El 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, organicé una
posada como dictan las normas no escritas de la tradición: villancicos, rezos,
piñata y ese desorden alegre que trae la Navidad cuando ya se acerca el año
nuevo. Todo estaba listo, o eso creía, hasta que al caer la tarde me asaltó una
omisión grave: faltaban la piñata y las luces de bengala para los niños.
Pensé en ir a Salvatierra, pero el tráfico, siempre
implacable a esas horas, me recordó que la posada comenzaría a las siete y
media y el tiempo ya no estaba de mi lado.
—Ve a la tiendita de Julio, tu sobrino —me dijo mi esposa—.
Quién quita y ahí encuentras lo que buscas.
Confieso que dudé. ¿Piñatas en Maravatío del Encinal? Sonaba
improbable. Aun así, fui. Y como ocurre a veces con los actos pequeños que no
esperamos gran cosa de ellos, el resultado fue una sorpresa luminosa: encontré
no solo la piñata y las bengalas, sino una tienda ordenada, bien surtida, viva.
Una de esas tienditas que no parecen negocio, sino extensión natural del
barrio.
Al salir, caminé junto al casco de la antigua hacienda, justo
donde alguna vez estuvo la llamada tienda grande o tienda de raya,
aquella en la que los peones surtían su despensa cuando la hacienda de San
Elías de Maravatío era el granero que alimentaba a Salvatierra. El paisaje
—aparentemente inmóvil— me devolvió de golpe al pasado. Imaginé anaqueles
interminables, sacos de grano, voces y cuentas anotadas con lápiz. Y luego, la
ruina: la caída de la hacienda a principios de los años veinte, cuando tras las
derrotas de Celaya, las hordas villistas arrasaron con buena parte del Bajío.
Pensé entonces en las pequeñas tiendas que surgieron después,
como semillas que brotan tras el incendio. La tía Rafaela Chávez contaba que
las primeras tienditas de Maravatío traían su mercancía desde Salvatierra:
piloncillo, manteca, frijol, arroz, maíz, chocolate. Cada ocho días, los
sábados, los tenderos cruzaban el cerro de las Tetillas en burro, siguiendo
veredas que hoy solo existen en la memoria.
Muchas de esas tienditas desaparecieron. Pero una resistió el
paso del tiempo y de las generaciones: la de mi abuela, doña Cleotilde Gamiño.
En 1946 abrió una ventanita en el camino a Santa Teresa y sostuvo su tienda
durante más de quince años. A principios de los sesenta, el negocio pasó a
manos de su hijo menor, el tío Ángel López.
El tío Ángel amplió la tienda y añadió un molino de maíz.
Antes de las cinco de la mañana ya estaba atendiendo a las amas de casa que
llevaban el nixtamal para tener listas las tortillas del día. También vendía
queroseno —el “petróleo”—, indispensable para lámparas, estufas y fogones,
cuando la electricidad aún no había conquistado del todo la noche.
La tienda prosperó, pero la bondad del tío Ángel resultó ser
una espada de doble filo. Fiaba sin garantías, regalaba “un poquito de más”,
confiaba en la palabra. Las deudas se acumulaban y casi nunca se saldaban. Poco
a poco, la prosperidad se fue deshilachando: se vendió el molino, la mercancía
disminuyó y el negocio perdió fuerza.
El tiempo, que nunca se detiene, volvió a mover las piezas.
Mi prima Tere heredó la tienda y le dio un nuevo impulso. Educadora de
profesión, supo administrarla con inteligencia y devolverle su brillo. Pero
partió antes de tiempo, dejando el negocio en manos de su hijo, mi sobrino
Julio.
Hoy, Julio dirige la tiendita con una mezcla de orden,
constancia y memoria heredada. En este 2026, el negocio cumple 80 años de
existencia y cuatro generaciones de historia, convirtiéndose quizá en la tienda
más antigua de la comunidad.
Al salir aquella tarde con la piñata bajo el brazo, comprendí
que no había comprado sólo artículos para una posada. Me llevaba también una
certeza: mientras existan estas tienditas —familiares, humanas, persistentes—
el tiempo no pasa del todo; simplemente cambia de manos.





