Una tarde mi tía Vicky llegó a
dar su clase de matemáticas con una sonrisa que ni el seno ni el coseno podían
medir.
Repartió cocas como si hubiera inventado una fórmula nueva, nos regaló un Gansito —lo cual en su escala pedagógica equivalía a un aumento salarial— y, en un gesto de misericordia algebraica, nos dejó salir antes.
Algo grande había pasado.
—Tía, ¿qué ocurrió? —pregunté con
legítima sospecha.
—¡Me llegó el título de propiedad
de un terrenito! —anunció con brillo orbital en los ojos.
—¿Va a construir en Salvatierra?
¿Ya no le gustó Santiago Maravatío?
Soltó una carcajada.
—No, Marcelito. Compré un terreno
en la Luna.
Yo la miré como se mira a alguien
que acaba de dividir entre cero.
—¡Ay, tía! No esté vacilando.
—Que sí. Mira, aquí están las
coordenadas. Tiene sello oficial. Cien dólares. Saliendo de aquí lo llevo a
enmarcar.
—Pero tía… si está en la Luna no
puede llamarse “terreno”. ¿Será lunerreno? ¿Cráter residencial?
—Como se llame, ya es mío.
Y así comprendí que el mercado
inmobiliario no conoce atmósfera.
El antecedente: un chileno
visionario
Mucho antes de que Internet
vendiera parcelas interplanetarias, un abogado chileno tuvo una idea digna de
novela.
Jenaro Gajardo Vera En
1954, Gajardo acudió al registro de bienes raíces en Talca con una pregunta
simple y peligrosa:
—¿De quién es la Luna?
El funcionario respondió: —Que yo
sepa… de nadie. Y ahí comenzó la epopeya jurídica. Si no es de nadie, puede ser
apropiable. Así funciona el derecho clásico con las cosas sin dueño (res
nullius).
El notario, quizá para proteger
la dignidad terrestre, le pidió publicar un edicto: si alguien reclamaba la
Luna en 30 días, se revisaba.
Imagínate el anuncio en el
periódico:
«Se informa que el señor Gajardo
pretende apropiarse del satélite natural. Favor de presentarse quien se
considere propietario.»
Nadie apareció. Ni románticos, ni
astrónomos, ni lobos aulladores. Y así, en un acto tan legal como literario, la
Luna quedó inscrita.
¿Y la NASA pidió permiso?
La leyenda afirma que antes del
alunizaje del Apollo 11, Estados Unidos habría solicitado autorización
al dueño chileno.
No hay pruebas documentales
sólidas de que esto ocurriera. Pero aceptemos la escena por puro gusto:
—Houston, tenemos un problema.
—¿Cuál?
—La Luna tiene dueño en Talca.
La imaginación latinoamericana no
tiene límites gravitacionales.
¿Era legal?
En 1954 no existía aún el Tratado
del Espacio Exterior (1967), que declararía los cuerpos celestes patrimonio
común de la humanidad. Gajardo se adelantó al derecho espacial aplicando lógica
civil tradicional.
No necesitó cohete. Le bastaron
papel, tinta y paciencia administrativa.
La verdadera enseñanza lunar
Lo fascinante no es si la
inscripción tenía validez internacional. Lo verdaderamente hermoso es esto:
La Luna, antes de ser territorio
científico, fue territorio simbólico. Un abogado la reclamó con solemnidad.
Mi tía la compró por internet con tarjeta bancaria. Ambos actos dicen más sobre
nosotros que sobre el satélite. Porque quizá nadie puede ser dueño de la Luna. Pero
todos queremos, de alguna manera, tener algo que brille en la oscuridad.
Cada vez que veo el título
enmarcado en su sala, pienso:
Tal vez no somos dueños de la
Luna. Tal vez la Luna es dueña de nuestra imaginación. Y mientras haya alguien
dispuesto a pagar cien dólares por un pedacito de polvo cósmico, el espíritu de
Gajardo seguirá orbitando.
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