jueves, 12 de febrero de 2026

BEN HUR

 



En cierta ocasión, conversando con un sacerdote muy carismático y entrañable amigo mío, le comenté —con cierto aire de satisfacción espiritual— que había leído Quo vadis?, y que me había parecido una lectura tan edificante como divinamente humana.

Sonrió con esa sonrisa suya que mezclaba ternura y sagacidad pastoral, y me respondió:

—Te gusta leer lo puro bueno… entonces me imagino que ya leíste Ben-Hur, Fabiola y El manto sagrado.

—Sí —respondí muy serio, fingiendo una erudición que no poseía y pidiéndole discretamente al cielo que no me examinara sobre tramas ni personajes.

Y como pude, cambié de tema con habilidad diplomática digna de cancillería vaticana. Pero en cuanto tuve oportunidad, me di a la tarea de leer aquellos libros, antes de que el santo varón recordara nuestra charla y decidiera continuarla con preguntas específicas y mirada penetrante.

A decir verdad, los tres títulos son buenos y conmovedores; cada uno, a su manera, abre una ventana hacia los primeros siglos del cristianismo y hacia el corazón humano. Pero el que más me impactó fue Ben-Hur.

Se trata de la historia de Judá Ben-Hur, un joven príncipe judío traicionado por su amigo de infancia, el romano Mesala. Una injusticia lo arrastra a las galeras, separa a su familia y siembra en su alma una sed ardiente de venganza. Desde los remos ensangrentados del Mediterráneo hasta la gloria vibrante del circo romano, donde las cuadrigas rugen como tempestades sobre la arena, la novela nos conduce por un camino de dolor, honor y redención.

Pero la verdadera grandeza del relato no está solo en la espectacular carrera de carros ni en la épica confrontación con el poder imperial; está en el encuentro silencioso y transformador con Cristo. Mientras Judá busca venganza, la figura serena del Nazareno aparece como una presencia que no impone, sino que ilumina. La historia avanza entonces desde la furia hacia el perdón, desde la pérdida hacia la esperanza.

Ben-Hur no es solo una novela histórica; es un viaje interior. Es el tránsito de un corazón herido que aprende que la victoria más alta no se conquista en la arena, sino en el alma. Por eso la recomiendo ampliamente: porque es aventura, sí; es drama, sin duda; pero, sobre todo, es una lección de humanidad atravesada por la gracia.

 

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