miércoles, 11 de febrero de 2026

LA DULCE OPRESIÓN DEL TIEMPO

 



Hay una emoción que no cabe en los manuales médicos ni en los diagnósticos modernos. No es tristeza, aunque roza su orilla. No es felicidad, aunque tiene su luz. Es una presión leve en el pecho, como si el corazón hubiera descubierto que el tiempo existe.

Imagina esto:

Estás frente a unas ruinas, que podrían estar en el Mineral de Pozos. No hay música. No hay multitud. Solo piedra, viento y un cielo que lentamente va cambiando de color desde un azul nítido hasta llegar a un rojizo púrpura.



De pronto, algo se acomoda dentro de ti.

No es el lugar. Es la conciencia de que ese lugar tuvo voces, risas, pasos, planes, urgencias… y ahora solo queda el eco. Y entonces comprendes —sin palabras— que todo lo que vibra terminará en silencio.

Y esa comprensión no te destruye, sino que es algo así como una caricia fría.
Es como si el pecho se apretara suavemente para decir: “Esto es real. Y precisamente por eso es irrepetible.”

La sensación es parecida a sostener una fotografía antigua y sentir que la escena aún respira, pero ya no puedes entrar en ella. Es querer volver y saber que no se puede. Es aceptar que la belleza está hecha del mismo material que la pérdida.

No es una herida abierta.
Es una cicatriz luminosa.

Hay en esa opresión algo casi sagrado. Porque por un instante percibes la fragilidad del mundo entero: civilizaciones, amigos, atardeceres, tu propia juventud. Todo fluye. Todo pasa. Todo deja una huella invisible.

Es el eco de lo que fue.

Es la nostalgia de lo que no volverá a repetirse en la misma forma.

Es el asombro de estar vivo justo ahora, en medio de un río que no se detiene.

Esa presión no es un malestar clínico. Es el roce fugaz de la eternidad sobre la piel temblorosa de un instante humano. Es el momento en que el alma se da cuenta de que participa en algo más grande que su propia biografía.

Y paradójicamente, duele porque fue hermoso. Y es hermoso porque fue verdadero.

Quizá esa sensación no sea enfermedad alguna. Tal vez sea la prueba de que no estás anestesiado.

Tal vez sea el latido secreto que nos recuerda que vivir es, inevitablemente, despedirse un poco… mientras contemplamos.

 


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