sábado, 31 de enero de 2026

LA TIENDITA Y EL HILO INVISIBLE DEL TIEMPO

 

El 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, organicé una posada como dictan las normas no escritas de la tradición: villancicos, rezos, piñata y ese desorden alegre que trae la Navidad cuando ya se acerca el año nuevo. Todo estaba listo, o eso creía, hasta que al caer la tarde me asaltó una omisión grave: faltaban la piñata y las luces de bengala para los niños.

Pensé en ir a Salvatierra, pero el tráfico, siempre implacable a esas horas, me recordó que la posada comenzaría a las siete y media y el tiempo ya no estaba de mi lado.

—Ve a la tiendita de Julio, tu sobrino —me dijo mi esposa—. Quién quita y ahí encuentras lo que buscas.

Confieso que dudé. ¿Piñatas en Maravatío del Encinal? Sonaba improbable. Aun así, fui. Y como ocurre a veces con los actos pequeños que no esperamos gran cosa de ellos, el resultado fue una sorpresa luminosa: encontré no solo la piñata y las bengalas, sino una tienda ordenada, bien surtida, viva. Una de esas tienditas que no parecen negocio, sino extensión natural del barrio.

Al salir, caminé junto al casco de la antigua hacienda, justo donde alguna vez estuvo la llamada tienda grande o tienda de raya, aquella en la que los peones surtían su despensa cuando la hacienda de San Elías de Maravatío era el granero que alimentaba a Salvatierra. El paisaje —aparentemente inmóvil— me devolvió de golpe al pasado. Imaginé anaqueles interminables, sacos de grano, voces y cuentas anotadas con lápiz. Y luego, la ruina: la caída de la hacienda a principios de los años veinte, cuando tras las derrotas de Celaya, las hordas villistas arrasaron con buena parte del Bajío.

Pensé entonces en las pequeñas tiendas que surgieron después, como semillas que brotan tras el incendio. La tía Rafaela Chávez contaba que las primeras tienditas de Maravatío traían su mercancía desde Salvatierra: piloncillo, manteca, frijol, arroz, maíz, chocolate. Cada ocho días, los sábados, los tenderos cruzaban el cerro de las Tetillas en burro, siguiendo veredas que hoy solo existen en la memoria.

Muchas de esas tienditas desaparecieron. Pero una resistió el paso del tiempo y de las generaciones: la de mi abuela, doña Cleotilde Gamiño. En 1946 abrió una ventanita en el camino a Santa Teresa y sostuvo su tienda durante más de quince años. A principios de los sesenta, el negocio pasó a manos de su hijo menor, el tío Ángel López.

El tío Ángel amplió la tienda y añadió un molino de maíz. Antes de las cinco de la mañana ya estaba atendiendo a las amas de casa que llevaban el nixtamal para tener listas las tortillas del día. También vendía queroseno —el “petróleo”—, indispensable para lámparas, estufas y fogones, cuando la electricidad aún no había conquistado del todo la noche.

La tienda prosperó, pero la bondad del tío Ángel resultó ser una espada de doble filo. Fiaba sin garantías, regalaba “un poquito de más”, confiaba en la palabra. Las deudas se acumulaban y casi nunca se saldaban. Poco a poco, la prosperidad se fue deshilachando: se vendió el molino, la mercancía disminuyó y el negocio perdió fuerza.

El tiempo, que nunca se detiene, volvió a mover las piezas. Mi prima Tere heredó la tienda y le dio un nuevo impulso. Educadora de profesión, supo administrarla con inteligencia y devolverle su brillo. Pero partió antes de tiempo, dejando el negocio en manos de su hijo, mi sobrino Julio.

Hoy, Julio dirige la tiendita con una mezcla de orden, constancia y memoria heredada. En este 2026, el negocio cumple 80 años de existencia y cuatro generaciones de historia, convirtiéndose quizá en la tienda más antigua de la comunidad.

Al salir aquella tarde con la piñata bajo el brazo, comprendí que no había comprado sólo artículos para una posada. Me llevaba también una certeza: mientras existan estas tienditas —familiares, humanas, persistentes— el tiempo no pasa del todo; simplemente cambia de manos.

jueves, 29 de enero de 2026

EL BANQUETE O FEDRO

 



La noche había descendido sobre Atenas como un manto suave y antiguo, y en la casa de Agatón las lámparas de aceite dibujaban círculos de luz tibia sobre los muros, como si cada llama guardara un secreto. No era un banquete ruidoso ni desbordado, sino uno de esos encuentros raros en los que el vino no busca embriagar el cuerpo sino aflojar el alma, y donde las palabras, antes de salir, se preguntan si están a la altura del silencio. Los invitados reposaban sobre cojines, el murmullo del exterior se había apagado, y alguien, casi sin proponérselo, lanzó la idea de un juego sencillo: hablar del amor. No discutirlo, no definirlo con severidad, sino contarlo, decir qué creía cada uno que era esa fuerza invisible que empuja a los humanos a la valentía y al abismo. Y así, como quien abre una puerta sin saber a qué paisaje da, comenzaron. Uno habló primero y dijo que el amor es una llama que vigila nuestras acciones, una presencia silenciosa que nos impide ser mezquinos cuando alguien amado podría mirarnos, una fuerza que vuelve heroico incluso al más tímido porque nadie quiere ser indigno ante los ojos de quien ama. Otro tomó la palabra y, con voz más grave, explicó que no todo lo que se llama amor merece ese nombre, que hay amores que solo desean y consumen, y otros que educan y elevan, amores que no buscan poseer sino ayudar a crecer, y mientras hablaba algunos sintieron que esas palabras rozaban recuerdos que preferían no despertar. Luego habló un médico, acostumbrado a escuchar los ritmos del cuerpo, y dijo que el amor es armonía, que está en la salud cuando todo se ordena, en la música cuando los sonidos encuentran su justa proporción, en la naturaleza cuando nada sobra ni falta, y por un instante pareció que el universo entero respiraba al compás de esa idea. Entonces el poeta, con una sonrisa melancólica, pidió la palabra y contó una historia antigua como el mundo: dijo que los humanos, en un tiempo olvidado, eran completos, redondos, autosuficientes, y que por su fuerza los dioses los partieron en dos, condenándolos a caminar desde entonces por la tierra con una nostalgia inexplicable, buscando en otros brazos, en otros rostros, la forma perdida de sí mismos; al oírlo, algunos sonrieron con ternura, otros sintieron un leve dolor en el pecho, como si alguien hubiera puesto palabras a una herida vieja. El anfitrión habló después con elegancia, describiendo el amor como algo joven, luminoso, delicado, siempre bello y siempre bueno, y sus palabras eran tan perfectas que parecían no haber tocado nunca la aspereza de la vida. Fue entonces cuando Sócrates, que hasta ese momento había escuchado con una atención casi infantil, habló sin imponerse, sin levantar la voz, diciendo que él no sabía qué era el amor, que nunca se había tenido por experto en esas cosas, pero que una vez una mujer sabia le había enseñado a mirarlo de otro modo. Y contó que el amor no es un dios satisfecho, sino un caminante, un hijo de la carencia y del deseo, alguien que no posee la belleza ni la bondad, pero las anhela con tal intensidad que no puede dejar de avanzar; el amor —dijo— nace de lo que nos falta, y por eso se mueve, por eso inquieta, por eso nunca nos deja en paz. Luego habló de una escalera invisible que el amor nos invita a subir, sin obligarnos nunca: primero nos detenemos en la belleza de un cuerpo, después descubrimos que esa belleza no es única ni exclusiva, que hay muchas formas bellas, y entonces el amor se ensancha; más tarde aprendemos a amar lo que no se ve, las almas, los gestos justos, la fidelidad silenciosa; después amamos las leyes que ordenan la convivencia y las ideas que iluminan la mente, hasta que, si hemos sido fieles al impulso del amor y no lo hemos traicionado reduciéndolo a posesión, alcanzamos a contemplar algo que ya no pertenece a nadie, una belleza que no envejece ni se rompe, una verdad que no depende del deseo, algo que no se puede abrazar pero que, al mirarlo, nos transforma. Cuando terminó de hablar, el vino quedó intacto en las copas, nadie tuvo prisa por responder, y en ese silencio denso comprendieron que el amor no es quedarse sino ascender, no es tener sino volverse otro, que amar de verdad es aceptar una falta que no se colma poseyendo, sino caminando, creando, dando a luz ideas, obras, gestos, vidas, y mientras la noche seguía su curso y las lámparas ardían con paciencia, cada uno supo, sin decirlo, que había entrado al banquete con una idea del amor y salía con una pregunta más honda, y que quizá eso —esa inquietud luminosa— era ya una forma de amar.

