Historia ingeniosa del apócrifo que quiso suplantar a un
hidalgo
En 1614 ocurrió algo que hoy llamaríamos un escándalo editorial. Mientras el verdadero creador del caballero andante trabajaba en silencio, apareció un libro que parecía continuar las aventuras de don Quijote… pero no lo había escrito él.
Ese libro se titulaba:
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la
Mancha
Y su autor firmaba con un nombre misterioso: Alonso
Fernández de Avellaneda.
Nadie sabía quién era. Y, cuatro siglos después, seguimos
sin saberlo con certeza.
Un libro “intruso” en la historia literaria
Entonces alguien decidió adelantarse. El apócrifo no era una
simple parodia. Era una continuación no autorizada. Retomaba a don
Quijote y a Sancho Panza y los llevaba por nuevos caminos, como si el autor
original hubiera cedido la pluma. Era una especie de “fan fiction” del Siglo de
Oro… pero con intención polémica.
¿Era una broma? ¿Una venganza? ¿Una rivalidad literaria?
Las teorías abundan: Que era un enemigo personal de
Cervantes. Que pertenecía al círculo de Lope de Vega. Que era un escritor
resentido. Que era alguien cercano al propio Cervantes.
¿Y cómo era ese Quijote apócrifo?
Aquí viene lo interesante.
El Quijote de Avellaneda no es torpe ni absurdo. Está bien
escrito. Pero: Don Quijote aparece más grosero. Sancho es más rústico. El tono
es menos sutil. Falta la profundidad psicológica del original.
Es como si alguien hubiera captado la superficie del
personaje, pero no su alma. Avellaneda entendió la caricatura, pero no el
corazón trágico.
La respuesta genial de Cervantes
Aquí es donde la historia se vuelve magistral. En 1615,
Cervantes publica su auténtica segunda parte:
Segunda parte del ingenioso caballero Don Quijote de la
Mancha Y entonces hace algo absolutamente brillante:
Incluye dentro de su novela la existencia del libro
apócrifo. Don Quijote y Sancho descubren que alguien ha escrito falsas
aventuras sobre ellos. Se indignan. Se burlan del autor impostor. Y deciden
cambiar de itinerario para desmentirlo.
Es uno de los primeros ejemplos de metaliteratura moderna.
Cervantes no solo responde: convierte el ataque en arte.
¿Por qué importa hoy el Quijote apócrifo?
Porque nos habla de algo profundamente actual: La autoría. La
propiedad intelectual. La fama. La identidad literaria. El ego creador.
El Quijote apócrifo demuestra que incluso en el Siglo de Oro
ya existían polémicas mediáticas, plagios, disputas públicas y estrategias
narrativas como respuesta.
Cervantes transformó una ofensa en una obra maestra. Eso es
grandeza.
Una paradoja deliciosa
Sin el apócrifo… la segunda parte auténtica quizá no habría
sido igual. El “falso” Quijote obligó al verdadero a perfeccionarse. El intruso
forzó al genio a superarse. Es casi quijotesco, ¿no te parece? Un enemigo
imaginario que termina ayudando a la causa.
Epílogo para espíritus curiosos
El Quijote apócrifo no es solo una curiosidad bibliográfica.
Es el testimonio de que la literatura siempre ha sido un campo de batalla. Y,
como bien sabemos, don Quijote jamás rehuyó una batalla. Quizá por eso sonríe
—desde las páginas verdaderas— cada vez que alguien intenta suplantarlo. Porque,
al final, la autenticidad no necesita gritar.
Solo necesita existir.
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