El extraordinario laboratorio
que se activa cuando tocamos un instrumento
"La música es el lenguaje
del cerebro hecho emoción."
Durante siglos se pensó que la música era simplemente una forma de entretenimiento o una manifestación artística destinada a deleitar los sentidos. Hoy sabemos que es mucho más que eso. Gracias a las técnicas modernas de imagen cerebral, los científicos han descubierto que, cuando una persona toca un instrumento musical, su cerebro se convierte en una auténtica orquesta en la que trabajan de manera simultánea numerosas regiones especializadas.
Pocas actividades humanas exigen
tanta coordinación, precisión y comunicación entre distintas áreas del cerebro.
Tal vez por eso muchos neurocientíficos consideran que aprender música
constituye uno de los ejercicios mentales más completos que existen.
Una ciudad que nunca duerme
Imaginemos por un momento que el
cerebro es una inmensa ciudad.
En esa ciudad existen barrios
dedicados al movimiento, otros a la memoria, algunos al lenguaje, otros a la
visión, a las emociones, al razonamiento y a la audición.
En la mayoría de las actividades
cotidianas sólo trabajan algunos de esos barrios. Leer un libro activa
principalmente las áreas relacionadas con el lenguaje y la imaginación;
resolver un problema matemático pone en marcha otras regiones; caminar utiliza
sobre todo los centros encargados del movimiento.
Cuando una persona interpreta una
pieza musical ocurre algo extraordinario: casi toda la ciudad entra en
actividad al mismo tiempo.
El director de la orquesta
Mientras un pianista toca una
sonata, un guitarrista interpreta una obra de Tárrega o un violinista ejecuta
un concierto de Vivaldi, el cerebro realiza decenas de tareas simultáneas. Debe
leer la partitura o recordar la melodía. Controlar la posición de los dedos. Escuchar
si las notas están afinadas. Mantener el ritmo. Anticipar el siguiente compás. Regular
la fuerza con la que se produce cada sonido. Y, además, expresar emociones. Todo
ello sucede en apenas unos segundos. Es como si el cerebro dirigiera una
orquesta gigantesca cuyos músicos deben permanecer perfectamente sincronizados.
El poder de la plasticidad
cerebral
Hace algunas décadas se creía que
el cerebro adulto cambiaba muy poco.
Hoy sabemos que eso no es cierto.
Nuestro sistema nervioso posee
una extraordinaria capacidad para reorganizarse durante toda la vida. A esta
propiedad se le conoce como plasticidad cerebral.
Cada vez que aprendemos una nueva
pieza musical, repetimos un ejercicio técnico o corregimos un error, millones
de neuronas fortalecen sus conexiones.
Cuanto más practicamos, más
eficientes se vuelven esas redes.
Es un proceso semejante al de un
sendero en el bosque: la primera vez cuesta abrirse paso entre la vegetación;
después de recorrerlo una y otra vez, el camino termina siendo claro y fácil de
seguir.
Así ocurre también con los
circuitos del cerebro.
La memoria aprende a trabajar
mejor
Todo músico utiliza diferentes
clases de memoria sin darse cuenta.
Existe la memoria visual, que
permite recordar una partitura.
La memoria auditiva, que reconoce
melodías y armonías.
La memoria muscular, gracias a la
cual los dedos encuentran casi automáticamente las posiciones correctas.
Y también la memoria emocional,
responsable de asociar determinadas obras con experiencias personales.
Con el tiempo, todas ellas
aprenden a colaborar de una forma sorprendente.
Quizá por eso muchos intérpretes
son capaces de ejecutar obras de varios minutos completamente de memoria.
La atención: un músculo
invisible
Vivimos rodeados de
distracciones.
Los teléfonos móviles, las redes
sociales y la velocidad de la vida moderna hacen cada vez más difícil mantener
la concentración durante largos periodos.
La práctica musical constituye un
excelente entrenamiento para la atención.
Cuando una persona estudia una
obra debe permanecer completamente concentrada en cada compás.
Un instante de distracción puede
provocar un error de ritmo, una nota equivocada o un cambio inesperado de
tempo.
Con los años, esa capacidad de
concentración suele trasladarse también a otras actividades de la vida
cotidiana.
Dos manos... un solo
pensamiento
Los instrumentos musicales
representan un desafío extraordinario para la coordinación.
En el piano, cada mano puede
interpretar ritmos completamente distintos.
En la guitarra, una mano produce
las notas mientras la otra decide exactamente cuándo deben sonar.
En el órgano intervienen incluso
ambos pies.
Toda esa información debe viajar
continuamente entre los dos hemisferios cerebrales.
Los estudios realizados con
músicos muestran que esa comunicación suele hacerse más eficiente conforme
aumenta la experiencia interpretativa.
La emoción también piensa
Existe un error muy común.
Algunas personas imaginan que
tocar música consiste únicamente en mover los dedos con rapidez.
En realidad, una interpretación
impecable desde el punto de vista técnico puede resultar completamente fría si
no transmite emoción.
El cerebro no sólo calcula
tiempos y movimientos.
También revive recuerdos,
interpreta sentimientos y transforma todo ello en sonidos capaces de conmover a
quien escucha.
Quizá sea precisamente esa
combinación entre inteligencia y sensibilidad lo que convierte a la música en
un lenguaje universal.
¿Puede la música volvernos más
inteligentes?
Esta es una de las preguntas más
frecuentes.
La respuesta merece algunos
matices.
Aprender un instrumento no
convierte automáticamente a nadie en un genio ni garantiza un mejor rendimiento
académico.
Sin embargo, numerosos estudios
sugieren que la práctica musical favorece habilidades como la atención
sostenida, la memoria de trabajo, la coordinación, la capacidad de
planificación y la flexibilidad cognitiva. Estas mejoras pueden influir
positivamente en muchas actividades intelectuales, aunque dependen también de
factores como la constancia, la calidad del aprendizaje y el contexto de cada
persona.
En otras palabras, la música no
es una fórmula mágica para aumentar la inteligencia, pero sí constituye un
magnífico entrenamiento para capacidades que utilizamos todos los días.
Nunca es demasiado tarde
Uno de los descubrimientos más
esperanzadores de la neurociencia moderna es que el cerebro conserva su
capacidad de aprender durante toda la vida.
Es cierto que un niño suele
adquirir ciertas habilidades con mayor rapidez.
Pero un adulto posee ventajas
importantes: comprende mejor los objetivos, organiza su estudio con mayor
criterio y suele disfrutar profundamente del proceso de aprendizaje.
Cada nueva melodía representa un
pequeño desafío que mantiene activo al cerebro.
Y eso nunca deja de ser valioso.
Conclusión
Cuando un músico toma su
instrumento, no sólo comienza a producir sonidos.
En ese instante se pone en marcha
uno de los procesos más complejos y fascinantes que puede realizar el cerebro
humano.
Memoria, atención, coordinación,
emociones, razonamiento y creatividad trabajan juntas como los integrantes de
una inmensa orquesta.
Quizá por eso la música ha
acompañado a la humanidad desde tiempos remotos.
No sólo embellece nuestra
existencia.
También nos ayuda, nota tras
nota, a construir un cerebro más flexible, una mente más despierta y una vida
intelectualmente más rica.
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