seno ni el coseno podían medir.

Repartió cocas como si hubiera inventado una fórmula nueva, nos regaló un Gansito —lo cual en su escala pedagógica equivalía a un aumento salarial— y, en un gesto de misericordia algebraica, nos dejó salir antes.

Algo grande había pasado.

—Tía, ¿qué ocurrió? —pregunté con legítima sospecha.

—¡Me llegó el título de propiedad de un terrenito! —anunció con brillo orbital en los ojos.

—¿Va a construir en Salvatierra? ¿Ya no le gustó Santiago Maravatío?

Soltó una carcajada.

—No, Marcelito. Compré un terreno en la Luna.

Yo la miré como se mira a alguien que acaba de dividir entre cero.

—¡Ay, tía! No esté vacilando.

—Que sí. Mira, aquí están las coordenadas. Tiene sello oficial. Cien dólares. Saliendo de aquí lo llevo a enmarcar.

—Pero tía… si está en la Luna no puede llamarse “terreno”. ¿Será lunerreno? ¿Cráter residencial?

—Como se llame, ya es mío.

Y así comprendí que el mercado inmobiliario no conoce atmósfera.

El antecedente: un chileno visionario

Mucho antes de que Internet vendiera parcelas interplanetarias, un abogado chileno tuvo una idea digna de novela.

Jenaro Gajardo Vera En 1954, Gajardo acudió al registro de bienes raíces en Talca con una pregunta simple y peligrosa:

—¿De quién es la Luna?

El funcionario respondió: —Que yo sepa… de nadie. Y ahí comenzó la epopeya jurídica. Si no es de nadie, puede ser apropiable. Así funciona el derecho clásico con las cosas sin dueño (res nullius).

El notario, quizá para proteger la dignidad terrestre, le pidió publicar un edicto: si alguien reclamaba la Luna en 30 días, se revisaba.

Imagínate el anuncio en el periódico:

«Se informa que el señor Gajardo pretende apropiarse del satélite natural. Favor de presentarse quien se considere propietario.»

Nadie apareció. Ni románticos, ni astrónomos, ni lobos aulladores. Y así, en un acto tan legal como literario, la Luna quedó inscrita.

¿Y la NASA pidió permiso?

La leyenda afirma que antes del alunizaje del Apollo 11, Estados Unidos habría solicitado autorización al dueño chileno.

No hay pruebas documentales sólidas de que esto ocurriera. Pero aceptemos la escena por puro gusto:

—Houston, tenemos un problema.

—¿Cuál?
—La Luna tiene dueño en Talca.

La imaginación latinoamericana no tiene límites gravitacionales.

¿Era legal?

En 1954 no existía aún el Tratado del Espacio Exterior (1967), que declararía los cuerpos celestes patrimonio común de la humanidad. Gajardo se adelantó al derecho espacial aplicando lógica civil tradicional.

No necesitó cohete. Le bastaron papel, tinta y paciencia administrativa.

La verdadera enseñanza lunar

Lo fascinante no es si la inscripción tenía validez internacional. Lo verdaderamente hermoso es esto:

La Luna, antes de ser territorio científico, fue territorio simbólico. Un abogado la reclamó con solemnidad.
Mi tía la compró por internet con tarjeta bancaria. Ambos actos dicen más sobre nosotros que sobre el satélite. Porque quizá nadie puede ser dueño de la Luna. Pero todos queremos, de alguna manera, tener algo que brille en la oscuridad.

Cada vez que veo el título enmarcado en su sala, pienso:

Tal vez no somos dueños de la Luna. Tal vez la Luna es dueña de nuestra imaginación. Y mientras haya alguien dispuesto a pagar cien dólares por un pedacito de polvo cósmico, el espíritu de Gajardo seguirá orbitando.

 

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