Hay libros que uno elige con toda la intención del mundo y
otros que llegan casi por accidente, como quien se sube al camión equivocado… y
termina agradeciéndolo toda la vida. Así empezó una de mis historias lectoras
favoritas, en un trayecto rumbo a la Universidad de Guanajuato, acompañado por
el director de mi escuela preparatoria y algunos docentes más.
Durante el viaje hablamos de muchas cosas —o eso supongo—
porque la verdad no recuerdo ninguna. Lo que sí recuerdo con claridad es que
por aquellos días estaba de moda una película protagonizada por Patrick
Swayze, titulada Ghost, o como la conocimos en español, La sombra
del amor. El director comentó, con entusiasmo:
—Es una película muy buena, muy completa: tiene romance,
intriga, acción, comedia…
—Es verdad —le respondí—, no decepciona, aunque es un poco
fantasiosa, ¿no le parece?
Él me miró con toda seriedad.
—¿Por qué se te hace fantasiosa?
—Pues… por lo del fantasma que sigue ahí.
—No es fantasía —me dijo—. Así suele pasar en ciertas
ocasiones.
Yo sonreí. No con burla, sino con esa sonrisa educada que
uno pone cuando no quiere discutir… pero tampoco está convencido. Entonces
remató:
—Cuando regresemos, recuérdame prestarte dos libros de
Lobsang Rampa, con la condición de que los leas.
No hubo necesidad de recordarle nada. El lunes siguiente ya
me esperaba con dos libros “medianitos”: El tercer ojo y El cordón de
plata, de Lobsang Rampa. En dos semanas los devoré. Quedé
absolutamente fascinado.
El autor describía el Tíbet de una manera tan viva que uno
casi sentía el frío de las montañas y el silencio de los monasterios. Me
asombraron los prodigios atribuidos a los monjes tibetanos: ver el aura de las
personas para deducir su carácter, sus intenciones e incluso sus enfermedades;
viajar a través del famoso cordón de plata, no solo por la Tierra, sino hasta
las mismas estrellas; y, por supuesto, el tema siempre intrigante de las
reencarnaciones.
Aquellas lecturas marcaron mi juventud. Tanto así, que
todavía hoy dudo si una tarde no viví mi propio “viaje astral”. Regresé
cansadísimo de jugar futbol, me dejé caer en la cama y me dormí. En sueños,
sentí que flotaba sobre una localidad vecina. Vi claramente cómo una máquina
aplanaba una calle recién abierta al tráfico. Lo curioso —y lo inquietante— es
que días después fui a ese lugar y, efectivamente, estaban arreglando esa misma
calle.
El episodio solo avivó mi Lobsangmanía. Quise leerlo
todo y saber más sobre el autor… hasta que llegó el balde de agua fría: Lobsang
Rampa no era tibetano, sino un escritor inglés que jamás había estado en el
Tíbet. Confieso que la decepción fue grande.
Sin embargo, con el paso del tiempo entendí algo importante:
El tercer ojo y El cordón de plata siguen desbordando
imaginación, fluidez y encanto. Por eso los sigo recomendando, no como historia
verídica, sino como cuando leíamos Kalimán: con la mente abierta, el
espíritu curioso y el simple placer de dejarnos llevar por una buena historia.
Porque al final, ¿qué sería de la lectura sin un poco de
misterio… y uno que otro fantasma bien contado?
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