jueves, 12 de febrero de 2026

HAY LIBROS QUE UNO ESCOGE, Y OTROS QUE LO ESCOGEN A UNO

 





Las mil y una noches fue el primero que leí en la primaria, aunque, si soy honesto, empecé a leerlo mucho antes de abrir sus páginas. Mi iniciación no fue en una biblioteca ni por tarea escolar, sino en la cocina y el patio de mi casa, mientras una prima mayor —paciente, cómplice y narradora de tiempo completo— me contaba historias para que la acompañara en sus quehaceres diarios.

Yo no ayudaba gran cosa, pero escuchaba con devoción. Entre escobas, trastes y ropa tendida aparecían genios encerrados en lámparas, mercaderes astutos, viajes imposibles y palacios que parecían hechos de pura luna. Aquellos relatos eran el pago por mi compañía… y el anzuelo perfecto. Me nació el gusanito de querer saber más, de no depender del “mañana te cuento lo que sigue”.

Hasta que un día, en un acto de generosidad que aún le agradezco, mi prima me regaló su ejemplar: gastado, medio deshojado, con páginas que ya habían sobrevivido a muchas manos y muchas tardes. Aquel libro no era nuevo, pero para mí era un tesoro. Fue el primero que leí de principio a fin. Y fue, sin exagerar, la puerta por donde entré al hábito de leer.

 

¿De qué va Las mil y una noches?

El libro es, en realidad, una colección de cuentos tradicionales del mundo árabe, persa e indio, reunidos bajo un ingenioso hilo conductor.

Un rey traicionado decide casarse cada noche y ejecutar a su esposa al amanecer. Hasta que aparece Sherezada, una mujer tan inteligente como valiente, que idea un plan: cada noche le contará al rey una historia fascinante… pero la dejará inconclusa justo al amanecer. El rey, intrigado, pospone la ejecución para escuchar el final. Y así, durante mil y una noches.

Dentro de ese marco desfilan historias que hoy forman parte del imaginario universal: aventuras como las de Aladino, Alí Babá o Simbad el Marino, junto con relatos menos conocidos pero igualmente desbordantes de magia, astucia, amor, traición y humor.

Lo maravilloso del libro no es solo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta: historias dentro de historias, personajes que se cruzan, giros inesperados y una imaginación que no conoce fronteras. Es un libro que enseña que contar bien una historia puede salvar la vida… literalmente.

Quizá por eso fue el libro perfecto para empezar. Porque antes de enseñarme a leer, me enseñó a escuchar. Y antes de hablarme de aventuras lejanas, me mostró que la imaginación puede caber en cualquier casa, incluso en aquella donde una prima barre el patio mientras un niño espera el siguiente “mañana te cuento lo que sigue”.

 

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