En
una mesa del rincón, de una de tantas tabernas de Zaragoza y bajo una lámpara temblorosa, un hombre con
jubón oscuro y mostacho algo descuidado levantaba su tercera jarra de vino.
—¡Otra!
—dijo golpeando la mesa—. Que esta noche no paga Avellaneda… paga la gloria.
El tabernero resopló. Dos arrieros miraron de reojo. Un estudiante de Salamanca afiló la curiosidad.
El
hombre ya estaba un poquito pasado de copas.
—¿Sabéis
quién soy? —preguntó con esa mezcla de orgullo y deseo de ser descubierto.
—Uno
que debe cuatro jarras —contestó el tabernero.
El
hombre rio con cierta melancolía.
—Soy…
el que escribió el otro Quijote.
Silencio.
Una
cuchara dejó de tintinear. Una brasa crujió.
—¿El
de verdad? —preguntó el estudiante.
—No…
el otro. El que no debía existir. ─ dijo el hombre y siguió
bebiendo.
EL
AGRAVIO
—No
fue por odio… —dijo, bajando la voz—. Fue por… picazón. Esa que entra cuando un
libro hace ruido y uno, que también escribe, no oye ni el eco de su nombre.
Se
inclinó hacia los oyentes.
—¿Sabéis
lo que es leer algo brillante y sentir dos cosas a la vez? Admiración… y
envidia.
Hizo
una pausa.
—Ese
manco… —murmuró, sin decir el nombre— supo hacer reír sin humillar, supo hacer
llorar sin predicar. Y yo… yo sabía escribir. ¡Y bien! Pero nadie me leía con
ese fervor.
Golpeó
la mesa.
—Yo
no quería destruirlo. Quería… demostrar que también podía.
EL
ERROR
—Creí
que el Quijote era la locura. Y no entendí que era la dignidad.
—Creí
que Sancho era el chiste. Y no entendí que era la conciencia.
Se
quedó mirando el vino como si ahí flotara un molino de viento.
—Yo
vi la armadura. Él vio el alma.
El
estudiante tragó saliva.
—Entonces…
¿te arrepientes?
Avellaneda
sonrió con amargura. —No exactamente.
LA
VANIDAD
—Veréis
—dijo, inclinándose peligrosamente hacia adelante—, uno escribe para no morirse
del todo. Y yo temía no haber existido nunca.
Se
tocó el pecho.
—Publicar
ese libro fue decir: “Aquí estoy”. Aunque fuera con máscara.
Un
arriero intervino:
—¿Y
no temías que él respondiera?
El
hombre soltó una carcajada.
—¡Claro
que temía! Pero en el fondo… lo deseaba.
Bajó
la voz.
—Porque
un gigante solo se molesta en aplastar lo que le incomoda.
LA
IRONÍA
—Y
respondió —murmuró—. ¡Vaya si respondió! Levantó el dedo, casi solemne.
—Y
fue más ingenioso que yo. Metió mi libro dentro del suyo. Hizo que su caballero
supiera de mi atrevimiento. Me convirtió en personaje sin nombrarme.
Sonrió
con resignación.
—Y
entonces entendí algo terrible y hermoso: que había servido a su grandeza.
Silencio
otra vez.
—Sin
mi atrevimiento, quizá no habría afinado tanto su espada literaria.
LA
CONFESIÓN FINAL
La
jarra quedó vacía.
—Escribí
mi Quijote por envidia, sí… pero también por amor a la historia. Quería
cabalgar junto al mito. No entendí que los mitos no se comparten: se
contemplan.
Se
levantó con cierta dificultad.
—Decid
lo que queráis de mí. Usurpador, impostor, sombra… pero fui necesario.
Se
ajustó el jubón y, antes de salir, añadió:
—A
veces el villano sólo es un actor secundario que quiso ser protagonista.
La
puerta se cerró.
El
estudiante murmuró:
—¿Y
si miente?
El
tabernero encogió los hombros.
—Sea
quien sea… pagará mañana.
Y la
taberna volvió al ruido.
EPÍLOGO
PARA ESPÍRITUS INQUIETOS
Tal
vez nunca sepamos quién fue realmente ese hombre que firmó como Alonso
Fernández de Avellaneda.
Pero
imaginémoslo así: no como un simple impostor, sino como un escritor que quiso
rozar la eternidad… y terminó ayudando a otro a conquistarla.Porque, al final,
hasta los molinos necesitan viento.
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