jueves, 5 de febrero de 2026

PACHITA: EL MISTERIO QUE TOCÓ LA CIENCIA, EL ARTE Y LA FE

 


Hablar de Pachita —nombre con el que fue conocida Bárbara Guerrero— exige respeto y sobriedad. Su historia se mueve en un territorio delicado, donde conviven la experiencia íntima, la tradición cultural y preguntas que aún no encuentran un lenguaje común. Para quienes acudieron a ella, Pachita fue, ante todo, una presencia que ofrecía alivio; para quienes la observaron con rigor, un fenómeno que invitaba a pensar sin burlas.

Pachita atendía en la Ciudad de México, en un espacio modesto, sin pretensiones escénicas. Decía entrar en trance y actuar guiada por una entidad espiritual a la que llamaba el “Hermano Cuauhtémoc”. Nunca buscó fama ni reconocimiento. Quienes la conocieron coinciden en un rasgo esencial: su trato era directo, casi austero, y su atención se centraba en la persona, no en el espectáculo.

La mirada que no se rinde al prejuicio: Jacobo Grinberg

Entre quienes se acercaron con genuino respeto estuvo Jacobo Grinberg, psicólogo y neurofisiólogo mexicano. Grinberg observó, registró y preguntó. No llegó para confirmar milagros ni para desacreditarlos, sino para comprender qué ocurría cuando la experiencia humana desbordaba los marcos habituales de explicación.

De esa aproximación nacieron reflexiones que hoy siguen abiertas: ¿hasta dónde alcanza la conciencia?, ¿qué papel juegan la percepción, la fe y la relación terapeuta–paciente? Grinberg fue claro en algo fundamental: no proclamó certezas finales. Reconoció límites, y en ese gesto de honestidad científica, Pachita se convirtió menos en un “caso” y más en un umbral.

Leo Dan: cuando la gratitud se vuelve canción

El mundo del arte también se cruzó con Pachita. Entre los testimonios más significativos está el de Leo Dan, figura esencial de la balada latinoamericana. En un momento personal complejo, el cantautor acudió a ella buscando alivio. La experiencia, según se ha contado de manera consistente y discreta, lo marcó profundamente.

A diferencia de otros encuentros que quedan en el silenci


o privado, Leo Dan transformó esa vivencia en música: compuso una canción dedicada a Pachita, no como estrategia de promoción ni como anécdota sensacionalista, sino como un acto de gratitud. La canción —más íntima que testimonial— funciona como un gesto artístico: cuando las palabras no alcanzan, la melodía agradece.

Ese detalle es revelador. Un científico observa y formula preguntas; un artista siente y responde con creación. En ambos casos, Pachita no es convertida en ícono ruidoso, sino en experiencia significativa.

Entre milagro, cultura y consuelo

¿Fue Pachita una hacedora de milagros? ¿Un fenómeno psicosomático extremo? ¿Una figura central del curanderismo mexicano? Probablemente, algo de todo ello y, al mismo tiempo, algo que no cabe del todo en ninguna categoría.

Lo verosímil —y quizá lo más honesto— es entenderla dentro de una tradición donde el curanderismo ha sido, durante siglos, una forma de acompañar el dolor cuando la medicina no basta o no llega. Pachita no prometía certezas: ofrecía presencia. Y, para muchas personas, eso fue suficiente para transformar la experiencia de la enfermedad o la angustia.

Un legado que permanece abierto

Hoy, Pachita sigue viva en la memoria colectiva no porque haya sido “explicada”, sino porque conectó mundos: la ciencia que se atreve a dudar, el arte que sabe agradecer y la fe cotidiana de quienes buscan alivio. Jacobo Grinberg dejó preguntas; Leo Dan dejó una canción. Entre ambos gestos se dibuja el verdadero legado de Pachita: un misterio tratado con respeto, capaz de recordarnos que no todo lo valioso necesita ser reducido para ser comprendido.

 

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