El realismo mágico es ese territorio literario donde lo
extraordinario no irrumpe con estrépito, sino que se sienta a la mesa como si
siempre hubiera vivido allí. En este estilo, lo sobrenatural convive con lo
cotidiano sin necesidad de explicaciones; los muertos conversan, el tiempo se
pliega, la memoria respira… y nadie se sorprende demasiado. No es fantasía: es
una forma distinta de mirar la realidad latinoamericana, donde lo mítico, lo
espiritual y lo histórico se entrelazan como raíces bajo la tierra.
En este horizonte narrativo incursionó Juan Rulfo,
quien escribió Pedro Páramo, una obra magistral, digna —sin exageración
alguna— del Premio Nobel de Literatura. No la nominaron, hasta donde yo sé;
pero también sé que hay obras que han ganado el Nobel y son inferiores al
trabajo de Rulfo. Pero, en fin, como dicen de los santos: no todos los que la
Iglesia canoniza son santos, ni todos los que no canoniza dejan de serlo.
Asimismo, el premio a la obra de Rulfo no se lo han otorgado
tanto los académicos como la vox populi, que tiene un olfato más certero
para la eternidad. Pedro Páramo ha sido llevada tres veces a la pantalla
grande —en distintas adaptaciones cinematográficas— con notable resonancia,
prueba de que Comala no solo se lee: también se ve, se oye y casi se palpa en
la penumbra de una sala de cine.
La novela inicia con una promesa filial: Juan Preciado viaja
a Comala para buscar a su padre, Pedro Páramo, cumpliendo el último deseo de su
madre. Pero al llegar descubre que el pueblo no es exactamente un pueblo… es un
murmullo. Las calles arden bajo el sol, las casas parecen vacías y, sin
embargo, las voces susurran por todas partes.
Pronto comprendemos que Comala es un territorio habitado por
recuerdos, culpas y ánimas. Los muertos hablan con naturalidad, el tiempo se
fragmenta y la figura de Pedro Páramo emerge como un cacique poderoso, duro y
contradictorio, cuya ambición y pasión marcaron el destino de todos. Su amor
obsesivo por Susana San Juan es tan intenso como estéril; su poder, tan vasto
como devastador.
La novela no se cuenta linealmente: se reconstruye como
quien arma un rompecabezas hecho de ecos. Es una obra breve, pero de una
densidad extraordinaria. Cada frase parece cincelada en piedra, cada silencio
tiene peso.
Pedro Páramo no solo narra la muerte de un hombre o
la ruina de un pueblo; narra la descomposición de un mundo entero, donde la
memoria es lo único que sigue hablando cuando todo lo demás ha callado. Y
quizás por eso sigue viva: porque mientras haya alguien que escuche esos
murmullos, Comala no terminará de morir.
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