En el imaginario común, un municipio es una unidad pequeña: una cabecera, algunas comunidades, calles reconocibles y límites modestos. Pero en el extremo norte de Baja California Sur existe una excepción que parece escrita con tinta desproporcionada. Se llama Mulegé, y su territorio alcanza los 33,092 kilómetros cuadrados.
Para entender lo que eso
significa hay que hacer un pequeño ejercicio de asombro. Mulegé no solo es el
municipio más grande de México; es más grande que estados completos como Aguascalientes,
Morelos, Tlaxcala, Colima o incluso la Ciudad de México. Cada uno de ellos, por
separado, cabe varias veces dentro de este solo municipio peninsular.
Pero el asombro no termina en las
fronteras nacionales. Si extendemos la mirada al mundo, Mulegé supera en
superficie a países como Bélgica, que ronda los 30 mil kilómetros cuadrados.
También es más grande que El Salvador, que apenas supera los 21 mil, o que Eslovenia,
con poco más de 20 mil kilómetros cuadrados. Pensar que un municipio mexicano
rebasa en tamaño a naciones soberanas produce una ligera sensación de vértigo
cartográfico.
Y, sin embargo, Mulegé no es una
metrópoli desbordada de edificios y avenidas. Es, más bien, un territorio de
horizontes abiertos. Desiertos amplísimos como el Vizcaíno, oasis inesperados
con palmeras que brotan en medio de la aridez, pueblos costeros donde el mar de
Cortés se vuelve transparente y tibio. Allí están Santa Rosalía, con su
herencia minera y ecos franceses, y Bahía Concepción, cuya belleza parece
pintada con un exceso de turquesa.
La paradoja es fascinante: un
municipio inmenso, pero con baja densidad poblacional; un espacio que podría
contener capitales y estados enteros, pero que prefiere el silencio del
desierto y la respiración pausada del mar. En Mulegé el espacio no se mide en
cuadras, sino en kilómetros de cielo.
En un país lleno de contrastes,
Mulegé es uno de los más elocuentes. Nos recuerda que las divisiones
administrativas no siempre reflejan la magnitud real del territorio. Que un
municipio puede ser más grande que cinco estados y más vasto que varios países
europeos, y aun así conservar la humildad de un paisaje donde lo que más abunda
no son las multitudes, sino el horizonte.
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