Lo que casi nadie dice del Cubo de Rubik es que no es un juguete, es una prueba silenciosa de carácter. Nos lo vendieron como entretenimiento inteligente, como gimnasia mental, como símbolo de ingenio, pero en realidad es un pequeño dispositivo de humildad masiva creado en 1974 por Ernő Rubik, un profesor húngaro que quizá solo quería explicar el movimiento en el espacio y terminó demostrando los límites de la autoestima humana.
Lo que casi nadie dice es que uno no compra el cubo para resolverlo, lo compra para confirmar que todavía controla algo en su vida, y lo primero que hace es desordenarlo con una confianza insultante, como quien dice “esto lo arreglo en cinco minutos”, hasta que cinco minutos después tiene seis colores en estado de guerra civil y una sospecha creciente de que el plástico está ganando.
Lo que casi nadie dice es que el cubo no desespera por su dificultad, sino por su lógica implacable: cada vez que arreglas una cara, descompones otra, como si el universo estuviera representado en tres pulgadas cúbicas; es la versión portátil de la vida adulta, donde pagar la tarjeta desajusta el ahorro, arreglar la cocina retrasa las vacaciones y acomodar el blanco desarma el amarillo.
Lo que casi nadie dice es que existen más de cuarenta y tres trillones de combinaciones posibles, pero siempre hay una solución en veinte movimientos o menos, lo cual significa que el problema no es el caos sino nuestra ignorancia del algoritmo, y esa es una verdad que incomoda más allá del juguete.
Lo que casi nadie dice es que el momento más humillante no es no poder resolverlo, sino verlo resuelto por un niño que todavía no paga impuestos y que en ocho segundos hace lo que tú no lograste en media hora de giros dramáticos y murmullos incomprensibles.
Lo que casi nadie dice es que el cubo es un espejo: si eres impulsivo, te castiga; si eres paciente, te recompensa; si eres orgulloso, te ridiculiza; y si eres disciplinado, te permite creer que el orden existe.
Y lo que casi nadie dice, finalmente, es que el día que lo resuelves, aunque haya sido con ayuda de un tutorial, no celebras un rompecabezas, celebras la sensación infantil de que el caos puede organizarse, de que el mundo no está condenado al desorden permanente, de que quizá, solo quizá, detrás de todo lo que parece imposible, hay una secuencia correcta esperando ser entendida… o al menos un sobrino dispuesto a explicártela.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario