En cierta ocasión, conversando con un sacerdote muy
carismático y entrañable amigo mío, le comenté —con cierto aire de satisfacción
espiritual— que había leído Quo vadis?, y que me había parecido una lectura tan
edificante como divinamente humana.
Sonrió con esa sonrisa suya que mezclaba ternura y sagacidad
pastoral, y me respondió:
—Te gusta leer lo puro bueno… entonces me imagino que ya
leíste Ben-Hur, Fabiola y El manto sagrado.
—Sí —respondí muy serio, fingiendo una erudición que no
poseía y pidiéndole discretamente al cielo que no me examinara sobre tramas ni
personajes.
Y como pude, cambié de tema con habilidad diplomática digna
de cancillería vaticana. Pero en cuanto tuve oportunidad, me di a la tarea de
leer aquellos libros, antes de que el santo varón recordara nuestra charla y
decidiera continuarla con preguntas específicas y mirada penetrante.
A decir verdad, los tres títulos son buenos y conmovedores;
cada uno, a su manera, abre una ventana hacia los primeros siglos del
cristianismo y hacia el corazón humano. Pero el que más me impactó fue Ben-Hur.
Se trata de la historia de Judá Ben-Hur, un joven príncipe
judío traicionado por su amigo de infancia, el romano Mesala. Una injusticia lo
arrastra a las galeras, separa a su familia y siembra en su alma una sed
ardiente de venganza. Desde los remos ensangrentados del Mediterráneo hasta la
gloria vibrante del circo romano, donde las cuadrigas rugen como tempestades
sobre la arena, la novela nos conduce por un camino de dolor, honor y
redención.
Pero la verdadera grandeza del relato no está solo en la
espectacular carrera de carros ni en la épica confrontación con el poder
imperial; está en el encuentro silencioso y transformador con Cristo. Mientras
Judá busca venganza, la figura serena del Nazareno aparece como una presencia
que no impone, sino que ilumina. La historia avanza entonces desde la furia
hacia el perdón, desde la pérdida hacia la esperanza.
Ben-Hur no es solo una novela histórica; es un viaje
interior. Es el tránsito de un corazón herido que aprende que la victoria más
alta no se conquista en la arena, sino en el alma. Por eso la recomiendo
ampliamente: porque es aventura, sí; es drama, sin duda; pero, sobre todo, es
una lección de humanidad atravesada por la gracia.
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