domingo, 1 de febrero de 2026

LOS ESTADAS UNIDOS EMPRENDEN OTRA GUERRA MÁS, EL MISMO DISCURSO

 


Me gusta escribir y leer sobre literatura, filosofía, historia, geografía; en fin, sobre esa vasta obra humana que solemos llamar civilización con una mezcla de orgullo y autoengaño. Me maravilla porque me conecta con esas personas que, como faros breves en medio de la niebla, cruzaron el planeta dejando ideas, preguntas y alguna que otra esperanza de que el ser humano, eventualmente, aprendería algo.

Durante muchos años tuve la fortuna —o la ingenuidad— de creer que las guerras mundiales del siglo pasado habían sido un tropiezo histórico, un error tan brutal que funcionaría como vacuna moral permanente. Pensaba, con el optimismo ilustrado del buen Immanuel Kant, que el avance de la razón y las ciencias conduciría al hombre hacia una suerte de mayoría de edad moral. Que la barbarie quedaría archivada junto con las sanguijuelas médicas y la astrología cortesana.

Pero esta mañana encendí las noticias.

Y la historia, siempre creativa, decidió recordarnos que no avanza en línea recta sino en círculos viciosos.

Estados Unidos e Israel lanzaron ataques contra Irán, en una operación militar que golpeó múltiples objetivos en Teherán y otras ciudades, tras el fracaso de negociaciones sobre el programa nuclear iraní y tensiones acumuladas durante años.


Irán respondió prometiendo represalias y atacando activos militares estadounidenses en la región, mientras el conflicto amenaza con escalar más allá de cualquier cálculo racional.

Y entonces aparece esa sensación difícil de nombrar: una mezcla de náusea, impotencia y vergüenza ajena. La incómoda sospecha de que el siglo XXI no es la adultez moral de la humanidad, sino apenas su adolescencia prolongada con armas más caras.

Uno se pregunta —con genuina perplejidad— por qué, en plena era de inteligencia artificial, telescopios espaciales y vacunas de ARN mensajero, seguimos necesitando imperios que expliquen al resto del mundo cómo debe vivir. No pretendo defender regímenes autoritarios ni convertir dictaduras en víctimas románticas; la historia ya tiene suficientes apologistas involuntarios. Pero, como dijo Jesús de Nazareth: quien esté libre de culpa, que arroje la primera piedra.

El problema es que las piedras ahora llevan guía satelital.

Nos hemos acostumbrado. Esa es quizá la tragedia más silenciosa. Ya casi nadie se sorprende cuando un gobierno justifica bombardeos en nombre de la “democracia”, palabra que alguna vez tuvo dignidad filosófica y hoy funciona más bien como marca registrada geopolítica. Democracia ya no significa participación ciudadana o libertad política; significa, con frecuencia, alineación estratégica.

Y así asistimos al espectáculo habitual: se acusa a unos de dictadores mientras se negocia con otros más útiles; se amenaza a México por el narcotráfico mientras las armas cruzan la frontera norte con una eficiencia logística que haría llorar de emoción a cualquier empresa de paquetería; se bloquea a Cuba por principios morales selectivos; se sanciona a Venezuela en nombre de la libertad; y ahora se bombardea Irán para preservar la estabilidad mundial, esa criatura mítica que siempre requiere nuevas guerras para sobrevivir.

Lo fascinante —en un sentido casi antropológico— es que Estados Unidos no es un país pobre ni desesperado. Posee recursos, tecnología, territorio y riqueza suficientes para vivir cómodamente durante generaciones. Y sin embargo, parece condenado a una inquietud permanente: la necesidad de intervenir, vigilar, presionar, reorganizar el tablero global como si el mundo fuera una partida infinita de ajedrez donde nadie puede retirarse sin perder prestigio.

Uno termina sospechando que el poder no busca seguridad sino continuidad; no quiere suficiente, quiere siempre más. No porque lo necesite, sino porque puede.

Kant soñaba con una “paz perpetua” fundada en la razón. Dos siglos después descubrimos que la razón sirve también para diseñar misiles más precisos. El progreso técnico avanzó; el progreso moral quedó atrapado en aduana.

Quizá la pregunta correcta no sea qué gana una potencia controlando el mundo, sino qué miedo la impulsa a intentarlo constantemente. Porque detrás de cada imperio hay una ansiedad profunda: la certeza de que dejar de dominar equivale a dejar de existir.

Y mientras tanto, nosotros —lectores, ciudadanos, observadores involuntarios— seguimos haciendo lo único que parece quedarnos: leer, escribir, pensar y tratar de entender por qué una especie capaz de crear a Bach, Cervantes y la teoría de la relatividad insiste también en perfeccionar el arte de destruirse.

Tal vez la humanidad no sea un proyecto de progreso, sino una contradicción permanente: construimos catedrales para rezar por la paz y fábricas para preparar la siguiente guerra.

Y lo más inquietante no es que ocurra. Es que ya casi no nos sorprende.

 


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