Imagina esto:
Estás frente a unas ruinas, que podrían estar en el Mineral
de Pozos. No hay música. No hay multitud. Solo piedra, viento y un cielo que lentamente
va cambiando de color desde un azul nítido hasta llegar a un rojizo púrpura.
De pronto,
algo se acomoda dentro de ti.
No es el lugar. Es la conciencia de que ese lugar tuvo
voces, risas, pasos, planes, urgencias… y ahora solo queda el eco. Y entonces
comprendes —sin palabras— que todo lo que vibra terminará en silencio.
La sensación es parecida a sostener una fotografía antigua y
sentir que la escena aún respira, pero ya no puedes entrar en ella. Es querer
volver y saber que no se puede. Es aceptar que la belleza está hecha del mismo
material que la pérdida.
Hay en esa opresión algo casi sagrado. Porque por un
instante percibes la fragilidad del mundo entero: civilizaciones, amigos,
atardeceres, tu propia juventud. Todo fluye. Todo pasa. Todo deja una huella
invisible.
Es el eco de lo que fue.
Es la nostalgia de lo que no volverá a repetirse en la misma
forma.
Es el asombro de estar vivo justo ahora, en medio de un río
que no se detiene.
Esa presión no es un malestar clínico. Es el roce fugaz de
la eternidad sobre la piel temblorosa de un instante humano. Es el momento en
que el alma se da cuenta de que participa en algo más grande que su propia
biografía.
Y paradójicamente, duele porque fue hermoso. Y es hermoso
porque fue verdadero.
Quizá esa sensación no sea enfermedad alguna. Tal vez sea la
prueba de que no estás anestesiado.
Tal vez sea el latido secreto que nos recuerda que vivir es,
inevitablemente, despedirse un poco… mientras contemplamos.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario