sábado, 7 de febrero de 2026

EL MUNDO FASCINANTE DE LOBSANG RAMPA

 



Hay libros que uno elige con toda la intención del mundo y otros que llegan casi por accidente, como quien se sube al camión equivocado… y termina agradeciéndolo toda la vida. Así empezó una de mis historias lectoras favoritas, en un trayecto rumbo a la Universidad de Guanajuato, acompañado por el director de mi escuela preparatoria y algunos docentes más.

Durante el viaje hablamos de muchas cosas —o eso supongo— porque la verdad no recuerdo ninguna. Lo que sí recuerdo con claridad es que por aquellos días estaba de moda una película protagonizada por Patrick Swayze, titulada Ghost, o como la conocimos en español, La sombra del amor. El director comentó, con entusiasmo:

—Es una película muy buena, muy completa: tiene romance, intriga, acción, comedia…

—Es verdad —le respondí—, no decepciona, aunque es un poco fantasiosa, ¿no le parece?

Él me miró con toda seriedad.

—¿Por qué se te hace fantasiosa?

—Pues… por lo del fantasma que sigue ahí.

—No es fantasía —me dijo—. Así suele pasar en ciertas ocasiones.

Yo sonreí. No con burla, sino con esa sonrisa educada que uno pone cuando no quiere discutir… pero tampoco está convencido. Entonces remató:

—Cuando regresemos, recuérdame prestarte dos libros de Lobsang Rampa, con la condición de que los leas.

No hubo necesidad de recordarle nada. El lunes siguiente ya me esperaba con dos libros “medianitos”: El tercer ojo y El cordón de plata, de Lobsang Rampa. En dos semanas los devoré. Quedé absolutamente fascinado.

El autor describía el Tíbet de una manera tan viva que uno casi sentía el frío de las montañas y el silencio de los monasterios. Me asombraron los prodigios atribuidos a los monjes tibetanos: ver el aura de las personas para deducir su carácter, sus intenciones e incluso sus enfermedades; viajar a través del famoso cordón de plata, no solo por la Tierra, sino hasta las mismas estrellas; y, por supuesto, el tema siempre intrigante de las reencarnaciones.

Aquellas lecturas marcaron mi juventud. Tanto así, que todavía hoy dudo si una tarde no viví mi propio “viaje astral”. Regresé cansadísimo de jugar futbol, me dejé caer en la cama y me dormí. En sueños, sentí que flotaba sobre una localidad vecina. Vi claramente cómo una máquina aplanaba una calle recién abierta al tráfico. Lo curioso —y lo inquietante— es que días después fui a ese lugar y, efectivamente, estaban arreglando esa misma calle.

El episodio solo avivó mi Lobsangmanía. Quise leerlo todo y saber más sobre el autor… hasta que llegó el balde de agua fría: Lobsang Rampa no era tibetano, sino un escritor inglés que jamás había estado en el Tíbet. Confieso que la decepción fue grande.

Sin embargo, con el paso del tiempo entendí algo importante: El tercer ojo y El cordón de plata siguen desbordando imaginación, fluidez y encanto. Por eso los sigo recomendando, no como historia verídica, sino como cuando leíamos Kalimán: con la mente abierta, el espíritu curioso y el simple placer de dejarnos llevar por una buena historia.

Porque al final, ¿qué sería de la lectura sin un poco de misterio… y uno que otro fantasma bien contado?

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