LA LLAMADA QUE NO PEDÍ, EL PRODUCTO QUE NO NECESITO Y EL DINERO QUE JAMÁS VERÉ

 


Vivimos en una época extraordinaria: ya no necesitamos amigos, familia ni enemigos. El teléfono se encarga de todo. Basta con que uno tenga línea —fija, móvil o imaginaria— para recibir, varias veces al día, el milagro moderno de la llamada de spam.

Estas llamadas no llegan solas. Llegan con una seguridad aplastante, con una voz sonriente que no conoce la duda y con la firme convicción de que uno lleva toda la vida esperando exactamente eso que jamás pidió.

—Buenos días, le hablamos de su banco —dicen.

Aquí conviene detenerse un segundo.
Uno no recuerda haberle dado permiso al banco para tutearlo, llamarlo “estimado cliente” ni mucho menos para interrumpir la sopa, la siesta o la crisis existencial de las tres de la tarde. Pero ahí están.

—Tenemos una promoción exclusiva para usted —continúan—, porque es un cliente preferente.

Preferente… aunque uno tenga la cuenta en ceros, la tarjeta al límite y el historial financiero más triste que un bolero de los años cincuenta.

El catálogo es vasto y creativo:

  • Tarjetas platino, oro, diamante o hechas con polvo de estrellas.
  • Seguros que cubren desde accidentes hasta mordeduras de perro con trauma emocional.
  • Créditos “preautorizados” que uno no pidió, no quiere y no podría pagar ni vendiendo el refrigerador.

Y cuando uno dice que no, empieza el verdadero espectáculo.

—¿Me permite explicarle los beneficios?

No. No me permite.
Pero aun así, explican.

Luego están las llamadas que ya no venden… pescan.

—Señor, detectamos un cargo sospechoso en su cuenta.

Aquí el tono cambia. Ya no son amables. Ahora son héroes. Salvadores financieros. Ángeles de la banca armados con diademas baratas.

—Para proteger su dinero, necesitamos que confirme sus datos.

Y uno se pregunta:
Si ustedes son el banco… ¿por qué no los tienen ya?

Pero insisten con una creatividad admirable:
—Solo dígame los números de su tarjeta. Es por su seguridad.
—Necesitamos su NIP. Para evitar fraudes.
—Dígame el código que le acaba de llegar por mensaje… rápido, antes de que el dinero desaparezca.

Uno casi siente culpa de no cooperar.
Ellos tan preocupados por nuestro patrimonio inexistente.

Hay quien cuelga. Hay quien insulta. Y hay quien, como deporte extremo, decide divertirse un poco.

—Claro que sí —dice uno—, anote: cuatro, ocho, quince, dieciséis, veintitrés, cuarenta y dos…

—Señor, eso no es un número de tarjeta.

—Ah, disculpe, es que esa es la clave del universo.

Normalmente cuelgan.

Con el tiempo, uno aprende que estas llamadas son como los mosquitos: no sirven para nada, aparecen sin aviso y siempre pican cuando uno está más vulnerable. No distinguen horario, humor ni voluntad. Llaman mientras uno maneja, come o intenta recordar para qué entró a la cocina.

Y sin embargo, hay que reconocerles algo:
son persistentes, creativos y profundamente optimistas.

Porque cada llamada nace con la esperanza de que, del otro lado, alguien diga:
—Claro, desconocido telefónico, aquí tiene mis datos, mi dinero y mi confianza.

Eso, en estos tiempos, ya es casi un acto de fe.

Epílogo práctico:
Si el número no lo conoces, si la voz suena demasiado feliz y si te ofrecen algo que no pediste…
no es una oportunidad: es una anécdota en potencia.

Y si de plano contestas, al menos diviértete.
Ellos llaman todos los días.
Uno no

 

SECUESTRO EXPRÉS, HIJO INEXISTENTE Y UN TOÑITO MUY INOPORTUNO


 

Esta es la primera anécdota de mi respetable —aunque poco edificante— colección de cuentos cortos. Y como toda colección que se precie, empieza con una historia absolutamente real… o casi, que para el caso da lo mismo.

Aquella tarde el calor era de esos que no solo sudan la piel, sino también la paciencia. Las cortinas estaban a medio abrir, el ventilador giraba con un zumbido asmático y yo intentaba convencerme de que la vida, pese a todo, no iba tan mal. Entonces sonó el teléfono.

Grave error atenderlo.

—¡Papá, papá! —sollozaba una voz joven, quebrada por el pánico—. ¡Me acaban de subir a una camioneta!

Sentí cómo el alma se me fue directo a los talones, sin escalas. Tragué saliva, se me secó la boca y pregunté con voz que no era mía:

—¿Eres tú, Toño?

—Sí, papá… soy Toño —respondió entre llantos—. Te paso al señor…

Ahí apareció el verdadero protagonista: una voz áspera, dura como grava.

—Si quieres volver a ver a tu Toñito, deposita doscientos mil pesos. Si no… te lo entregamos muerto.

El corazón me galopaba como caballo desbocado, pero logré articular algo parecido a la sensatez:

—Señor, por el amor de Dios, no tengo esa cantidad. Con muchísimo esfuerzo… cincuenta mil. ¡Y ya es mucho!

—¡Ese es tu problema, pendejo! —rugió—. Tienes tres días. Y ni se te ocurra llamar a la policía.

Y fue justo ahí, con la adrenalina al tope y el diablillo del sarcasmo subiéndose al hombro, cuando se me ocurrió mejorar la oferta.

—Le propongo algo mejor —dije—: quinientos mil pesos. Nomás déjeme vender mi casita. Pero con una condición.

Hubo un silencio desconfiado.

—¿Condición? —bufó—. ¡Hable rápido!

—Mande al otro barrio al pinche Toñito… porque ya me tiene hasta la madre.

El silencio que siguió fue espeso, incómodo, casi poético.

Y entonces, la explosión:

—¡Vete a la verga, hijo de la chingada!

Tu… tu… tu… tu…
La bocina anunció que el señor había colgado, probablemente indignado y con la estafa arruinada.

¿Lo mejor de todo?

Yo no tengo hijos.

Epílogo:
Desde entonces, cuando suena el teléfono y no reconozco el número, siempre pienso lo mismo:
Si es otro Toñito… que mande WhatsApp

CUANDO EL ARCÁNGEL GABRIEL ME ESCRIBIÓ POR CORREO

 


Corrían tiempos remotos —finales del siglo pasado o albores de este milenio incierto— cuando las computadoras eran artefactos mitológicos reservados para magnates, hackers con sótano propio y uno que otro visionario con lentes gruesos. Los demás, simples mortales, nos comunicábamos a la antigua: con cartas de papel, escritas con bolígrafo, metidas en sobres y confiadas al cartero, ese personaje legendario que siempre parecía llegar cuando ya uno había perdido la esperanza… o la juventud.

Fue en esa era prehistórica cuando me sucedió una de las anécdotas más deliciosamente absurdas que el destino tuvo a bien servirme.

