Hay lugares donde la frontera es una línea solemne, vigilada, dramática. Y luego está Baarle-Hertog y su inseparable gemelo Baarle-Nassau, una especie de experimento medieval que alguien olvidó simplificar.
Aquí la frontera entre Bélgica y Países Bajos no es una línea recta. Es un garabato. Un capricho histórico. Un rompecabezas que parece dibujado por un cartógrafo después de tres cafés muy cargados.
El origen del enredo
Todo empezó en la Edad Media,
cuando los señores feudales intercambiaban tierras como quien cambia
estampitas. “Te doy esta parcela, me das aquel molino, pero me quedo con el
derecho de paso y la huerta del primo”. Nadie pensó que, siglos después, alguien
tendría que explicar aquello en una clase de geografía.
El resultado: 22 enclaves belgas
dentro de territorio neerlandés. Y dentro de algunos de esos enclaves, pequeños
pedacitos neerlandeses otra vez. Es como una muñeca rusa, pero con impuestos
distintos.
Casas con doble personalidad
En Baarle hay viviendas que están
oficialmente en dos países. La nacionalidad de la casa depende de dónde esté la
puerta principal. Sí, la puerta. Si decides moverla unos metros, podrías
cambiar de país sin cambiar de sofá.
Imagina la escena:
—“Cariño, ¿en qué país dejamos
las llaves?”
—“Depende, ¿las pusiste en la
cocina o en la sala?”
Las fronteras están marcadas con
cruces blancas en el pavimento. No hay muro, no hay soldados, no hay drama.
Solo una línea juguetona que atraviesa terrazas, tiendas y hasta comedores.
Restaurantes binacionales
En la misma calle puede haber un
café bajo legislación belga y, enfrente, uno neerlandés. Durante la pandemia
ocurrió algo digno de comedia europea: cuando un país cerraba restaurantes y el
otro no, bastaba con mover las mesas unos metros… y voilà, reapertura
internacional.
Es el único lugar donde puedes
cambiar de normativa sanitaria dando tres pasos laterales.
Dos países, un mismo vecindario
Lo más sorprendente es que todo
funciona. Servicios coordinados, policías que cooperan, vecinos que conviven
sin dramas. La Unión Europea ayuda, claro, pero también hay una costumbre
entrañable: aquí la frontera no divide, entretiene.
En Baarle no se pregunta “¿de qué
país eres?”, sino “¿de qué lado de la línea está tu puerta?”
El encanto del absurdo organizado
Baarle es la prueba viviente de
que las fronteras pueden ser absurdamente complejas y, aun así, perfectamente
habitables. Es el triunfo del enredo civilizado. Un lugar donde la geografía
decidió divertirse y la gente aprendió a vivir con ello.
Si alguna vez visitas este rincón
del mundo, prepárate: podrías estar en Bélgica, cruzar a Países Bajos para
pagar el café y regresar a Bélgica antes de que se enfríe. Y todo sin mostrar
pasaporte.
Hay fronteras que separan. Y
luego está Baarle, que parece susurrar: “Relájate, es solo una línea pintada en
el suelo”.
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