Si uno escucha “Islas de Barlovento” e “Islas de Sotavento”, podría imaginar un consejo de poetas marineros decidiendo nombres elegantes bajo una palmera. Pero no. La culpa la tiene el viento. Y los marinos que dependían de él como hoy dependemos del WiFi.
Primero, lo básico: barlovento es el lado desde donde sopla
el viento. sotavento es el lado hacia donde va el viento.
En el Caribe, los vientos dominantes son los alisios, que
soplan de este a oeste. Constantes, fieles, disciplinados como reloj suizo
tropical.
Ahora imagina un barco del siglo XVI saliendo de Europa
hacia América. Llegaba por el este del arco antillano. Las primeras islas que
encontraba estaban “de cara” al viento. Esas eran las de barlovento. Las que
quedaban más hacia el oeste estaban “a sotavento”.
Así nació la clasificación. No por política. No por cultura.
Por pura aerodinámica histórica.
Las islas más orientales del arco caribeño —como Dominica,
Santa Lucía, Antigua y otras— quedaron catalogadas como Islas de Barlovento
porque eran las primeras en recibir el soplido atlántico.
Eran la puerta de entrada. El saludo ventoso del Caribe.
Más hacia el oeste, protegidas por el arco antillano, están
las llamadas Islas de Sotavento. Aquí entran gigantes como Puerto Rico, Cuba,
La Española o Jamaica.
Estas islas están “a favor del viento”. Más resguardadas.
Más al interior del mar Caribe.
Es como si el viento hubiera decidido cuál isla recibe el
primer abrazo del Atlántico y cuál disfruta del eco.
El detalle que complica la cosa (porque siempre lo hay)
La clasificación cambia ligeramente según la tradición
española, británica o neerlandesa. Algunas listas varían. Algunas islas cambian
de grupo dependiendo de quién esté dibujando el mapa.
Es decir, el viento fue constante… pero los imperios no
tanto.
La moraleja alisada
Lo hermoso de esta historia es que el nombre no nace del
orgullo humano, sino de la humildad marítima. En tiempos de vela, entender el
viento no era poético: era cuestión de supervivencia.
Las Antillas no se llaman Barlovento y Sotavento por
romanticismo tropical. Se llaman así porque los marineros necesitaban saber de
dónde soplaba el destino.
Y hoy, siglos después, seguimos usando esos nombres como si
el viento todavía dictara las reglas.
Lo cual, si lo piensas bien, en el Caribe… no deja de ser
cierto.
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