En la radio de Celaya tronaba por aquellos días la voz grave, engolada y sospechosamente iluminada de un sujeto que se hacía llamar “el maestro Richard Johnson”. Mentalista, tarotista, sanador, vidente, iluminado y, por lo menos, portador de otros quince títulos que ni Merlín en día de graduación se habría atrevido a presumir. Su verdadero talento, eso sí, era la labia: hablaba como esos vendedores medievales capaces de curarte la peste con un frasco de agua turbia y mucha convicción.

Prometía curar males de amor, atraer fortuna, desaparecer enfermedades y realizar limpias portentosas. Su especialidad auténtica era la limpieza… pero de bolsillos ajenos, detalle que curiosamente nunca mencionaba al aire.

Una mañana cualquiera, entre recibos por pagar y profundas meditaciones sobre cómo hacer rendir la quincena como milagro bíblico, llegó a mi casa una carta con sellos solemnes y aire de revelación divina. La abrí con cautela. Dentro me aguardaba un mensaje que parecía dictado por el cielo… o por un embaucador con demasiado tiempo libre.

“Estimado Hermano Marcel López —comenzaba—: he estado soñando con usted. El arcángel Gabriel se me apareció y me dio su nombre y dirección. Me encomendó ayudarle, pues muchos compañeros de trabajo sienten una envidia feroz hacia usted. Porque es un hombre exitoso, noble, bien intencionado, con un alto sentido del humor, un padre ejemplar…”

Aquí hice una pausa. Si mi esposa leía eso, iba a pensar que me habían confundido con alguien más… o que yo llevaba una doble vida bastante exitosa. Aun así, seguí leyendo, atrapado entre la incredulidad y el morbo.

“Sus envidiosos amigos —continuaba la misiva— han colocado en su mochila uñas de sapo panteonero, polvo de camposanto y una pestaña de Belcebú. Esto ha provocado que no reciba ascensos, que el dinero se le escurra como agua en coladera, que viva estresado y hasta discuta con su pareja”.

¡Caramba!, pensé. ¿En qué universo alterno vive este hombre donde nadie discute con su pareja, el dinero alcanza y el trabajo es una balsa de serenidad?

La carta cerraba con broche celestial: el maestro decía tener una encomienda directa para ayudarme. Me enviaría una poderosísima Cruz de Jerusalén, fabricada con siete metales rarísimos de Tierra Santa, bendecida por ermitaños expertos en asuntos místicos. Además, prendería siete veladoras aromáticas con fragancias exóticas de Saba, importadas nada menos que de Etiopía. Todo —aseguraba— completamente gratis. Solo pedía un “donativo voluntario” para gastos de recuperación espiritual. Y añadía, con sutil delicadeza: no escatime en su generosidad, pues ha sido usted elegido.

La tentación era grande. Así que decidí responderle… pero a su mismo nivel místico.

“Hermano Richard —le escribí—, todo lo que me dice es absolutamente cierto. Estoy rodeado de envidiosos y su carta ha confirmado mis sospechas más profundas. De hecho, al leerla caí en tal angustia que pasé cinco días sin dormir, dudando si aquello era obra divina o un ardid demoníaco. Al sexto día, rendido por el cansancio, me dormí profundamente y entonces ocurrió el milagro.

Se me apareció el arcángel Gabriel en todo su esplendor y me dijo: Marcel, no temas. El maestro Richard Johnson es un hombre de Dios. Ponte en sus manos… pero con una condición: no aceptes una cruz de Jerusalén, sino diez, para repartir entre tus cuates. A ellos también les urge protección, sobre todo para que sus mujeres no los celen y puedan ir contigo a echarse unas cervezas. Porque no es bueno que el hombre se sumerja solo en el trabajo; el exceso de trabajo… que se vaya al carajo’.

El arcángel también me pidió decirle que no me solicitara donativos, pues todo correría por su cuenta. A cambio, le prometió que usted se sacaría el premio gordo de la lotería al décimo día”.

Nunca más volví a saber del maestro Richard Johnson.
Ni de las cruces.
Ni del arcángel.

Pero, curiosamente, tampoco volvió a escribirme ningún otro iluminado.

 

miércoles, 21 de enero de 2026

CRISTINA PACHECO, MEMORIA Y EMOCIÓN EN EL REALISMO ÍNTIMO

 



Introducción

La obra narrativa de Cristina Pacheco ocupa un lugar discreto y, al mismo tiempo, profundamente luminoso dentro de la literatura mexicana contemporánea. No es una escritura que irrumpe con estridencia ni que busca imponerse por la vía del asombro inmediato. Por el contrario, sus cuentos llegan como llegan los recuerdos: en voz baja, casi sin avisar, y cuando uno se da cuenta ya están habitando la memoria.

En libros como Un mar de historias, Pacheco construye relatos breves que parecen sencillos en su forma y modestos en sus temas. Sin embargo, esa sencillez es apenas una apariencia. Bajo ella se despliega una elaboración estética y ética de gran fineza, centrada no en la acción ni en el conflicto tradicional, sino en la exploración de la vida cotidiana, la memoria afectiva y las emociones que nunca terminaron de cerrarse.

Leer a Cristina Pacheco es aceptar una invitación: detenerse, mirar hacia atrás sin dramatismo y reconocer en lo ordinario una profundidad que suele pasarnos desapercibida.

 1. El inicio narrativo como disposición anímica

Uno de los rasgos más reconocibles en los cuentos de Cristina Pacheco es la forma en que comienzan. Sus relatos suelen abrir con escenas o reflexiones que, en apariencia, no guardan una relación directa con lo que vendrá después: un objeto guardado, una costumbre repetida, una observación mínima de la vida diaria.

Sin embargo, estos inicios no son accidentales. Funcionan como una preparación emocional, como una forma de afinar la sensibilidad del lector antes de entrar en el territorio del recuerdo. Pacheco no busca generar intriga ni sorpresa; busca crear un estado de ánimo. El lector es conducido suavemente hacia una disposición introspectiva, casi confidencial.

En este desplazamiento, la autora transforma la pregunta narrativa clásica. No importa tanto qué va a suceder, sino cómo se recuerda lo que ya ocurrió —o lo que nunca ocurrió del todo—. El centro del relato no está en los hechos, sino en la conciencia que los evoca.

 2. El pasado como presencia latente

En la narrativa de Cristina Pacheco, el pasado no aparece como una revelación brusca ni como un golpe dramático. Se filtra lentamente en el presente del relato a través de pequeños detalles: un lugar que ya no es el mismo, una calle transformada, un reflejo inesperado, una ausencia que pesa más que cualquier presencia.

Esta forma de narrar diluye las fronteras entre pasado y presente. Los recuerdos no son episodios cerrados ni archivados; son experiencias que siguen vivas, actuando silenciosamente sobre la percepción del ahora. El tiempo, en estos cuentos, no avanza de manera lineal: se superpone, se enreda, persiste.

Así, Pacheco construye una temporalidad íntima en la que el pasado no se impone, pero tampoco se va. Acompaña.

 3. El conflicto de lo inconcluso

A diferencia de muchas narrativas centradas en la pérdida, la tragedia o el fracaso explícito, los cuentos de Cristina Pacheco encuentran su tensión en otro lugar: en lo que quedó inconcluso. No en lo que se perdió, sino en aquello que nunca terminó de suceder.

Relaciones que no se cerraron, decisiones que se postergaron, palabras que no se dijeron a tiempo. Este tipo de conflicto no estalla; permanece. Genera una melancolía contenida, serena, profundamente humana.

No hay catarsis ni resolución definitiva. Lo que hay es reconocimiento. El lector no asiste al desenlace de un drama, sino al acto silencioso de aceptar que algunas historias no se cierran porque así es la vida.

