Hay lugares que existen por
volcanes. Otros por conquistas. Y luego está Llívia, que existe tal como la
vemos hoy porque en 1659 alguien leyó con lupa.
Imaginemos la escena: diplomáticos españoles y franceses, cansados de guerra, firmando el Tratado de los Pirineos. España cedía a Francia 33 pueblos del norte catalán. Todo parecía claro, limpio, ordenado. Hasta que alguien —seguramente con alma de notario quisquilloso— señaló un detalle: Llívia no era un “pueblo”. Era una “villa”, con título reconocido desde la Edad Media.
Y ahí, en esa diferencia casi
semántica, nació una anomalía geográfica de tres siglos y medio.
Francia recibió los pueblos. España
conservó la villa. Y el mapa quedó con una pequeña pieza española completamente
rodeada por Francia, como si alguien hubiera dejado caer una ficha equivocada
en el tablero.
Desde entonces, Llívia vive en
una especie de elegante contradicción: es España en medio de Francia. Para ir
al resto del territorio español hay que cruzar territorio francés. Pero no hay
drama. No hay guardias de bigote retorcido revisando pasaportes con solemnidad
barroca. Hoy la frontera es apenas una línea en el mapa, invisible bajo el
acuerdo europeo y el sentido común moderno.
Lo verdaderamente delicioso es
que Llívia no es un museo de rarezas cartográficas. No es una cápsula congelada
en 1659. Es una comunidad viva, con su plaza, sus vecinos, sus cafés donde se
mezclan catalán, castellano y francés con naturalidad pirenaica. Es un lugar
donde la geografía parece decir una cosa y la historia responde otra.
Y lo más curioso es que nadie
parece especialmente inquieto por esta singularidad. Francia no la reclama.
España no la blande como bandera épica. La villa sigue allí, tranquila, como
quien ganó una partida sin necesidad de levantar la voz.
Hay algo profundamente humano en
esta historia. Nos recuerda que las fronteras no siempre nacen de la lógica del
terreno, sino de la lógica del lenguaje. Que a veces una palabra pesa más que
una montaña. Que el mapa del mundo es, en parte, el resultado de discusiones
gramaticales con consecuencias permanentes.
Así que cuando uno mira Llívia
desde el aire —ese pequeño islote español rodeado de verde francés— no debería
pensar en conflicto, sino en ironía histórica. Porque Llívia no se escapó por
fuerza. Se escapó por precisión.
Y eso, admitámoslo, es una forma
exquisitamente civilizada de hacer historia.
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