jueves, 19 de febrero de 2026

BAARLE: EL PUEBLO DONDE CRUZAS DE PAÍS AL IR POR EL PAN



Hay lugares donde la frontera es una línea solemne, vigilada, dramática. Y luego está Baarle-Hertog y su inseparable gemelo Baarle-Nassau, una especie de experimento medieval que alguien olvidó simplificar.

Aquí la frontera entre Bélgica y Países Bajos no es una línea recta. Es un garabato. Un capricho histórico. Un rompecabezas que parece dibujado por un cartógrafo después de tres cafés muy cargados.

El origen del enredo

Todo empezó en la Edad Media, cuando los señores feudales intercambiaban tierras como quien cambia estampitas. “Te doy esta parcela, me das aquel molino, pero me quedo con el derecho de paso y la huerta del primo”. Nadie pensó que, siglos después, alguien tendría que explicar aquello en una clase de geografía.

El resultado: 22 enclaves belgas dentro de territorio neerlandés. Y dentro de algunos de esos enclaves, pequeños pedacitos neerlandeses otra vez. Es como una muñeca rusa, pero con impuestos distintos.

Casas con doble personalidad

En Baarle hay viviendas que están oficialmente en dos países. La nacionalidad de la casa depende de dónde esté la puerta principal. Sí, la puerta. Si decides moverla unos metros, podrías cambiar de país sin cambiar de sofá.

Imagina la escena:

—“Cariño, ¿en qué país dejamos las llaves?”

—“Depende, ¿las pusiste en la cocina o en la sala?”

Las fronteras están marcadas con cruces blancas en el pavimento. No hay muro, no hay soldados, no hay drama. Solo una línea juguetona que atraviesa terrazas, tiendas y hasta comedores.

Restaurantes binacionales

En la misma calle puede haber un café bajo legislación belga y, enfrente, uno neerlandés. Durante la pandemia ocurrió algo digno de comedia europea: cuando un país cerraba restaurantes y el otro no, bastaba con mover las mesas unos metros… y voilà, reapertura internacional.

Es el único lugar donde puedes cambiar de normativa sanitaria dando tres pasos laterales.

Dos países, un mismo vecindario

Lo más sorprendente es que todo funciona. Servicios coordinados, policías que cooperan, vecinos que conviven sin dramas. La Unión Europea ayuda, claro, pero también hay una costumbre entrañable: aquí la frontera no divide, entretiene.

En Baarle no se pregunta “¿de qué país eres?”, sino “¿de qué lado de la línea está tu puerta?”

El encanto del absurdo organizado

Baarle es la prueba viviente de que las fronteras pueden ser absurdamente complejas y, aun así, perfectamente habitables. Es el triunfo del enredo civilizado. Un lugar donde la geografía decidió divertirse y la gente aprendió a vivir con ello.

Si alguna vez visitas este rincón del mundo, prepárate: podrías estar en Bélgica, cruzar a Países Bajos para pagar el café y regresar a Bélgica antes de que se enfríe. Y todo sin mostrar pasaporte.

Hay fronteras que separan. Y luego está Baarle, que parece susurrar: “Relájate, es solo una línea pintada en el suelo”.

 

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