Cuando
cursaba los primeros semestres de la universidad, allá en la Valenciana —donde
el frío parecía formar parte del plan de estudios—, tuve un profesor que aún
hoy vuelve a mi memoria con nitidez: medio excéntrico, hondamente carismático y
dueño de una cultura que no necesitaba alardes. Nos impartía la materia de
Historia de las Relaciones Diplomáticas entre México y los Estados Unidos, pero
en realidad nos enseñaba algo más sutil: a sospechar que la historia y la
literatura conversan en voz baja.
Una
mañana, mientras el viento se colaba por los ventanales y nosotros fingíamos
estoicismo académico, el profesor sorprendió a una compañera —que también
cursaba Letras Españolas— leyendo en secreto El ingenioso hidalgo don
Quijote de la Mancha. Yo, con la severidad juvenil de quien cree que el
mundo es un reglamento, pensé que la expulsaría de clase por semejante
atrevimiento.
—¿Qué
lees? —preguntó el docente, con voz grave pero curiosa.
La
muchacha, roja como amapola en invierno, casi se escondió detrás de otro
compañero. Con timidez levantó el pequeño volumen para que el profesor pudiera
leer el título.
El
ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
Esperábamos
una reprimenda ejemplar. En cambio, ocurrió lo inesperado.
—¿Quién
de ustedes ya leyó ese libro? —preguntó.
Dos
o tres manos se alzaron con cautela.
—Todos
deberían leerlo —sentenció—. Es más, quien lo lea le pongo diez en esta clase.
Hubo
un murmullo, una chispa de incredulidad y deseo. Yo, que no quería leerlo
precisamente porque todos hablaban de él —y porque siempre he tenido cierta
inclinación a remar contra la corriente—, me atreví a preguntar:
—¿Quiere
que le hagamos un resumen cuando lo terminemos?
—No
—respondió con serenidad—. Yo me daré cuenta si lo leyeron o no.
—¿Cómo?
—insistí, intrigado.
El
profesor se encogió de hombros y dibujó una sonrisa enigmática que aún hoy no
he descifrado. No añadió palabra.
Al
final del semestre presenté examen. Obtuve un diez. Nunca supe si fue por haber
leído el Quijote, o por alguna otra razón invisible que el profesor sí
supo ver.
Y
tal vez ahí radique el misterio: hay libros que no se leen para aprobar una
materia, sino para que la vida nos apruebe a nosotros.
¿Por
qué Don Quijote de la Mancha es una gran obra de la literatura
universal?
La
novela Don Quijote de la Mancha, escrita por Miguel de Cervantes, es
considerada una de las cumbres de la literatura universal por varias razones
sencillas pero profundas:
1.
Porque inventó la novela moderna
Antes
del Quijote, las historias eran más lineales y menos conscientes de sí
mismas. Cervantes creó personajes complejos, con contradicciones, que
evolucionan. Don Quijote y Sancho Panza no son símbolos rígidos: cambian,
dudan, se transforman.
2.
Porque mezcla realidad y fantasía
El
protagonista ve gigantes donde hay molinos, ejércitos donde hay ovejas. Esa
tensión entre lo que es y lo que creemos que es sigue siendo profundamente
humana. Todos, en algún momento, vemos el mundo a través de nuestros propios
sueños.
3.
Porque es profundamente humano
Habla
del idealismo, del fracaso, de la dignidad en la derrota. Don Quijote puede
estar loco, pero su locura es noble: quiere justicia, amor, honor. Nos recuerda
que aspirar a algo más grande que uno mismo es parte esencial de ser humano.
4.
Porque es irónico y divertido
No
es solo un libro solemne: es ingenioso, paródico, lleno de humor. Cervantes se
burla de las novelas de caballería y, al mismo tiempo, las honra.
5.
Porque sigue vigente
Más
de cuatro siglos después, seguimos hablando del quijotismo, de luchar contra
molinos de viento, de la tensión entre ideal y realidad. Pocas obras logran
atravesar tanto tiempo sin perder actualidad.
En
resumen: el Quijote es grande porque habla de nosotros. Porque en algún
rincón de nuestra vida hemos sido Sancho, prácticos y terrenales; y en otro,
inevitablemente, hemos sido Quijote, soñadores incurables.
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