Ahora vamos a hablar de un libro que huele a salitre, a
pólvora y a manzanas escondidas en barriles sospechosos. Una novela que nos
hizo sospechar de todo marinero cojo y desconfiar cordialmente de cualquier
loro demasiado parlanchín.
La isla del tesoro no es solo una historia de
piratas; es la culpable de que varias generaciones hayan mirado un mapa con una
“X” y hayan sentido un impulso casi irrefrenable de salir corriendo con pala en
mano. Porque, admitámoslo: todos llevamos dentro un niño que quiere encontrar
un cofre enterrado… aunque sea en el patio de la casa de la abuela.
Si alguna vez soñaste con barcos, tormentas y monedas de oro
tintineando en la oscuridad, este libro ya te estaba esperando.
La historia comienza cuando el joven Jim Hawkins encuentra
en la posada de su familia el misterioso cofre de un viejo marino. Dentro hay
un mapa que señala la ubicación de un fabuloso tesoro enterrado en una isla
lejana. Lo que sigue es una expedición marítima que pronto deja de ser simple
aventura para convertirse en una peligrosa partida de ajedrez entre lealtad y
traición.
Entre los personajes destaca el inolvidable Long John
Silver: carismático, inteligente, ambiguo. Un villano tan encantador que uno no
sabe si temerle o invitarlo a cenar. La travesía está llena de motines,
combates, conspiraciones y decisiones que obligan a Jim a crecer de golpe.
Más que una historia de piratas, La isla del tesoro
es un relato sobre el paso de la inocencia a la experiencia, sobre la codicia
humana y sobre esa eterna pregunta: ¿vale la pena el oro cuando se pierde la
honra?
Y al final, cuando se cierra el libro, uno no sabe si ha
regresado de una isla… o si la isla se ha quedado viviendo para siempre en uno
mismo.
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