Una tarde, cuando el sol
ya se iba cayendo y el aire cargaba el polvo del campo, ese polvo que ya se
metía en los ojos, aunque uno tratara de apartarse de él, me llamó la tía
Rafaila para contarme: Hijo, cuando yo tenía unos diez añillos, y casi llegaba
a los once, allá por 1910, en aquel tiempo, cuando todo todavía olía a viejo y
a historia.
Después, la tía encendió
un cigarro de hoja, inhaló el humo con ese ademán que tenía, como si el cigarro
le hiciera pensar en algo lejano, algo que ya no estaba pero que seguía
presente en sus palabras.
—Era enero, creo, no me
acuerdo bien, pero ha de haber sido por esas fechas, después de los Santos
Reyes. Un cometa apareció en el cielo, chiquito al principio, como asustadizo,
casi como si se estuviera asomando para ver qué había abajo. Yo nunca había
visto algo así, y yo creo que tampoco nadie antes habría visto algo parecido,
hijo. Todos nos salíamos a verlo, nos imaginábamos que así debió haber sido la
estrella de Belén, la que guiaba a los Reyes Magos. —Ella sonrió, como si el
cometa y los Reyes Magos fueran una misma cosa, una sola historia.
En febrero el cometa ya no
estaba, se desvaneció, como el humo que se bebe el viento. Pero en abril,
cuando la primavera ya comenzaba a llenar el aire de calor, el cometa
reapareció, y ya no era el mismo, no. Ahora sí brillaba, se veía grande, como
si el cielo lo hubiera recogido de alguna parte y lo estuviera exhibiendo para todos.
Aquella era una maravilla, decía la tía, precisamente porque en ninguna casa
había luz eléctrica. El cielo de noche era todo lo que teníamos, la única
pantalla donde el Creador desfilaba con sus estrellas, con su luna creciente
que se reflejaba en los pozos y hasta en las charcas, donde los sapos cantaban
su himno de cada noche.
—¡Ay, hijo, qué cosa tan asombrosa
era aquello…! —me dijo mientras el humo salía de su boca como un suspiro—. Y
entonces veíamos las estrellas fugaces cruzar el cielo, las constelaciones que navegaban
muy despacito por el firmamento: la Osa Mayor, las Cabrillas, la Carreta, los
Tres Reyes, los Ojitos de Santa Lucía... todo. Y de pronto, el cometa apareció,
encendido como un faro en la noche, suspendido sobre el cerro de las Tetillas,
mientras su cola de luz rasgaba el firmamento, extendiéndose como un río plateado,
como si quisiera acariciar la cima del cerro Blanco, aquel que vela en la
lejanía de Uriangato.
Para principios de mayo ya
nadie quería verlo. El pueblo entero había entrado en pánico. Decían que el
cometa iba a chocar con la Tierra antes de que terminara el mes. Las campanas
no dejaban de sonar, llamando al rosario, a la oración. Los hombres más duros,
esos que nunca se arrodillaban, andaban por el confesionario como si el cielo
mismo se estuviera cayendo sobre ellos. Las mujeres se confesaban dos veces al
día, como si de alguna forma eso pudiera salvarlas del desastre. Yo, que no era
tan distinta, robé tres guajolotes del patrón y una becerrilla, y cuando me
tocó confesarme, no pude evitar decirle al padre:
—Padre, acúsome de haber
tomado prestados unos guajolotillos para el cumpleaños de la abuela… y también
un mecatito de dos metros. Pero no se asuste, padre, que lo de menos era el
mecate… lo grave es que traía una becerra amarrada en la punta.
El cometa no cayó, pero la
revolución sí. Y fue peor. Porque entonces la tierra se abrió otra vez, como en
los tiempos viejos, pero no para tragarse el miedo, sino la sangre.
En abril de 1915, Villa y
Obregón se toparon en Celaya. Fue un agarrón recio, de esos que dejan huella.
La tierra quedó manchada, como si el polvo mismo se hubiera vuelto blanco de
tanto muerto que nadie enterró. Villa perdió porque la pólvora que le vendieron
los gringos no servía ni para espantar zopilotes, y los suyos, al verse
perdidos, se desperdigaron por los caminos, hechos malandrines, saqueando lo
que fuera.
A Maravatío vinieron dos
veces. La primera, el mayordomo y su gente los hicieron correr, cerro arriba,
hasta perderse en las veredas que ascienden por hasta La Joya.
—Se llevaron muchas
muchachas —decía la tía— y hasta un comal de cobre que mi abuela había tomado
prestado por unos añitos de la hacienda. Y mi abuela, toda indignada, dijo:
«Como mil demonios, si esa gente tiene madre, no sé por qué vienen a tiznar
aquí».
La segunda vez, los
villistas ya no eran los mismos. Esta vez sí se llevaron más cosas, y las
muchachas se escondían en todos lados, hasta en los hornos de los panaderos, o
en los pozos de agua, donde nadie las podía encontrar. Y esta vez le tocó la de
malas al patrón, porque en ese ataque mataron al sobrino Francisco Otamendi.
La tía hizo una pausa, se
quedó mirando al horizonte, como si al recordar todo aquello la memoria le
doliera un poco. Luego se echó otro cigarro, y me dijo, casi en un susurro:
—Esos tiempos, hijo,
fueron pesados para todos. Pero ya no hay cometas, ni estrellas fugaces. Sólo
queda el polvo. Y el polvo no se va.
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