Por alguna razón misteriosa —de esas que solo se instalan en
la infancia y ya no se van— siempre me ha fascinado la historia del antiguo
Egipto. Cuando era niño me quedaba hipnotizado frente a las imágenes de la
escritura jeroglífica y los grabados de las tumbas que aparecían en los libros
de primaria. Mientras otros pasaban la página con prisa, yo me quedaba ahí,
como si esas figuras me estuvieran diciendo algo en voz muy baja.
Me resultaban rarísimos e intrigantes aquellos dioses con
cuerpo humano y cabeza de chacal, cocodrilo o ibis. Me cautivaba verlos de
perfil, con esos ojos enormes que, aun así, parecían mirarte de frente. Sentía
que pertenecían a otro mundo… y, al mismo tiempo, que en algún tiempo muy
lejano yo mismo había salido de ahí. Una sensación extraña, dulce y familiar,
imposible de explicar con palabras de niño.
Había otra cosa que no lograba concebir: que hubiese
existido alguna civilización más antigua que Jesús de Nazaret. En mi
alma infantil, nada podía haber ocurrido antes de Él. Todo empezaba ahí.
Egipto, para mí, era una especie de sueño antiguo que no sabía muy bien dónde
colocar.
Un buen día, ya en la preparatoria, un amigo —sabedor de mi
fascinación por esa cultura— me dijo con total naturalidad: “Te presto este
libro, sé que te va a encantar”. Y así, casi como quien entrega una llave sin
saberlo, puso en mis manos Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari.
Lo leí con cuidado y mucha calma, como se disfruta un helado
en una tarde calurosa: sin prisas, saboreando cada página. Y entonces ocurrió
algo hermoso e inesperado: los egipcios dejaron de ser figuras solemnes
talladas en piedra y se volvieron profundamente humanos… tan humanos y tan
parecidos a mí. La novela narra la vida de Sinuhé, un médico egipcio, hijo
adoptivo y viajero incansable, que recorre el mundo antiguo intentando
comprender el amor, el poder y el sentido de la existencia, en tiempos del faraón
Akenatón. Vive entre la gloria y la desilusión, siempre acompañado por
las consecuencias de sus propias decisiones.
En su vida sentimental aparecen tres mujeres que terminan
por definirlo. Merit, la esposa fiel y silenciosa, representa el amor
verdadero y desinteresado, ese que suele estar siempre ahí… hasta que es
demasiado tarde para valorarlo. Nefere-nefer-nefer, hermosa y cruel,
encarna la pasión destructiva, la ambición y el egoísmo que conducen a Sinuhé a
la ruina material y moral.
Y está también la inolvidable muchacha de Creta, Mineá,
a quien Sinuhé acompaña desde Babilonia hasta su tierra natal, en un viaje
lleno de esperanza y tragedia que culmina simbólicamente cerca de la cueva del Minotauro,
donde el sueño del amor puro se rompe para siempre.
Con un tono melancólico y profundamente humano, Sinuhé el
egipcio es una reflexión sobre el destino, la soledad y los errores que
acompañan al ser humano a lo largo de su vida, sin importar la época ni la
civilización. Para mí, además, fue el libro que terminó de unir dos mundos: el
Egipto misterioso de mi infancia y la certeza, ya de joven, de que esas figuras
antiguas no eran tan ajenas… quizá porque, de algún modo, siempre habían estado
conmigo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario