Las mil y una noches fue el primero que leí en la
primaria, aunque, si soy honesto, empecé a leerlo mucho antes de abrir sus
páginas. Mi iniciación no fue en una biblioteca ni por tarea escolar, sino en
la cocina y el patio de mi casa, mientras una prima mayor —paciente, cómplice y
narradora de tiempo completo— me contaba historias para que la acompañara en
sus quehaceres diarios.
Yo no ayudaba gran cosa, pero escuchaba con devoción. Entre
escobas, trastes y ropa tendida aparecían genios encerrados en lámparas,
mercaderes astutos, viajes imposibles y palacios que parecían hechos de pura
luna. Aquellos relatos eran el pago por mi compañía… y el anzuelo perfecto. Me
nació el gusanito de querer saber más, de no depender del “mañana te cuento lo
que sigue”.
Hasta que un día, en un acto de generosidad que aún le
agradezco, mi prima me regaló su ejemplar: gastado, medio deshojado, con
páginas que ya habían sobrevivido a muchas manos y muchas tardes. Aquel libro
no era nuevo, pero para mí era un tesoro. Fue el primero que leí de principio a
fin. Y fue, sin exagerar, la puerta por donde entré al hábito de leer.
¿De qué va Las mil y una noches?
El libro es, en realidad, una colección de cuentos
tradicionales del mundo árabe, persa e indio, reunidos bajo un ingenioso hilo
conductor.
Un rey traicionado decide casarse cada noche y ejecutar a su
esposa al amanecer. Hasta que aparece Sherezada, una mujer tan inteligente como
valiente, que idea un plan: cada noche le contará al rey una historia
fascinante… pero la dejará inconclusa justo al amanecer. El rey, intrigado,
pospone la ejecución para escuchar el final. Y así, durante mil y una noches.
Dentro de ese marco desfilan historias que hoy forman parte
del imaginario universal: aventuras como las de Aladino, Alí Babá o Simbad el
Marino, junto con relatos menos conocidos pero igualmente desbordantes de
magia, astucia, amor, traición y humor.
Lo maravilloso del libro no es solo lo que cuenta, sino cómo
lo cuenta: historias dentro de historias, personajes que se cruzan, giros
inesperados y una imaginación que no conoce fronteras. Es un libro que enseña
que contar bien una historia puede salvar la vida… literalmente.
Quizá por eso fue el libro perfecto para empezar. Porque
antes de enseñarme a leer, me enseñó a escuchar. Y antes de hablarme de
aventuras lejanas, me mostró que la imaginación puede caber en cualquier casa,
incluso en aquella donde una prima barre el patio mientras un niño espera el
siguiente “mañana te cuento lo que sigue”.
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