 4. Finales abiertos y resonancia emocional

Los finales abiertos son una constante en la obra de Cristina Pacheco. Pero no se trata de ambigüedades calculadas ni de juegos intelectuales. Son, más bien, una consecuencia natural de su concepción de la existencia.

La vida cotidiana —parece decirnos— rara vez ofrece conclusiones claras. Por eso, sus cuentos terminan cuando la emoción ya está instalada, cuando el lector ha comprendido sin necesidad de explicaciones.

El relato se cierra, pero la experiencia continúa. Algo queda vibrando: una imagen, una pregunta, una sensación difícil de nombrar. Esa resonancia es, quizá, uno de los mayores logros de su escritura.

 5. Autobiografía y verdad emocional

No es extraño que muchos lectores sospechen que los cuentos de Cristina Pacheco están basados en su propia vida. Aunque no se trate de relatos autobiográficos en sentido estricto, esta impresión tiene una explicación profunda: la autenticidad emocional de su narrativa.

Durante años, Pacheco escuchó las historias de otros. Prestó atención a las voces comunes, a las vidas aparentemente insignificantes, a los dolores pequeños y persistentes. De esa escucha nació una escritura que no busca la fidelidad a los hechos, sino la coherencia emocional.

La verdad de sus cuentos no está en lo que ocurrió, sino en lo que se siente verdadero.

 6. Tradición literaria y singularidad estética

La narrativa de Cristina Pacheco dialoga con distintas corrientes literarias: el realismo cotidiano, el cuento de atmósfera, una forma de minimalismo emocional centrado en el tono más que en la acción.

Sin embargo, su singularidad no radica sólo en la técnica, sino en una ética narrativa poco común. En un panorama literario donde a menudo predominan la ironía, el distanciamiento o la crudeza, Pacheco apuesta por la ternura, la empatía y el respeto profundo por sus personajes.

Nunca los juzga. Nunca los exhibe. Los acompaña.

 Conclusión

La literatura de Cristina Pacheco es una poética de la memoria y de la vida ordinaria. Sus cuentos no buscan retratar grandes acontecimientos, sino dar forma literaria a emociones discretas pero persistentes. En ellos, la nostalgia no es una herida abierta, sino una presencia que camina al lado del lector.

Leer a Cristina Pacheco es reconocerse. No en lo extraordinario, sino en esos fragmentos de vida que solemos pasar por alto y que, gracias a su mirada, adquieren una dignidad silenciosa.

Su obra nos recuerda que también ahí —en lo pequeño, en lo no dicho, en lo inconcluso— habita la literatura. Y, a veces, la verdad más honda de nosotros mismos.

 

UNA SOMBRA EN EL ESPEJO

 


Este relato no es de mi autoría; pertenece a la gran escritora Cristina Pacheco. Lo comparto porque es una joya literaria disfrazada de sencillez: una historia que parece pequeña, cotidiana, casi silenciosa, pero que al leerse deja una huella profunda. En sus líneas habitan la memoria, el amor que no se fue del todo y esa tristeza suave que sólo la buena literatura sabe nombrar sin alzar la voz.


Una sombra en el espejo.

Cristina Pacheco (1996) México,

Siempre que ordeno mi clóset me encuentro un montón de zapatos que no uso. Cuando he intentado tirarlos o regalarlos me arrepiento y los devuelvo a su lugar. El absurdo se justifica por mi superstición: mientras conserve esos zapatos podré volver a las etapas de mi vida con que están asociados.

Me gustaría tener la misma relación con los paraguas. Es imposible porque todos los pierdo. Cuando empieza la temporada de lluvias tengo que comprarme uno. En cuanto me encariño con él lo extravío. Nunca hago nada por recuperarlo. Quizá se deba a que son demasiado corrientes o a que pienso que su destino es bogar en la lluvia. Por eso me llamó la atención oírme decir: Tengo que volver al restaurante, olvidé mi paraguas.

Fue difícil rechazar la gentileza de mis anfitriones, que insistían en acompañarme, pero logré quedarme sola para reencontrarme con ese espacio del que había estado ausente más de diez años. La modificación de las calles, los nuevos edificios, las casas demolidas, se encargaron de cobrarme mi abandono, haciéndome sentir extraña en el sitio al que me llegaron recuerdos familiares y, sobre todo, la memoria de Aurelio. Me hice la pregunta inevitable: ¿Qué habrá sido de él? Tal vez había realizado el proyecto que compartimos de jóvenes como espacio de un destino común: comprar un terreno, construir una casa y formar una familia.

Sentí algo parecido a los celos cuando me asaltó la idea de que quizá estaría realizando nuestro sueño con otra mujer, tuve la certeza de que estaba casado. Probablemente le habría hablado a su esposa de mí, de nuestras caminatas bajo la lluvia perpetua que aísla y protege a San Andrés Cholula con tanto celo como las montañas que lo rodean. Si ella advirtió alguna emoción en el relato, de seguro inquirió por el motivo de nuestra separación.

La pregunta tuvo que haberse quedado sin respuesta porque yo misma nunca le di una explicación.

Ocurrió durante las vacaciones. Cuando Aurelio fue a despedirme, me alejé por el camino asfaltado. No le mentí al decirle: Nos vemos en septiembre. Sin embargo, pasaron diez años para que yo regresara. La capital me atrapó … su figura, su voz se fueron diluyendo como un terrón de azúcar en el café. Muchas veces tuve la intención de escribirle y explicarle lo que estaba sucediendo; pero la debilidad de mis argumentos me orilló a destruir las cartas.

Al final suspendí ese diálogo silencioso.

Llegué al restaurante. A sesenta minutos de mi primera visita, me pareció diferente, mucho más animado y agradable. Me sobresaltó escuchar una voz: Uy, ¿regresó tan pronto? ¡Qué bueno, qué bueno! Eso quiere decir que le gustó el lugar. ¿Qué le servimos? Me tranquilicé en cuanto reconocí al mesero que, en mangas de camisa y con mandil blanco, nos había atendido apenas una hora antes. Nada, gracias. Lo que pasa es que olvidé mi paraguas, ¿me permite entrar a buscarlo?

El mismo me condujo hasta el saloncito interior. Mientras nos abríamos paso entre las mesas demasiado juntas teorizó acerca de los paraguas: Yo no sé qué tienen, todo el mundo los pierde. Y si no me cree, pregúntele a cualquiera de las personas que están aquí. En ningún momento se volvió a verme. No esperaba respuesta alguna.

En cuanto llegamos a la mesa vi que la ocupaban nuevos comensales a los que el mesero interrogó: La señorita dejó aquí un paraguas amarillo. ¿No lo vieron? Los comensales indicaron un no con la cabeza. Entonces vaya con la cajera. Es posible que se lo hayan entregado … aunque en estos tiempos nunca se sabe. La gente ha cambiado mucho, lo mismo que el mundo. Terminada la frase, el filosofó desapareció.

Caminé hacia la cajera y pregunté por mi paraguas. Sin mirarme siguió contando billetes; Estoy haciendo el corte. Si me espera un momento por favor… Celebré su ocupación porque me justificaba para permanecer en un sitio que se me volvía más fascinante a cada minuto.

Sin que nadie me viera, podía mirarlo todo, desde los adornos hasta las parejitas que reflejaban su amor en el espejo italiano. Allí encontré el rostro de Aurelio. Tuve que taparme la boca para no gritar su nombre. Me concreté a observarlo: era él. Diez años lo habían cambiado muy poco: más grueso, más profundas las líneas que definían su rostro. Acabé de reconocerlo cuando lo vi adelantar los hombros hacia la persona que lo fascinaba con su conversación a la cual no logré ver.

Su paraguas, me dijo abruptamente la mesera que, sorprendida por mi quietud, tuvo que ponerme el objeto en las manos. Le sonreí, pero ella siguió viéndome con cierta molestia. Mi permanencia junto a la caja le despertaba desconfianza. No me quedó otro remedio que salir del restaurante.

