En el corazón del semidesierto queretano se alza la imponente Peña de Bernal, una roca que parece suspendida entre la tierra y el cielo. No es solo un atractivo turístico: es una presencia. Un testigo pétreo de millones de años, de tradiciones antiguas… y también de la historia del cine mexicano.
El corazón petrificado de un
volcán
La Peña no es una montaña común.
Es el núcleo solidificado de un volcán extinto que emergió hace más de ocho
millones de años. La erosión borró el cuerpo volcánico y dejó expuesto su
“corazón” de roca ígnea —principalmente riolita— formando uno de los monolitos
más grandes del mundo.
Desde su base, con más de 350
metros de altura, domina el paisaje como si fuera un vigía antiguo. Subirla es
recorrer capas de tiempo. Mirarla al amanecer es entender por qué tantas
culturas han visto en ella algo más que piedra.
Energía, equinoccios y
misticismo
Cada primavera, durante el
equinoccio, visitantes vestidos de blanco acuden a la Peña para “recargarse de
energía”. No existe evidencia científica de que emita fuerzas especiales, pero
sí es innegable que produce algo poderoso: asombro.
Tal vez su energía sea esa mezcla
de silencio, viento y vastedad que nos devuelve la conciencia de lo pequeño que
somos frente a la historia geológica.
La Peña en la Época de Oro del
cine mexicano
Pero la Peña no solo ha sido
escenario de rituales y contemplaciones: también fue telón de fondo del cine
clásico mexicano.
Aquí se filmaron escenas de La
Cucaracha, película emblemática de 1959 dirigida por Ismael Rodríguez. En ella
participaron verdaderas constelaciones del cine nacional: María Félix, Ignacio
López Tarso, Dolores del Río, Emilio Fernández, el célebre “Indio Fernández”, Pedro
Armendáriz.
Imagina esas figuras, con sus
miradas intensas y su presencia imponente, moviéndose bajo la sombra de la
Peña. La roca milenaria como espectadora muda de pasiones revolucionarias y
dramas humanos.
También fue escenario de El gallo
de oro, basada en la obra de Juan Rulfo, donde brilló la inconfundible voz y
presencia de Lucha Villa. El paisaje árido y luminoso del semidesierto
queretano encajaba perfectamente con el tono fatalista y poético de la
historia.
Así, la Peña no solo guarda lava
antigua, sino también ecos de diálogos, cámaras rodando y voces que marcaron
una época.
Bernal, pueblo bajo la roca
A los pies del monolito se
encuentra el encantador Bernal, declarado Pueblo Mágico. Sus calles empedradas,
talleres de lana y dulces típicos conviven con la silueta monumental que lo
corona.
Cada año, durante la Fiesta de la
Santa Cruz, los habitantes suben una cruz a la parte accesible del monolito,
mezclando tradición católica e identidad comunitaria.
Naturaleza viva
La Peña también es un destino de
escalada reconocido. Su roca firme y vertical ofrece rutas técnicas que atraen
a deportistas nacionales e internacionales. Alrededor crecen biznagas,
mezquites y cactáceas que han aprendido a sobrevivir en el clima semidesértico.
Desde arriba, el horizonte parece
una pintura en tonos ocres y azules. Y el viento, constante, parece contar
historias.
Piedra, memoria y mirada
La Peña de Bernal es geología, es
mito, es tradición… y también es celuloide. Ha visto pasar volcanes, pueblos
originarios, revolucionarios ficticios, estrellas de cine y turistas con
teléfonos móviles.
Quizá su verdadera grandeza no
esté solo en su tamaño, sino en su capacidad de reunir tiempos distintos en un
mismo paisaje: el tiempo profundo de la tierra, el tiempo histórico de México y
el tiempo íntimo de quien la contempla.
Y cuando el sol cae detrás de la
roca, uno entiende que algunas piedras no solo sostienen el cielo: también
sostienen la memoria.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario