martes, 17 de febrero de 2026

EL QUIJOTE QUE NO DEBÍA EXISTIR

 



Historia ingeniosa del apócrifo que quiso suplantar a un hidalgo

En 1614 ocurrió algo que hoy llamaríamos un escándalo editorial. Mientras el verdadero creador del caballero andante trabajaba en silencio, apareció un libro que parecía continuar las aventuras de don Quijote… pero no lo había escrito él.

Ese libro se titulaba:

Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Y su autor firmaba con un nombre misterioso: Alonso Fernández de Avellaneda.

Nadie sabía quién era. Y, cuatro siglos después, seguimos sin saberlo con certeza.

Un libro “intruso” en la historia literaria

Para entender la gravedad del asunto hay que recordar algo:
la primera parte del Quijote, publicada en 1605 por Miguel de Cervantes, había sido un éxito rotundo. Pero Cervantes aún no había publicado su segunda parte.

Entonces alguien decidió adelantarse. El apócrifo no era una simple parodia. Era una continuación no autorizada. Retomaba a don Quijote y a Sancho Panza y los llevaba por nuevos caminos, como si el autor original hubiera cedido la pluma. Era una especie de “fan fiction” del Siglo de Oro… pero con intención polémica.

¿Era una broma? ¿Una venganza? ¿Una rivalidad literaria?

Las teorías abundan: Que era un enemigo personal de Cervantes. Que pertenecía al círculo de Lope de Vega. Que era un escritor resentido. Que era alguien cercano al propio Cervantes.

Algunos estudiosos han señalado a Jerónimo de Pasamonte, otros han sospechado de discípulos de Lope de Vega.
Pero la identidad real sigue siendo uno de los grandes enigmas de la literatura española.

¿Y cómo era ese Quijote apócrifo?

Aquí viene lo interesante.

El Quijote de Avellaneda no es torpe ni absurdo. Está bien escrito. Pero: Don Quijote aparece más grosero. Sancho es más rústico. El tono es menos sutil. Falta la profundidad psicológica del original.

Es como si alguien hubiera captado la superficie del personaje, pero no su alma. Avellaneda entendió la caricatura, pero no el corazón trágico.

La respuesta genial de Cervantes

Aquí es donde la historia se vuelve magistral. En 1615, Cervantes publica su auténtica segunda parte:

Segunda parte del ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha Y entonces hace algo absolutamente brillante:

Incluye dentro de su novela la existencia del libro apócrifo. Don Quijote y Sancho descubren que alguien ha escrito falsas aventuras sobre ellos. Se indignan. Se burlan del autor impostor. Y deciden cambiar de itinerario para desmentirlo.

Es uno de los primeros ejemplos de metaliteratura moderna. Cervantes no solo responde: convierte el ataque en arte.

¿Por qué importa hoy el Quijote apócrifo?

Porque nos habla de algo profundamente actual: La autoría. La propiedad intelectual. La fama. La identidad literaria. El ego creador.

El Quijote apócrifo demuestra que incluso en el Siglo de Oro ya existían polémicas mediáticas, plagios, disputas públicas y estrategias narrativas como respuesta.

Cervantes transformó una ofensa en una obra maestra. Eso es grandeza.

Una paradoja deliciosa

Sin el apócrifo… la segunda parte auténtica quizá no habría sido igual. El “falso” Quijote obligó al verdadero a perfeccionarse. El intruso forzó al genio a superarse. Es casi quijotesco, ¿no te parece? Un enemigo imaginario que termina ayudando a la causa.

Epílogo para espíritus curiosos

El Quijote apócrifo no es solo una curiosidad bibliográfica. Es el testimonio de que la literatura siempre ha sido un campo de batalla. Y, como bien sabemos, don Quijote jamás rehuyó una batalla. Quizá por eso sonríe —desde las páginas verdaderas— cada vez que alguien intenta suplantarlo. Porque, al final, la autenticidad no necesita gritar.

Solo necesita existir.

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