Caminé de prisa, huyendo de algo que, aunque quisiera, no iba a dejar atrás: mis sentimientos. Los había descubierto en el espejo donde encontré reflejado el rostro de Aurelio. Entonces me di cuenta de que era la única persona de la que siempre estuve enamorada. ¿Tenía derecho a decírselo? ¿Tenía derecho a buscarlo y a tomarlo con la misma naturalidad como recuperé el paraguas?

La tentación de volver al restaurante crecía y crecía conforme iba alejándome. No lo pensé más y desandé el camino.  Me impulsaban muchas emociones. La más fuerte, la más profunda era la esperanza: una casa de adobe olorosa a madera y a barro.

Cuando entré en el restaurante escuché la voz burlona del mesero: Y ahora, ¿Qué se le olvidó? Me limité a reír y seguí de largo. Me sorprendió ver personas desconocidas ocupando las mesas, a otras parejas de enamorados reflejándose en el espejo.

Ignoro cómo salí del lugar. Caminé despacio, aún con la esperanza de toparme con Aurelio en la calle. No lo hallé. Tomé mi paraguas. Lo abrí. Su color amarillo me protegió contra la noche lluviosa, intensamente oscura.

 


lunes, 19 de enero de 2026

EL FESTIVAL DE LA OTI: LAS NOCHES EN QUE CANTABAN LOS PAÍSES IBEROAMERICANOS




Cuando pienso en el Festival OTI, no lo recuerdo como un programa de televisión, sino como una atmósfera. Era una de esas pocas noches en que la casa cambiaba de ritmo: se bajaba el volumen de las conversaciones, se acercaban las sillas a la pantalla y alguien decía, casi en susurro, “ya va a empezar”. Yo era adolescente —luego adulto muy joven— y no entendía del todo lo que estaba ocurriendo, pero intuía que aquello era importante.

Las canciones del OTI no entraban corriendo. Se presentaban con respeto, con orquesta, con intérpretes que parecían cargar una responsabilidad mayor que la suya. A veces no entendía la letra completa, pero la emoción llegaba igual. Recuerdo escuchar Que alegra va María y sentir que algo se acomodaba por dentro, como si la música supiera más de mí que yo mismo. Aquella canción sonaba a verdad, a promesa limpia, a una ternura que no necesitaba explicarse.

En otras ediciones, la memoria se llena de melodías más íntimas, como Hoy canto por cantar, que parecía demasiado grande para la sala de la casa y, sin embargo, ahí estaba, llenándolo todo. Los adultos guardaban silencio, y uno aprendía —sin que nadie lo dijera— que el amor podía doler y ser hermoso al mismo tiempo.

Hubo canciones que se quedaron para siempre, como El amor, cosa tan rara, que resonaban en la radio días después y nos hacían revivir la noche del festival. O Canta cigarra, que parecía escrita para esos momentos en que la infancia empezaba a despedirse sin avisar.

En mi juventud, el OTI seguía siendo una referencia. No siempre ganaban las canciones que más nos marcaban, pero eso daba igual. Lo importante era discutirlas al día siguiente, tararearlas sin saber bien la letra, defender una melodía como si fuera propia. Canciones como Un bolero se colaban en la vida cotidiana, acompañando viajes, tardes largas, primeros silencios compartidos.

Hoy, cuando las escucho de nuevo, no solo oigo música: veo la sala, la luz tibia del televisor, los rostros atentos, la sensación de estar creciendo sin darme cuenta. El Festival OTI fue una educación sentimental. Nos enseñó a escuchar con paciencia, a emocionarnos sin vergüenza, a entender que una canción podía ser un lugar al que volver.

Tal vez por eso se le extraña. Porque no era solo un certamen: era un ritual. Un momento en que los países cantaban y, sin saberlo, también cantaba nuestra infancia. Y aunque el tiempo haya pasado y el festival ya no exista, esas canciones siguen ahí, intactas, esperándonos. Basta escucharlas para que todo vuelva: la casa, la noche, la emoción… y nosotros mismos, un poco más jóvenes, un poco más inocentes, creyendo que el mundo cabía entero en una canción.

 

LA LOTERÍA DE HABER NACIDO

 

LA LOTERÍA DE HABER NACIDO



Cuando dispongo de tiempo libre —que en realidad es casi siempre— me descubro pensando. No por disciplina ni por método, sino por una especie de necesidad íntima, como si mi mundo interior exigiera ser ordenado de vez en cuando para no desbordarse. A veces creo que es una manía; otras, sospecho que es algo más profundo, quizá una inclinación antigua que me acompaña desde antes de tener palabras para nombrarla.

Aquel día llovía. La lluvia golpeaba los vidrios de la ventana con una insistencia serena, y la luz del sol, filtrada por las nubes, parecía cansada, desprovista de su habitual entusiasmo, como si también ella pudiera experimentar melancolía. El agua se abrió paso por una rendija casi invisible y estuvo a punto de mojar mi salterio, que reposaba cerca del alféizar. Me apresuré a cambiarlo de sitio y, llevado por el ánimo del momento, intenté tocar una melodía nostálgica. Sin embargo, el instrumento estaba desafinado y yo no me sentía con fuerzas para poner de acuerdo sus noventa cuerdas. Afinar requiere paciencia, y aquel día mi paciencia estaba ocupada en otra parte.

Renuncié a la música y dejé que el pensamiento tomara su lugar. Como suele ocurrir, mis ideas comenzaron a desplazarse sin rumbo fijo, saltando de una a otra como mariposas atraídas por una luz que no saben explicar, hasta que fueron a posarse en una pregunta tan simple como inquietante: ¿están todas las cosas condenadas a ser lo que son?

Los animales parecen no plantearse semejante dilema. Los perros no se angustian por el alimento del mañana ni por el destino de sus crías; les basta un refugio cálido y la certeza inmediata de la comida diaria. Las plantas, por su parte, ni siquiera tienen la posibilidad de cambiar de lugar: esta nació jacaranda, aquella acacia, esta manzano, y a aquella le tocó, por una suerte ciega, ser hiedra venenosa. Cada una cumple su ciclo sin protestar, sin preguntarse si pudo haber sido otra cosa. La vida, para ellas, es simplemente eso: ocurrir.

Pensé entonces en el sol, ese astro del que depende nuestra existencia cotidiana y al que solemos atribuir una importancia casi absoluta. Existirá aún por millones de años más, es cierto, pero incluso él tiene un límite. Con toda su grandeza, el sol es sol, y de ahí no pasa. No puede elegir otra forma de arder ni otro destino que el de consumirse lentamente en su propia naturaleza.

El ser humano, en cambio, parece una anomalía en ese orden fijo. Es la única criatura que no viene terminada del todo. Puede hacerse y rehacerse, desviarse, corregirse o perderse. Puede elegir ser alguien que cuida, que construye, que enseña; o alguien que destruye, que somete, que violenta. Puede convertirse en ingeniero, médico o profesor, pero también en delincuente, traficante o verdugo. Puede detenerse a contemplar el mundo, crear música y palabras, aprender lenguas ajenas, convivir en armonía con otros, o bien cerrar los ojos y fingir que nada de esto merece atención known.

Sin embargo, cuanto más pensaba en esa supuesta libertad, más se filtraba la duda. ¿Somos realmente los autores de nosotros mismos, o solo actores convencidos de que improvisan un guion ya escrito? ¿No serán las circunstancias —la cuna, el cuerpo, la época, el entorno— las que nos moldean con mayor fuerza, mientras nos permiten conservar la ilusión de que elegimos?

