Me gusta escribir y leer sobre literatura, filosofía, historia, geografía; en fin, sobre esa vasta obra humana que solemos llamar civilización con una mezcla de orgullo y autoengaño. Me maravilla porque me conecta con esas personas que, como faros breves en medio de la niebla, cruzaron el planeta dejando ideas, preguntas y alguna que otra esperanza de que el ser humano, eventualmente, aprendería algo.
Durante muchos años tuve la fortuna —o la ingenuidad— de creer que las guerras mundiales del siglo pasado habían sido un tropiezo histórico, un error tan brutal que funcionaría como vacuna moral permanente. Pensaba, con el optimismo ilustrado del buen Immanuel Kant, que el avance de la razón y las ciencias conduciría al hombre hacia una suerte de mayoría de edad moral. Que la barbarie quedaría archivada junto con las sanguijuelas médicas y la astrología cortesana.
Pero esta mañana encendí las
noticias.
Y la historia, siempre creativa,
decidió recordarnos que no avanza en línea recta sino en círculos viciosos.
Estados Unidos e Israel lanzaron
ataques contra Irán, en una operación militar que golpeó múltiples objetivos en
Teherán y otras ciudades, tras el fracaso de negociaciones sobre el programa
nuclear iraní y tensiones acumuladas durante años.
Irán respondió prometiendo represalias y atacando activos militares
estadounidenses en la región, mientras el conflicto amenaza con escalar más
allá de cualquier cálculo racional.
Y entonces aparece esa sensación
difícil de nombrar: una mezcla de náusea, impotencia y vergüenza ajena. La
incómoda sospecha de que el siglo XXI no es la adultez moral de la humanidad,
sino apenas su adolescencia prolongada con armas más caras.
Uno se pregunta —con genuina
perplejidad— por qué, en plena era de inteligencia artificial, telescopios
espaciales y vacunas de ARN mensajero, seguimos necesitando imperios que
expliquen al resto del mundo cómo debe vivir. No pretendo defender regímenes autoritarios
ni convertir dictaduras en víctimas románticas; la historia ya tiene
suficientes apologistas involuntarios. Pero, como dijo Jesús de Nazareth: quien
esté libre de culpa, que arroje la primera piedra.
El problema es que las piedras
ahora llevan guía satelital.
Nos hemos acostumbrado. Esa es
quizá la tragedia más silenciosa. Ya casi nadie se sorprende cuando un gobierno
justifica bombardeos en nombre de la “democracia”, palabra que alguna vez tuvo
dignidad filosófica y hoy funciona más bien como marca registrada geopolítica.
Democracia ya no significa participación ciudadana o libertad política;
significa, con frecuencia, alineación estratégica.
Y así asistimos al espectáculo
habitual: se acusa a unos de dictadores mientras se negocia con otros más
útiles; se amenaza a México por el narcotráfico mientras las armas cruzan la
frontera norte con una eficiencia logística que haría llorar de emoción a
cualquier empresa de paquetería; se bloquea a Cuba por principios morales
selectivos; se sanciona a Venezuela en nombre de la libertad; y ahora se
bombardea Irán para preservar la estabilidad mundial, esa criatura mítica que
siempre requiere nuevas guerras para sobrevivir.
Lo fascinante —en un sentido casi
antropológico— es que Estados Unidos no es un país pobre ni desesperado. Posee
recursos, tecnología, territorio y riqueza suficientes para vivir cómodamente
durante generaciones. Y sin embargo, parece condenado a una inquietud
permanente: la necesidad de intervenir, vigilar, presionar, reorganizar el
tablero global como si el mundo fuera una partida infinita de ajedrez donde
nadie puede retirarse sin perder prestigio.
Uno termina sospechando que el
poder no busca seguridad sino continuidad; no quiere suficiente, quiere siempre
más. No porque lo necesite, sino porque puede.
Kant soñaba con una “paz
perpetua” fundada en la razón. Dos siglos después descubrimos que la razón
sirve también para diseñar misiles más precisos. El progreso técnico avanzó; el
progreso moral quedó atrapado en aduana.
Quizá la pregunta correcta no sea
qué gana una potencia controlando el mundo, sino qué miedo la impulsa a
intentarlo constantemente. Porque detrás de cada imperio hay una ansiedad
profunda: la certeza de que dejar de dominar equivale a dejar de existir.
Y mientras tanto, nosotros
—lectores, ciudadanos, observadores involuntarios— seguimos haciendo lo único
que parece quedarnos: leer, escribir, pensar y tratar de entender por qué una
especie capaz de crear a Bach, Cervantes y la teoría de la relatividad insiste
también en perfeccionar el arte de destruirse.
Tal vez la humanidad no sea un
proyecto de progreso, sino una contradicción permanente: construimos catedrales
para rezar por la paz y fábricas para preparar la siguiente guerra.
Y lo más inquietante no es que
ocurra. Es que ya casi no nos sorprende.
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