Si trabajas ocho horas, descansas los fines de semana, recibes aguinaldo y además tienes seguro médico, antes de presumir tu “éxito individual” tal vez convendría enviar una nota de agradecimiento… a los obreros que hicieron huelga, a los sindicatos que incomodaron al poder y, sí, a las ideas socialistas que tanto te hacen arquear la ceja.
Porque no, nada de eso fue un regalo empresarial.
Antes del siglo XX la jornada laboral rondaba las doce,
catorce y hasta dieciséis horas. Sin vacaciones. Sin incapacidad. Sin
indemnización. Si te enfermabas, problema tuyo. Si te accidentabas, reemplazo
inmediato. El mercado era muy libre… para explotarte.
La jornada de ocho horas no nació de una epifanía bondadosa
en 1886; nació de huelgas reprimidas, muertos en las calles y trabajadores que
decidieron que su vida valía más que la productividad infinita. El salario
mínimo no fue un acto de generosidad, fue un límite impuesto a la voracidad. El
seguro social no apareció porque alguien dijo “qué bonito sería cuidar a la
gente”, sino porque la presión organizada obligó al Estado a intervenir.
En México, el artículo 123 de la Constitución de 1917 no
cayó del cielo como inspiración divina. Fue el eco de una Revolución. El IMSS
en 1943 no fue un capricho administrativo; fue resultado de reformas sociales
impulsadas por presión sindical. El aguinaldo y las vacaciones obligatorias no
brotaron del espíritu navideño empresarial, sino de décadas de conflicto
laboral.
Y sí, muchas de esas luchas estaban atravesadas por ideas de
Marx y Engels. No significa que vivas en un régimen comunista. Significa algo
más incómodo: que incluso el capitalismo tuvo que reformarse para no
desbordarse.
La historia es menos romántica de lo que algunos quisieran.
Los derechos laborales no fueron actos de buena onda; fueron concesiones
arrancadas. Nadie entrega poder voluntariamente cuando puede evitarlo.
Así que la próxima vez que alguien diga que “todo se lo debe
a su esfuerzo” y que el mercado, por sí solo, resolvió mágicamente las
condiciones laborales modernas… quizá convenga recordar que, si hoy no trabajas
dieciséis horas sin descanso, es porque alguien antes estuvo dispuesto a
perderlo todo para cambiar las reglas.
Y eso, te guste o no, no fue espontáneo. Fue lucha
organizada
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