Hay personas que parecen llegar al mundo con ventaja. Sin haber hecho mérito alguno, nacen con rasgos considerados bellos: proporciones armónicas, rostros aceptados, voces que inspiran confianza, pieles que encajan en los cánones dominantes. Estas personas suelen caminar con una seguridad que no siempre saben explicar. En cambio, quienes no cumplen con esos estándares aprenden pronto que la belleza funciona como un salvoconducto invisible. Son ignorados, desplazados, y si se atreven a irrumpir en el territorio de los favorecidos, se les mira como intrusos, como errores de cálculo, a menudo convertidos en objeto de burla o rechazo.

Entonces vuelve a imponerse una verdad incómoda: el ser humano no es solo lo que decide ser, sino también lo que le ha sido dado. Somos nosotros y nuestras circunstancias, inseparables, entrelazados. Nos hacemos, sí, pero solo dentro de un marco que no hemos elegido del todo. La libertad existe, pero no es absoluta; se mueve dentro de límites que a veces apenas alcanzamos a percibir.

Y aun así, la pregunta persiste. ¿Hasta qué punto podemos trascender ese marco? ¿No habrá, acaso, un pequeño genio burlón —una ironía del universo— que nos concede conciencia para que la carga pese más, para que empujemos nuestra piedra con la esperanza de que esta vez llegará a la cima, aunque el destino se repita? Como Sísifo, convencidos de que el esfuerzo tiene sentido, incluso cuando la rutina amenaza con imponerse.

La lluvia seguía cayendo cuando terminé de pensar en todo esto. El salterio permanecía en silencio, intacto, como esperando un día más propicio para ser afinado. Comprendí entonces que pensar quizá no sea encontrar respuestas definitivas, sino aprender a convivir con las preguntas, sostenerlas sin rompernos, y aceptar que, en esa tensión entre lo que somos y lo que podemos llegar a ser, se juega silenciosamente el sentido de nuestra vida.

jueves, 8 de enero de 2026

EL FESTIVAL DE SANREMO

 

El Festival de Sanremo



Hay festivales que entregan premios, y hay otros que entregan historia. El Festival di Sanremo pertenece a esta última estirpe: no es un simple concurso musical, sino un ritual anual donde Italia se mira al espejo, canta sus dudas, celebra sus pasiones y renueva su identidad a través de la música.

Desde 1951, cada invierno, la ciudad de Sanremo, recostada entre el mar de Liguria y colinas floridas, se transforma en el corazón sonoro del país. Durante unos días, todo se detiene: las cenas se retrasan, las conversaciones bajan de volumen y millones de personas se sientan frente al televisor para escuchar canciones que, con suerte, los acompañarán toda la vida.

El Teatro Ariston: un templo laico



El escenario sagrado del festival es el Teatro Ariston, un teatro elegante, sobrio, sin excesos. No necesita deslumbrar: ahí la protagonista es la canción. Cada nota que suena parece dialogar con décadas de aplausos, nervios y silencios contenidos.

Cantar en el Ariston no es actuar: es exponerse. La orquesta en vivo, el público atento y la transmisión nacional convierten cada interpretación en una pequeña prueba de verdad. Sanremo no perdona el artificio vacío, pero premia la emoción genuina.

La canción italiana como forma de alma

Sanremo nació con una misión clara: dignificar la canzone italiana. Letras comprensibles, melodías memorables, historias humanas. Aquí la canción no se esconde detrás del ritmo: se sostiene en la palabra, en la voz, en la intención.

Por eso, a lo largo de su historia, Sanremo ha sido cuna de himnos eternos y de artistas que trascendieron fronteras:

  • Domenico Modugno, que en 1958 enseñó al mundo a volar con Volare.

  • Adriano Celentano, irreverente y magnético.

  • Mina, voz absoluta.

  • Eros Ramazzotti, puente entre tradición y pop moderno.

  • Laura Pausini, emoción clara, sin adornos innecesarios.

Y muchos más. Sanremo no siempre lanza carreras, pero cuando lo hace, las lanza con raíces profundas.

Drama, elegancia y humanidad

Sanremo es música, sí, pero también es teatro humano. Aquí hay nervios, tropiezos, polémicas, lágrimas contenidas y discursos que se vuelven conversación nacional. Nada está completamente ensayado, y eso lo vuelve entrañable.

Los cantantes aparecen con trajes impecables, pero con la voz temblando un poco. Porque en Sanremo no se compite contra otros: se compite contra la memoria colectiva. Cada canción nueva dialoga con setenta años de pasado.


Sanremo y Eurovisión: una ventana al mundo

El festival no sólo mira hacia adentro. Desde hace décadas, está íntimamente ligado al Eurovision Song Contest, al que Italia suele enviar a su representante salido de Sanremo.

Pero incluso cuando no gana, Italia deja algo más valioso: estilo, identidad, una manera distinta de entender la canción popular como algo que puede ser profundo sin dejar de ser accesible.

Un ritual que no envejece

En tiempos de consumo rápido y canciones fugaces, Sanremo insiste en otra lógica: escuchar con atención. Tres minutos pueden contener una vida entera si están bien cantados.

Por eso el festival no envejece. Cambia de conductores, de escenografía, de tendencias, pero conserva el núcleo: la canción como acto de sinceridad. Año tras año, Sanremo recuerda que la música no sólo se baila o se reproduce: también se respeta.

Epílogo: cuando Italia canta, el mundo escucha

Sanremo no es nostalgia; es continuidad. Es la prueba de que una tradición puede renovarse sin perder su alma. Mientras exista una voz dispuesta a contar algo verdadero y una melodía que se quede en el pecho, el Festival de Sanremo seguirá encendiendo luces en el Teatro Ariston.

Porque hay canciones que nacen para sonar…
y otras —como las de Sanremo— que nacen para quedarse. 

TRÍO LOS PANCHOS: EL BOLERO ELEVADO A ARTE

 

TRÍO LOS PANCHOS: EL BOLERO ELEVADO A ARTE


 


Hay grupos que hacen canciones y hay otros que construyen atmósferas. Trío Los Panchos pertenece a esta segunda categoría: no se escuchan, se habitan. Su historia comienza en 1944, y no en una cantina mexicana como muchos imaginan, sino en Nueva York, esa ciudad donde confluyen acentos, nostalgias y noches largas.

Ahí se juntaron tres músicos de orígenes distintos, pero con una sensibilidad común:

  • Alfredo Gil, “El Güero”, mexicano, creador del requinto moderno.
  • Chucho Navarro, tercera voz y fino armonista.
  • Hernando Avilés, puertorriqueño, primera voz aterciopelada.

Desde el primer ensayo supieron que tenían algo distinto. Gil llevaba tiempo experimentando con una guitarra más pequeña y brillante para llenar los silencios entre estrofas con pequeñas frases melódicas. Ese instrumento —el requinto— terminó por definir no sólo al grupo, sino al trío romántico moderno.


Orfebres del bolero

Los Panchos no “tocaban” boleros: los pulían. Cada canción era tratada como una joya que debía brillar sin exceso. Su fórmula, aparentemente sencilla, era demoledora:

  • Tres voces perfectamente engranadas.
  • Guitarra base, requinto y una armonía intermedia que respiraba con la letra.
  • Letras de amor elegantes, intensas, jamás empalagosas.

Escuchar a Los Panchos es entrar a un mundo donde el tiempo baja el ritmo y el corazón manda. El bolero, con ellos, dejó de ser sólo música de despecho para convertirse en arte íntimo.


Discografía esencial (para llorar bonito)

Hay canciones que funcionan como llaves emocionales:

  • “Sabor a mí”: universal, eterna; la versión con Eydie Gormé quedó tatuada en la historia.
  • “Sin ti”: una oración laica del bolero.
  • “Contigo aprendí”: amar también es entender.
  • “Caminemos”: puro cine en blanco y negro.
  • “Bésame mucho”: con un requinto que se adelanta un suspiro y desarma.

