Hay playas donde uno va a
descansar. Hay playas donde uno va a enamorarse. Y luego está la playa donde
uno va… a ponerse en manos de la aerodinámica.
Ya habíamos hablado de esta singular isla que comparten Francia y los Países Bajos, la isla caribeña de Sint Maarten, aquí, justo antes de la pista del Princess Juliana International Airport, existe una franja de arena llamada Maho Beach que ha convertido el turismo en una especie de deporte extremo involuntario. Aquí el bronceador compite con el queroseno y el sonido del mar se mezcla con el rugido de turbinas capaces de mover edificios… o despeinar turistas.
Porque eso es lo que sucede.
Uno está tranquilamente con su
piña colada. El Caribe sopla suave. Las olas murmuran. Y de pronto, la sombra. No
una nube. No un pájaro. Un avión comercial descendiendo a unos 15 o 20 metros
sobre tu cabeza, con las ruedas extendidas y el vientre metálico tan cercano
que casi puedes contar los remaches.
La escena tiene algo de
espectáculo circense moderno. Los bañistas miran al cielo como si esperaran
fuegos artificiales, pero lo que llega es un Airbus o un Boeing cargado de
humanidad y maletas. El avión pasa tan bajo que el aire vibra, la arena tiembla
y el alma recuerda que la gravedad no es negociable.
El aterrizaje, en sí mismo, es
una coreografía técnica impecable. La pista no es corta, pero la geografía
obliga a los pilotos a realizar una aproximación muy baja sobre la playa. Todo
está calculado al milímetro. No hay improvisación. Lo que para el piloto es
rutina entrenada, para el turista es una epifanía mecánica.
Sin embargo, el verdadero peligro
no es el descenso. Es el despegue.
Cuando un avión acelera, libera
detrás de sí un chorro de aire —el famoso jet blast— que puede superar
los 150 km/h. Y aquí es donde la escena se transforma de postal exótica a
advertencia darwiniana.
Hay quienes se colocan junto a la
verja que separa la pista de la playa. Se agarran al metal como si fueran
marineros enfrentando una tormenta. Esperan el rugido. Sonríen a las cámaras. Y
entonces, los motores rugen de verdad.
La arena se convierte en
proyectil. El aire empuja como un puñetazo invisible. Los cuerpos vuelan,
literalmente.
Ha habido heridos. Personas
arrastradas varios metros. Golpes contra el suelo, fracturas, contusiones.
Porque la física no entiende de selfies.
La ironía es deliciosa y
peligrosa a la vez: viajamos miles de kilómetros para descansar en el paraíso y
terminamos desafiando fuerzas que fueron diseñadas para levantar cientos de
toneladas de metal del suelo.
La isla, compartida entre Francia
y Países Bajos, es un pequeño milagro político del siglo XVII que aún respira
en el XXI. Pero esta playa es otra cosa: es el punto donde el ocio humano se
encuentra cara a cara con la ingeniería pesada.
¿Es espectacular? Sin duda. ¿Es
una de las experiencias más singulares del Caribe? Absolutamente. ¿Es prudente
jugar a ser cometa humano bajo los motores de un avión? Claramente no.
El aeropuerto donde los aviones
te despeinan no es solo una curiosidad turística; es una lección disfrazada de
entretenimiento. Nos recuerda que la modernidad es impresionante, pero no es
juguete. Que la tecnología es bella, pero no inocente. Y que el límite entre la
aventura y la imprudencia es tan fino como una línea pintada al final de una
pista.
Así que si alguna vez visitas ese
rincón caribeño, disfruta el espectáculo. Mira al cielo. Siente el rugido.
Pero conserva algo más valioso
que el vídeo perfecto: tu sentido común. Porque hay brisas tropicales…
y hay motores diseñados para desafiar la gravedad.
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