martes, 17 de febrero de 2026

LAS CONFESIONES DE ALONSO FERNÁNDEZ DE AVELLANEDA

 


En una mesa del rincón, de una de tantas tabernas de Zaragoza y  bajo una lámpara temblorosa, un hombre con jubón oscuro y mostacho algo descuidado levantaba su tercera jarra de vino.

—¡Otra! —dijo golpeando la mesa—. Que esta noche no paga Avellaneda… paga la gloria.

El tabernero resopló. Dos arrieros miraron de reojo. Un estudiante de Salamanca afiló la curiosidad.

El hombre ya estaba un poquito pasado de copas.

—¿Sabéis quién soy? —preguntó con esa mezcla de orgullo y deseo de ser descubierto.

—Uno que debe cuatro jarras —contestó el tabernero.

El hombre rio con cierta melancolía.

—Soy… el que escribió el otro Quijote.

Silencio.

Una cuchara dejó de tintinear. Una brasa crujió.

—¿El de verdad? —preguntó el estudiante.

—No… el otro. El que no debía existir. dijo el hombre y siguió bebiendo.

EL AGRAVIO

—No fue por odio… —dijo, bajando la voz—. Fue por… picazón. Esa que entra cuando un libro hace ruido y uno, que también escribe, no oye ni el eco de su nombre.

Se inclinó hacia los oyentes.

—¿Sabéis lo que es leer algo brillante y sentir dos cosas a la vez? Admiración… y envidia.

Hizo una pausa.

—Ese manco… —murmuró, sin decir el nombre— supo hacer reír sin humillar, supo hacer llorar sin predicar. Y yo… yo sabía escribir. ¡Y bien! Pero nadie me leía con ese fervor.

Golpeó la mesa.

—Yo no quería destruirlo. Quería… demostrar que también podía.

EL ERROR

—Creí que el Quijote era la locura. Y no entendí que era la dignidad.

—Creí que Sancho era el chiste. Y no entendí que era la conciencia.

Se quedó mirando el vino como si ahí flotara un molino de viento.

—Yo vi la armadura. Él vio el alma.

El estudiante tragó saliva.

—Entonces… ¿te arrepientes?

Avellaneda sonrió con amargura. —No exactamente.

 

LA VANIDAD

—Veréis —dijo, inclinándose peligrosamente hacia adelante—, uno escribe para no morirse del todo. Y yo temía no haber existido nunca.

Se tocó el pecho.

—Publicar ese libro fue decir: “Aquí estoy”. Aunque fuera con máscara.

Un arriero intervino:

—¿Y no temías que él respondiera?

El hombre soltó una carcajada.

—¡Claro que temía! Pero en el fondo… lo deseaba.

Bajó la voz.

—Porque un gigante solo se molesta en aplastar lo que le incomoda.

LA IRONÍA

—Y respondió —murmuró—. ¡Vaya si respondió! Levantó el dedo, casi solemne.

—Y fue más ingenioso que yo. Metió mi libro dentro del suyo. Hizo que su caballero supiera de mi atrevimiento. Me convirtió en personaje sin nombrarme.

Sonrió con resignación.

—Y entonces entendí algo terrible y hermoso: que había servido a su grandeza.

Silencio otra vez.

—Sin mi atrevimiento, quizá no habría afinado tanto su espada literaria.

LA CONFESIÓN FINAL

La jarra quedó vacía.

—Escribí mi Quijote por envidia, sí… pero también por amor a la historia. Quería cabalgar junto al mito. No entendí que los mitos no se comparten: se contemplan.

Se levantó con cierta dificultad.

—Decid lo que queráis de mí. Usurpador, impostor, sombra… pero fui necesario.

Se ajustó el jubón y, antes de salir, añadió:

—A veces el villano sólo es un actor secundario que quiso ser protagonista.

La puerta se cerró.

El estudiante murmuró:

—¿Y si miente?

El tabernero encogió los hombros.

—Sea quien sea… pagará mañana.

Y la taberna volvió al ruido.

EPÍLOGO PARA ESPÍRITUS INQUIETOS

Tal vez nunca sepamos quién fue realmente ese hombre que firmó como Alonso Fernández de Avellaneda.

Pero imaginémoslo así: no como un simple impostor, sino como un escritor que quiso rozar la eternidad… y terminó ayudando a otro a conquistarla.Porque, al final, hasta los molinos necesitan viento.

 


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