El requinto del alma: Alfredo Gil, rigor y carácter

El Güero Gil era talento… y carácter. No toleraba concesiones. Cuando alguien le llevó un bolero “demasiado moderno”, lo sentenció sin levantar la voz:

“Esto no es un bolero, es un chiste musical”.

Tenía incluso su propio método de evaluación: el cigarro. Si lo fumaba completo durante el ensayo, la canción pasaba. Si lo apagaba a la mitad, había que rehacerlo todo. Y si algo le gustaba de verdad, ni siquiera encendía el cigarro:

“Así sí, carajo”.

Gil también era un metrónomo humano. Un atraso mínimo bastaba para detener el ensayo con sarcasmo quirúrgico:

“¿A qué hora empieza la misa? Porque ya me cambiaron el ritmo”.

Para él, improvisar era una herejía:

“Los Panchos no improvisan. Hacemos que los demás quieran cantar como nosotros”.

Duro, sí. Pero infalible.


Los Panchos y Eydie Gormé: cuando el bolero habló inglés… y sonó perfecto

En los años sesenta, Los Panchos grabaron varios discos con Eydie Gormé, una cantante estadounidense de origen sefardí con un español peculiar y encantador. El álbum Amor es considerado uno de los grandes discos románticos en español.

Al principio, el Güero desconfiaba:

“A ver qué hace esta gringa con nuestro bolero…”

Pero tras escucharla cantar Sabor a mí, sólo atinó a decir:

“Bueno… si hasta eso… no lo destrozó”.

En privado fue más honesto:

“Hizo el bolero sexy sin hacerlo vulgar”.

Entre risas en el estudio, advertencias severas y tomas impecables, nació una de las fusiones más elegantes del siglo XX. El bolero ganó burbujas, como dijo el propio Gil: “una copa de champán”.

 

 


Cruces memorables: Estela Raval y Gigliola Cinquetti

La argentina Estela Raval, voz emblemática de Los Cinco Latinos, confesó en pleno ensayo:

“Ese requinto me hipnotiza”.

Gil, con media sonrisa:

“Más le vale que la inspire… y no que la distraiga”.

La química fue tal que dejaron versiones memorables.

Con la italiana Gigliola Cinquetti, la escena fue más lingüística que musical. Su “bésamé” con acento final provocó risas y una corrección inolvidable:

“Eso no se suplica, muchacha”.

Humildad, encanto y respeto mutuo: suficiente para que la colaboración quedara en la memoria del grupo como una miniatura delicada.


Trascendencia y legado

Los Panchos conquistaron Japón —donde aún hoy se les venera—, llenaron teatros en España y se volvieron banda sonora permanente de América Latina. Más que un grupo, fueron una escuela:

  • Inspiraron a tríos como Los Tres Reyes, Los Dandys y Los Tecolines.
  • Nutrieron a solistas que aprendieron que el romanticismo también exige disciplina.

Hoy, aunque muchos jóvenes no sepan nombrarlos, todos han escuchado alguna vez una guitarra llorando “a lo Panchos”. Y eso —como el buen bolero— no envejece: se queda.

 

miércoles, 7 de enero de 2026

CRISTINA PACHECO: LA VOZ QUE NOS ENSEÑÓ A MIRAR LO VALIOSO DE LO COTIDIANO

 



En mi comunidad, durante muchos años, el mundo cabía en unos cuantos canales. Televisa e Imevisión marcaban el pulso de nuestras tardes y noches, hasta que, ya entrados los años noventa, el cable comenzó a abrir rendijas por donde se colaba otra realidad. Fue así como llegué a un canal distinto, sobrio y luminoso, perteneciente al Instituto Politécnico Nacional: el entrañable Canal Once.

Ahí descubrí un programa que, sin estridencias ni artificios, me enseñó a mirar de otro modo la ciudad que creía conocer. Se llamaba Aquí nos tocó vivir. Cada emisión era una caminata pausada por calles invisibles, un encuentro con rostros anónimos, con oficios humildes y vidas profundas. Su conductora —de voz serena, mirada atenta y palabra justa— conversaba con la gente como quien se sienta a escuchar, no como quien interroga. Nos abría una ventana a ese México cotidiano que siempre está ahí, pero que tantas veces atravesamos sin ver. Al terminar cada programa quedaba un dejo de nostalgia, una sensación suave de añoranza que invitaba a volver la semana siguiente, como se vuelve a una casa conocida.

Más adelante, el Once nos regaló otro espacio conducido por la misma mano sensible: Conversando con Cristina Pacheco. Ahí, el diálogo se elevaba hacia los territorios de la cultura, sin perder nunca la calidez humana. Escritores, cineastas, músicos, periodistas y artistas pasaban por ese sillón donde la conversación era un arte. Cristina Pacheco desplegaba entonces su vastísima cultura con elegancia y respeto, cuidando cada pregunta, extrayendo lo mejor de sus interlocutores. En esas charlas aprendíamos de cine, de música, de literatura, de la vida misma.

Hubo un momento, sin embargo, en que su voz me alcanzó por otros caminos. Cierta vez, durante la aplicación de un examen de comprensión lectora a estudiantes de bachillerato, me tocó leer junto con ellos un texto breve titulado “Una sombra en el espejo”. Su belleza me desarmó. Pensé que era de Juan Rulfo: tenía esa poesía silenciosa, esa melancolía honda que se queda a vivir en la memoria. Al terminar el examen pedí, casi suplicando, que me regalaran el cuadernillo. La respuesta fue tajante: era material de la SEP, no podía salir de ahí.

Pasó el tiempo, llegó internet y, con él, la posibilidad de buscar lo que uno no quiere olvidar. Encontré el texto. La autora era Cristina Pacheco. Descubrí entonces que ese relato formaba parte de una colección publicada en los suplementos dominicales del periódico La Jornada, bajo el hermoso título de Un mar de historias. Seguí leyendo sobre ella y supe que casi era paisana mía, nacida en San Felipe Torres Mochas; que fue compañera de vida del escritor Emilio Pacheco; que comenzó a escribir bajo seudónimo, temerosa de no estar “a la altura” de su esposo. Nada más injusto. Cristina brillaba —y sigue brillando— con luz propia: por su inteligencia, su sensibilidad, su prosa delicada y su mirada profundamente humana.

El tiempo, que a veces sabe ser generoso, terminó de cerrar el círculo. En un intercambio navideño, alguien que me conoce muy bien —o quizá Cristinita, desde algún lugar luminoso— inspiró el regalo perfecto: el libro que reúne Un mar de historias. Desde entonces lo disfruto con calma, como se disfrutan las cosas que importan, sabiendo que en cada página vive esa voz que nos enseñó a escuchar, a mirar despacio y a reconocer la dignidad escondida en lo cotidiano.

Porque a Cristina Pacheco no solo nos tocó verla vivir: nos tocó aprender a vivir un poco mejor gracias a ella.

EL DOBLE SENTIDO: ESA LENGUA SECRETA QUE EN MÉXICO SE APRENDE SIN DARSE CUENTA

 

El doble sentido: esa lengua secreta que en México se aprende sin darse cuenta



En México el lenguaje rara vez viaja solo. Casi siempre viene acompañado de una intención, una sonrisa ladeada o un silencio estratégico. Desde niños aprendemos que no todo se dice de frente, no por cobardía, sino por economía emocional. Aquí el sarcasmo no es un exceso: es una herramienta cotidiana que permite convivir sin explotar a la primera.

Por eso el doble sentido sale tan natural. Nadie lo ensaya. Se absorbe. Se aprende escuchando a los adultos, observando cómo una frase aparentemente amable puede funcionar como reclamo, advertencia o límite perfectamente colocado.

