En el corazón de Arandas,
Jalisco, vive —sí, vive— una campana que no necesita exageraciones para
impresionar. Es considerada la más grande de América Latina.
Pesa nada menos que 14.195 toneladas, tiene 3 metros de diámetro y casi la misma altura. Para que no quede duda de su carácter monumental, su badajo pesa 502 kilos. Es decir, lo que para otras campanas sería el todo, para ella es apenas el “corazón”.
No estamos hablando de una
campanita parroquial. Estamos hablando de una señora campana.
Nació grande… y dio miedo
Fue fundida en 1969 por don
Carlos Arteaga en Guadalajara, a petición del párroco Juan Pérez Gallegos. La
intención era clara: coronar la torre con un símbolo de fe y orgullo local.
Pero cuando llegó el momento de
colocarla… alguien hizo cuentas.
Y esas cuentas dijeron: “¿Y si se
nos viene abajo la torre?”
El temor a que su peso descomunal
dañara la estructura hizo que la recién nacida no subiera jamás al campanario.
Así comenzó su destino peculiar: la campana más grande… que no sonaba.
La Reina del Silencio
Durante años permaneció en el
suelo del atrio. Majestuosa. Imponente. Inmóvil. Los arandenses, con ese humor
tan propio de nuestros pueblos, comenzaron a llamarla “La Reina del Silencio”.
Y el nombre le quedó perfecto: enorme, solemne… pero muda.
Era como si estuviera esperando
su momento histórico.
El campanil y el despertar (a
medias)
El 27 de julio de 1999, el
entonces presidente municipal Eduardo López Camarena propuso una solución digna
de su tamaño: construir un campanil especial en el atrio para sostenerla con
seguridad. El ayuntamiento aceptó.
A principios del año 2000,
finalmente fue elevada a su sitio actual, en la parte derecha del atrio.
Después de tres décadas en el suelo, por fin se le dio el trono que merecía.
Pero aquí viene la ironía
deliciosa: aunque ahora puede sonar… casi no se usa. Porque cuando su badajo
golpea, no es un simple repique. Es un retumbar profundo, como si los cerros de
Los Altos bufaran al unísono. No llama: estremece. No suena: vibra en la
tierra.
Por eso sigue siendo, en cierto
modo, semimuda. No por incapacidad, sino por respeto.
Más que una campana
La campana de Arandas no es sólo
un objeto religioso. Es un símbolo del orgullo regional, de la audacia de
querer lo más grande… y del prudente miedo humano ante lo descomunal.
Es una metáfora filosófica, como
esas ideas gigantes que concebimos con entusiasmo y luego no sabemos dónde
colocar.
Y ahí está: firme, pesada,
serena. La Reina del Silencio. La campana que, cuando habla, hace que la
tierra escuche.
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