Cuando alguien dice “No, pues qué amable, eh…”, la traducción real es inmediata: “fuiste todo menos amable”. No hace falta levantar la voz ni explicar nada más. El mensaje ya quedó claro. Lo mismo ocurre con ese “Ah sí, claro, porque tú siempre tienes la razón”, que en realidad significa “eres incapaz de aceptar otro punto de vista y ya me cansé de discutir contigo”.

Hay frases que funcionan como pequeñas puñaladas envueltas en terciopelo. “Uy, no te vayas a cansar, mi príncipe”, dicha cuando alguien no ha movido ni un dedo, se traduce sin dificultad como “no estás ayudando en absolutamente nada y encima te comportas como si merecieras trato especial”. La cortesía es solo la envoltura; el contenido es contundente.

El sarcasmo cotidiano mexicano suele sonar educado, pero siempre viene con subtítulos implícitos. Cuando alguien suelta “Ah, no, si tú eres el importante aquí”, lo que realmente está diciendo es “eres un egoísta y todo gira alrededor de ti”. Y si escuchas “Uy, qué detallazo, ¿eh?”, la traducción es clara: “no trajiste nada o tu esfuerzo fue mínimo”.

Luego está la indirecta disfrazada de humildad, un arte fino que consiste en hacerse pequeño para dejar al otro en evidencia. “Yo qué voy a saber, si apenas terminé la primaria” suele querer decir “sé perfectamente de lo que hablo, pero no voy a rebajarme a explicártelo”. De la misma forma, “Ah, bueno, pues si tú lo dices…” se entiende como “lo que acabas de decir es una tontería, pero no voy a perder energía discutiéndolo”.

El albur elegante también tiene su propio sistema de traducción simultánea. “No te vayas a ensuciar las manos, príncipe” significa “eres flojo y no colaboras”. “Dale chance, apenas está aprendiendo a caminar sin pañal” se traduce como “es inmaduro y no se le puede tomar en serio”. Y ese aparentemente inocente “lo bueno es que ya comiste, porque te vas a tragar tus palabras” quiere decir “vas a arrepentirte de lo que acabas de decir”.

Finalmente, está la educación pasivo-agresiva, una joya del habla mexicana. “Con todo respeto…” casi siempre se traduce como “lo que voy a decir te va a incomodar”. “Usted disculpe, no estoy a su nivel” realmente significa “usted es pretencioso y se cree más de lo que es”. Y “pues qué bueno que usted sí puede, porque uno acá pues nada” se entiende como “te estás luciendo innecesariamente y no era necesario presumir”.

Este sistema de traducción interna explica por qué el doble sentido mexicano funciona tan bien. No busca el enfrentamiento directo, pero tampoco se queda callado. Es una forma de decir lo que se piensa sin romper del todo la armonía, de poner límites sin necesidad de gritar.

Así que cuando el sarcasmo te sale sin esfuerzo, cuando sabes exactamente qué frase usar y qué significa en realidad, no es casualidad. Es señal de que aprendiste a hablar en dos niveles al mismo tiempo: el visible y el verdadero.

En México, las palabras siempre traen subtítulos.
Y quien sabe leerlos… entiende todo.

EL ARTE DE SOLTAR: UNA MIRADA BUDISTA SOBRE EL SUFRIMIENTO Y LA LIBERTAD

 

El arte de soltar: una mirada budista sobre el sufrimiento y la libertad



La vida, nos guste o no, está atravesada por el sufrimiento. Tarde o temprano, la vejez, la enfermedad y la muerte llaman a la puerta de todos. Durante un tiempo, la juventud, la abundancia y la buena salud nos conceden una ilusión de inmunidad, como si esas realidades fueran ajenas a nosotros. Pero esa tregua es pasajera. No hay forma de escapar. El verdadero origen de nuestra infelicidad no es la vejez, la enfermedad o la muerte en sí mismas, sino el miedo constante que sentimos ante ellas.

Ese miedo nace del apego. Nos aferramos a las personas, a las cosas, a las circunstancias y a las imágenes que construimos de nosotros mismos. Queremos que lo que hoy nos da placer permanezca intacto mañana. Queremos detener el tiempo, congelar el instante, preservar lo que inevitablemente está destinado a transformarse. Y en ese intento imposible, sufrimos.

Deseamos conservar la juventud, la salud, la vitalidad. Queremos que nuestros hijos sigan siendo pequeños, que no crezcan, que no se alejen. Nos resistimos al cambio porque lo confundimos con pérdida, sin comprender que el cambio es la condición misma de la vida.

Además, solemos creer que la felicidad llegará cuando se cumplan ciertas promesas externas: una casa grande, autos lujosos, estabilidad económica, reconocimiento social. O, quizá con más fuerza aún, pensamos que si cierta persona nos amara, si su presencia fuera constante y segura, entonces por fin acabaría nuestro sufrimiento. Sin embargo, esta esperanza está condenada a frustrarnos. Ninguna cosa ni ninguna persona puede garantizarnos la felicidad duradera. El propio Buda fue claro: nada externo tiene el poder de transformar una vida infeliz en una vida verdaderamente libre.

Desde esta comprensión surge una propuesta radical y liberadora: la única forma de poner fin al sufrimiento es soltar el apego. Dejar de buscar la felicidad fuera de nosotros y aprender a vivir con moderación, atención y sabiduría. A esto el budismo lo llama el Noble Camino Óctuple: una forma de vida que no se inclina hacia los excesos ni hacia la negación, sino hacia el equilibrio consciente.

La iluminación, en esta tradición, no es un privilegio místico reservado a unos cuantos, sino el resultado de ver la realidad tal como es. Implica aceptar nuestra responsabilidad total: o vivimos en armonía con la verdad y encontramos paz, o elegimos la negación y nos preparamos para seguir sufriendo.

Ver la realidad con claridad significa reconocer algo fundamental: el mundo y todo lo que contiene es interdependiente. Nada existe por sí solo. Todo está relacionado con todo. La separación que creemos ver entre los seres es una ilusión conveniente, pero falsa. No existe un “yo” aislado frente a un “tú” separado. Lo que llamamos “yo” es apenas una configuración temporal de cuerpo, emociones, recuerdos y pensamientos, una forma transitoria que inevitablemente se disolverá para dar lugar a nuevas combinaciones.

Desde esta visión nace la ética budista. Si comprendemos que no estamos separados, resulta evidente que dañar a otro es dañarnos a nosotros mismos. Así como no puedes herir una parte de tu cuerpo sin que todo el organismo lo resienta, cualquier daño infligido a otro reverbera en la totalidad. Una sola honda agita la superficie completa del estanque. Por eso, la vida virtuosa no es una obligación moral impuesta desde fuera, sino una consecuencia natural de entender la interconexión de todas las cosas.

En este contexto, la mente adquiere un papel central. Somos lo que pensamos. Todo lo que somos surge de nuestros pensamientos, y con ellos construimos el mundo que habitamos. Si hablamos y actuamos desde una mente impura, el sufrimiento nos seguirá con la misma fidelidad con la que las ruedas siguen al buey que arrastra la carreta. Pero si hablamos y actuamos desde una mente clara y compasiva, la felicidad nos acompañará como una sombra que nunca se aparta.

Por eso, la enseñanza es simple y profunda: cuida tus pensamientos, porque se convertirán en palabras; cuida tus palabras, porque se convertirán en hechos; cuida tus hechos, porque se volverán costumbres; cuida tus costumbres, porque ellas forjarán tu destino.

Al final, el budismo no nos pide huir del mundo, sino comprenderlo. No nos invita a negar el sufrimiento, sino a mirarlo de frente y descubrir su raíz. Y en ese acto de comprensión, silencioso y honesto, comienza a abrirse el espacio de la verdadera libertad.

ROBERTO CARLOS E AS CANÇÕES QUE MORAM NA MEMÓRIA

 Houve um tempo — não tão distante, mas muito diferente do de hoje — em que a música chegava até nós como um pequeno ritual diário. Em León,...